Xi Jinping el pasado 13 de octubre.
¿Por qué ha fulminado Xi Jinping a (casi) toda la cúpula militar china?
Las implicaciones son profundas en la política interna china. Ya no quedan frenos internos contra Xi Jinping.
La noticia no estalló con un estruendo, sino con una mueca de estupor.
En cuestión de horas, analistas, diplomáticos jubilados y cuentas anónimas empezaron a repetir la misma idea con una mezcla de incredulidad y sorna.
La Comisión Militar Central (CMC) china se ha reducido a una ‘junta’ de dos: Xi Jinping y el general responsable de la disciplina en el Ejército Popular de Liberación.
Este último ha honrado su trabajo callando disciplinadamente y asumiendo su próximo destino.
Un órgano diseñado para mandar ejércitos se ha convertido en un despacho donde sobrevive un solo general de los seis que había hace cuatro años.
El revuelo dentro y fuera de China no es para menos.
El presidente chino, Xi Jinping, durante el desfile del Día de los Mártires del pasado 30 de septiembre. Reuters
Lo ocurrido en la CMC no es un accidente ni una suma de escándalos individuales. Es la consecuencia lógica de un proyecto político que lleva años avanzando en una sola dirección: la concentración absoluta de poder en manos de Xi Jinping, incluso al precio de vaciar la institución más fuerte del país.
Desde 2023, la cúpula militar china ha sido sometida a una purga que ya no puede explicarse únicamente como "lucha anticorrupción".
Primero cayó la Fuerza de Cohetes y el aparato de adquisiciones.
Después, el sistema político-militar encargado de garantizar la lealtad ideológica.
Finalmente, los propios vértices de mando. Vicepresidentes, jefes de Estado Mayor, ministros de Defensa. Todos han ido desapareciendo del organigrama como piezas defectuosas, como si estuviéramos en tiempos de Mao.
El resultado, a comienzos de 2026, es una CMC reducida a una caricatura: Xi Jinping y un solitario general.
"Xi no teme una derrota militar convencional. Teme algo mucho más cercano y personal: la autonomía del estamento militar"
Ese general es Zhang Shengmin, secretario de la Comisión de Inspección Disciplinaria militar. No dirige operaciones, no planifica campañas, no diseña doctrinas.
Su misión es otra: vigilar, investigar y castigar. Que sea el último superviviente no es casualidad, sino un síntoma pues se trata del Beria castrense.
El leitmotiv de esta decisión es transparente. Xi no teme una derrota militar convencional. Teme algo mucho más cercano y personal: la autonomía del estamento militar.
La historia del Partido Comunista chino está marcada por un trauma recurrente (Lin Biao, Tiananmén, los "reinos" militares regionales) y Xi ha internalizado esa lección hasta el extremo.
Su política parte de una premisa simple. Un general poderoso es, por definición, un riesgo político. Mejor diez generales mediocres y aterrados que uno competente con redes propias.
Mejor aún, ninguno.
Con Xi controlando una cúpula militar sin militares, se vuelve casi imposible organizar un golpe de Estado, ya que el nivel jerárquico superviviente (el de los jefes territoriales y de los ejércitos) no tiene mando sobre el conjunto del Ejército Popular de Liberación.
Las implicaciones son profundas en la política interna de China. Ya no quedan ni tan siquiera elementos de freno internos a Xi Jinping.
A corto plazo, el Ejército Popular de Liberación puede seguir funcionando gracias a los Comandos de Teatro y a una maquinaria burocrática bien engrasada.
Xi Jinping pasa revista a las tropas en Pekín durante el desfile por el 80.º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial. Reuters
Pero, a medio plazo, el mensaje es devastador: la obediencia se castiga, la jerarquía no protege. En un sistema así, nadie toma decisiones sin cubrirse las espaldas, nadie innova sin permiso explícito y nadie asume riesgos que no estén bendecidos desde la cúspide.
Puede incluso que algunos de los generales más capaces opten por reconducir sus carreras y eviten ascender.
Y así llegamos al final de esta historia provisional, con una escena digna de sátira política. En la sala de mando más poderosa de China, rodeado de retratos, consignas y silencio, queda un solo general.
No empuña mapas ni mueve divisiones. Se limita a rubricar expedientes y ordenar detenciones.
Es el último en pie porque su función no es mandar, sino asegurarse de que nadie más pueda hacerlo. Una CMC convertida en un espejo del propio Xi Jinping. Mucho control, poca confianza y un poder que ya no conoce ni contrapesos ni frenos, un gatillo apuntando a la cabeza de Taiwán hasta que un solo hombre decida apretarlo.
Los indios del Amazonas suelen decir que sus flechas son peligrosas, pero que las que más temen son las Montblanc que firman folios de mucho gramaje.
La experiencia de Venezuela, Rusia, Irán y tantos otros países demuestra que la eliminación sistemática de la oposición sólo conduce a la corrupción y la falta de autocrítica.
Al fin de todo aquello que, en definitiva, espolea un país hacia la mejora.
*** Yago Rodríguez es analista militar y geopolítico, y director de The Political Room.