La escritora Rosa Montero.
Elvira Lindo, Rosa Montero y los carcamales retroprogresistas
En uno de esos movimientos pendulares que se dan en la historia, ha cambiado el sistema de valores dominantes. Y la izquierda es incapaz de comprender, por falta de costumbre, ese disenso radical.
"Lo malo no es envejecer, lo malo es que no se envejece". El célebre aforismo de Oscar Wilde es citado por Rosa Montero en un artículo reciente titulado Tengo que hacer una confesión.
Como Pepe Isbert en su inolvidable interpretación del alcalde de Bienvenido Mr. Marshall, Rosa Montero ha sentido, en efecto, que les debe una confesión a sus lectores y que esa confesión se la va a ofrecer en su artículo.
Pero ¿cuál es esa confesión?
Pues, nada más y nada menos, que ha cumplido setenta y cinco añazos y que, a pesar de ello, se sigue sintiendo joven. De ahí el aforismo de Wilde.
"No soy así", proclama. "No soy esa. Por dentro no sé qué edad exacta tengo, pero desde luego sigo siendo joven. En cualquier caso, no puedo tener setenta y cinco años. Es ridículo. Es obsceno. Es una broma pesada".
A partir de ahí, con un voluntarismo idealista muy propio de los jóvenes de su época, Montero se declara "transtemporal", que es el término ideológico que, como una Gloria Swanson del periodismo, se inventa para no tener que aceptar, con esa forma de sabiduría que sólo se aprende en los clásicos, el inexorable paso del tiempo.
"Total, el caso es que soy trans. ¡Reclamo el reconocimiento de la transtemporalidad! ¡Librémonos de la represora convencionalidad de los calendarios y de los años nuevos! ¡Autodeterminación temporal, ya!".
La escritora Elvira Lindo.
La proclama suena un poco a una parodia de las que enarbolaban los jóvenes parisinos en mayo del 68.
El mismo día y en el mismo medio, Elvira Lindo, una década más joven que la anterior, pero igualmente talludita, nos obsequia, con franqueza no menos conmovedora, con otra inestimable confesión: que no entiende nada de lo que está ocurriendo.
En su artículo, titulado Una corriente salvaje en referencia a la tetralogía del escritor americano Henry Roth, Elvira Lindo nos obsequia, al igual que su colega Montero, con la siguiente confidencia.
"La sensación, como en la biografía del hombre Roth, es que de pronto en este acto de nuestras vidas se han desmoronado los principios acordados, y somos nosotros, ilusos, lo que creíamos que la historia avanzaba en la senda irrenunciable del progresismo, quienes percibimos que nuestro lenguaje no llega a conectar con una juventud (no toda), que desconociendo la historia que nos trajo hasta aquí, muestra su rebeldía sintiéndose fascinada por enmendarles la plana a unos padres que, al fin y al cabo, defienden el viejo y convencional statu quo".
Tanto Elvira, como Rosa, como desgraciadamente quien esto escribe, pertenecemos a un tiempo que se creyó profundamente ilustrado y revolucionario.
Un tiempo que, sin embargo, estaba cargado de mitos que resultaban aplastantes para el pensamiento, empezando por el peor y más letal de todos ellos: el del Progreso, un dios en cuyos altares han sido sacrificados millones de muertos.
La propia Elvira se duele por ese dios en su artículo.
"Resulta que quienes defienden un feroz individualismo son capaces de ponerse de acuerdo y aunar sus voces en un solo grito colectivo y el progresismo que siempre luchó por el bienestar colectivo da muestras a diario de su incapacidad para ponerse de acuerdo".
"Se da la curiosa paradoja de que estos viejos que profesan acríticamente la creencia en la bondad de los tiempos pasados son los mismos que llevan toda su vida clamando contra el orden que ahora dicen añorar"
El otro mito, igualmente letal, aunque este más a efectos individuales, al que había que adorar a partir de los años sesenta del siglo pasado, era el de la juventud, que se convierte no sólo en paradigma exclusivo (y excluyente) de Belleza, sino también de Verdad.
Apelemos de nuevo a Rosa Montero.
"Nunca pensé que podría llegar a ser tan mayor. Cuando tenía veinte años, miraba con el rabillo del ojo a la gente de más de sesenta y me espantaba, no porque fueran viejísimos, o eso me parecían entonces, sino porque pensaba: míralos, tienen más de sesenta y entran y salen tan contentos, y van al cine, y se toman una paella en el chiringuito ¡cuando están tan cerca de la muerte! Si yo tuviera su edad, me decía, estaría metida debajo de la cama aullando de miedo".
Recordemos cómo en El planeta de los simios, aquella obra sin parangón de Franklin J. Schaffner altamente representativa del espíritu de su tiempo, una de las líneas argumentales era el deseo de conocimiento y transformación de los jóvenes frente al recalcitrante inmovilismo de los simios viejos, representados por el reaccionario Dr. Zaius.
"No permitáis", le decía el cínico Charlton Heston al joven Cornelius, "que dejen de ondear las banderas del descontento".
El problema se produce cuando el descontento se convierte en un mero subterfugio para poder instalarse en el más complaciente de los conformismos, ese que se niega a tratar de entender el presente que se despliega frente a nuestros ojos.
Se da la curiosa paradoja de que estos viejos que profesan acríticamente la creencia manriqueña en la bondad de los tiempos pasados son los mismos que se han llevado toda su vida clamando contra el orden que ahora dicen añorar.
El capitalismo, para ellos, siempre fue salvaje. Los Estados Unidos, estuviera Reagan, Bush I o Bush II, era la potencia imperialista a la que había que combatir, y la democracia liberal era, por definición, asquerosamente neoliberal.
Eso sí, mientras tanto callaban con la misma maestría con la que hoy lo hace el marido de Elvira Lindo ante todos los desmanes ideológicos y políticos de las dictaduras de izquierdas y los gobiernos presuntamente progresistas.
Esos desmanes e incompetencias que son, por cierto, los que han llevado a los jóvenes de hoy a hacer precisamente lo que ellos en su día hicieron: rebelarse contra unos valores y unos dogmas que se han revelado falsos, injustos e hipócritas.
"Muchos jóvenes han comprendido que los quieren callados y sumisos, y han decidido coger el toro de su futuro por los cuernos. Lo que la izquierda les reprocha es, básicamente, que no hayan abrazado la misma moral de rebaño que ellos"
En cualquier caso, tal y como se encargó de señalar George Orwell y nos recuerda Lindo, en el sueño de igualdad del progresismo siempre ha habido unos que son más iguales que otros: hay jóvenes y jóvenes.
Están, por un lado, los jóvenes fetén, los que comulgan sin apenas matices con las ideas de los viejos izquierdistas y que han heredado de ellos la tendencia a quejarse y a esperar pasivamente que sus problemas les sean resueltos por el Estado.
A dicho talante lo llaman "pensamiento crítico".
Pero están también los jóvenes que han comprendido que los quieren callados y sumisos, y que han decidido, en consecuencia, coger el toro de su futuro por los cuernos. Lo que la izquierda les reprocha es, básicamente, que no hayan abrazado la misma moral de rebaño que ellos.
Su pecado, al parecer, es el individualismo.
Ciertamente, vivimos tiempos complejos.
¿Hay cambios sustanciales en el orden internacional? Lo que vemos es que una superpotencia que ostentaba el mando se ha propuesto, ante los avances de otros actores que empezaban a disputárselo, dejar claro que lo sigue conservando.
De momento, salvo por matices puramente formales, nihil novum sub sole.
Ahora bien, lo que sí ha cambiado sustancialmente, en uno de esos movimientos pendulares que suelen darse en la historia, es el sistema de valores y creencias dominantes. Aquel falso oasis de consenso en el que la más ínfima discrepancia se convertía en anatema y en escándalo se ha quebrado y han surgido de pronto, legítimamente, otras formas de entender el mundo y afrontar sus vanidades.
Es la irrupción de ese disenso radical, así como la defensa sin complejos de ideas distintas a las de ellos lo que son incapaces de comprender, por no estar acostumbrados, estos viejos carcamales retroprogresistas.
Por eso, deberían seguir leyendo al también viejo Oscar Wilde, y pensar cuando les dice: "Los viejos lo creen todo, los de edad media lo suponen todo, los jóvenes lo saben todo".
*** Manuel Ruiz Zamora es filósofo.