Los monjes de la película El nombre de  la rosa.

Los monjes de la película "El nombre de la rosa".

Tribunas

El nombre de la rosa

La mentira repetida ha destrozado el lenguaje y roto la base de la confianza entre las personas. También nosotros vivimos malos tiempos, como decía Bernardo de Cluny.

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Hora novísima, pessima tempora sunt. Vigilemus.

Así es como empieza un famoso poema escrito en torno a 1144 por Bernardo de Cluny y cuyos tres mil versos estaban dedicados a fustigar los males de su tiempo y recordar a los lectores la fugacidad de toda obra humana. Son malos los tiempos que nos ha tocado vivir, venía a proclamar el famoso monje en su De contemptu mundi.

Y en el verso 953, en solo siete palabras, Bernardo de Cluny resumía el largo debate de aquellos siglos sobre los llamados universales; esto es, sobre si existen realmente las cosas o si lo que conocemos de las cosas son únicamente las palabras con las que las nombramos: Stat Roma pristina nomine, nomina nuda tenemus. De la originaria Roma solo nos queda el nombre.

También hoy vivimos tiempos bien extraños. Día tras día los medios de comunicación nos dan cuenta de las extrañas maniobras presuntamente orquestadas por señalados dirigentes del PSOE y algunos servidores del propio Estado para tapar la verdad, enterrar pruebas, callar testigos, perseguir a quienes denuncian e investigan, acusando a magistrados, jueces, fiscales, policía y Guardia Civil de practicar lawfare.

Es difícil, mientras los jueces no se hayan pronunciado, saber qué hay de verdad en todo ello; pero se ha mentido tanto últimamente que, como decía Kant, la mentira repetida ha destrozado el lenguaje y roto la base de la confianza entre las personas. También nosotros vivimos malos tiempos, como decía Bernardo de Cluny.

¿Cómo terminará? ¿Qué será del Gobierno? Y, sobre todo, ¿qué será del partido y de los partidos que lo sustentan?

Fachada principal del Congreso de los Diputados.

Fachada principal del Congreso de los Diputados. Europa Press

Fue Umberto Eco quien rescató de una forma genial aquel verso de Bernardo de Cluny sobre la Roma prístina. Lo hace al final de su novela El nombre de la rosa cuando el monje Adso, viejo ya y retirado al monasterio austriaco de Melk, vuelve a aquella lejana Abadía de Italia "cuyo nombre, dice con un guiño a Cervantes, incluso conviene ahora cubrir con un piadoso manto de silencio".

En su juventud Adso había visitado aquella Abadía junto al sabio franciscano Guillermo de Baskerville, enviado por el Papa para moderar una disputa sobre la pobreza entre franciscanos y delegados del emperador Juan XXII; disputa que amenazaba con dividir a la cristiandad.

Años más tarde rememora lo allí ocurrido en torno a 1327 en aquella visita. En la famosa novela de Eco, la extraña muerte de Venancio de Salvemec obliga a Guillermo de Baskerville, a petición del abad Abbone da Fossanova a investigar las circunstancias extrañas de su muerte y las posteriores muertes de Berengario de Arundel y de Malaquías de Hildesheim.

Lo único en común de todos los que aparecieron muertos eran los dedos y la lengua ennegrecidos. Tras largas y accidentadas pesquisas decide que hay que buscar la solución del misterio en la Biblioteca a la que llega tras sortear un inextricable laberinto de pasadizos y escaleras.

"La mayoría de los trozos que encuentra son ilegibles. Y los pocos que se pueden leer, ya no sabe Adso lo que significan"

Y allí, en la Biblioteca, se encuentra con un franciscano ciego, Jorge de Burgos, que le está esperando mientras sostiene y protege el segundo volumen de la Poética de Aristóteles, hoy todavía perdido, dedicado a la risa y la comedia. Durante años lo ha mantenido oculto por todos los medios posibles (incluso el asesinato de sus compañeros) para evitar que nadie lo pueda leer.

Se niega a entregarlo a Guillermo de Baskerville y en la discusión entre ambos, el monje ciego confiesa la razón de porqué ese libro debe mantenerse oculto: la risa, dice el ciego, mata el miedo, y sin miedo no puede mantenerse la autoridad.

Y para que nunca más alguien pueda alcanzar a leer aquella obra Jorge de Burgos desatado comienza a devorar las páginas del último ejemplar de la Poética de Aristóteles, cuyos bordes había protegido con arsénico. Guillermo de Baskerville intenta arrancarle la obra, pero en la pelea por salvarla cae al suelo una lámpara, prende los incunables, la propia estructura de madera de la biblioteca, el scriptorium y finalmente toda la Abadía.

Adso de Melk, quien en su tiempo había asistido a la conversación y a la catástrofe, volvió a visitar el lugar muchos años después. Y lo mismo que Bernardo de Cluny se había preguntado en De Contemptu Mundi qué había sido de la grandeza del pasado de Babilonia, del Gran Darío, de Rómulo y de Remo, de Julio César o de Mario… Adso se pregunta, ante tanta ruina, qué habrá sido de Abbone de Fossanova, del cillero Remigio da Varágine, de Bencio de Upsala o de Adelmo de Otranto

Todo ha desaparecido. La grandiosa Biblioteca ya no existe; la Abadía hace tiempo que había sido destruida por las llamas; los monjes fallecieron en el incendio o se habían dispersado. Y al propio Guillermo de Baskerville hacía años que se lo había llevado la peste.

Sólo se habían salvado de aquel glorioso pasado trozos sueltos de pergaminos que el viento ha esparcido y que el monje Adso, en su nostálgica visita a las ruinas de la Abadía, busca y rebusca entre los escombros. La mayoría de los trozos que encuentra son ilegibles. Y los pocos que se pueden leer, ya no sabe Adso lo que significan.

Uno de aquellos restos, con escasamente siete palabras, pertenece, sin que Adso lo sepa, al De Contemptu Mundi de Bernardo de Cluny cuando aseguraba en el verso 952 que de la gran Roma ya sólo quedaba el nombre. Pero misteriosamente en el trozo recuperado donde decía Roma, ahora dice Rosa. Stat rosa pristina, nomina nuda tenemus.

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno.

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno. David Zorrakino / Europa Press

Triste y desasosegado pone fin a su visita a la vieja Abadía y vuelve a al monasterio de Melk junto al Danubio. Y, contemplando desde su scriptorium el trozo del papiro que se trajo de aquel viaje, termina el relato con estas desesperanzadas palabras:

"Hace frío en el scriptorium, me duele el pulgar. Dejo este texto no sé para quien; este texto que ya no sé de qué habla y que dice así. De la rosa originaria, sólo nos queda su nombre".

La obra de Umberto Eco está abierta a múltiples interpretaciones sobre la fragilidad del saber, sobre la censura, sobre el fanatismo, sobre la mentira… Pero también funciona como una alegoría tras la que se oculta otro mensaje para quienes, en lugar de decir la verdad como corresponde a todo servidor público, se protegen con mentiras y dan pábulo todos los días a un increíble lawfare. El mensaje es simple y premonitorio: el intento de ocultar la verdad puede producir males mucho mayores, como fue la aniquilación de la Biblioteca y la disolución de aquella comunidad.

Pero en la búsqueda por el monje Adso de trozos de pergaminos abrasados hay también un mensaje de esperanza: ojalá que algún o algunos jóvenes, con toda su vida por delante, tengan la voluntad, el coraje y la paciencia de seguir buscando entre las ruinas trozos de aquellos pergaminos para reconstruirlos uno a uno hasta poder leer de nuevo la obra que se quería ocultar y que la humanidad sigue buscando.

*** Virgilio Zapatero es rector emérito de la Universidad de Alcalá.