Luis García Montero inaugura un centro del Instituto Cervantes en Shanghái junto a Pedro Sánchez, el año pasado. Efe
El Cervantes frente a la RAE: la guerra cultural por el español
El sueño cultural del sanchismo es una lengua domesticada y sin disidencia: un español inclusivo, obediente y feliz, en el que toda palabra venga ya purgada de riesgo y de pensamiento.
La lengua española es uno de nuestros mayores instrumentos de poder blando. Y también lo sería del duro, si hubiera vocación y talento para ejercerlo.
Por ello, no es inocente la reciente andanada, aparentemente extemporánea, disparada desde el Instituto Cervantes con dirección a la Real Academia Española.
La mecha la encendió, escondiendo cobardemente la mano, Luis García Montero, quien fuera poeta de la "otra sentimentalidad" y hoy ejerce de comisario de la sentimentalidad oficial como director del Instituto Cervantes, para desdoro del complutense.
El destinatario de la invectiva fue Santiago Muñoz Machado, jurista de reconocido rigor, Premio Nacional de Ensayo en 2013 y de Historia en 2018.
Muñoz Machado cuenta con un reguero de publicaciones del máximo nivel y su desempeño al frente de una institución sensible y estratégica como es la RAE ha sido impecable. Se trata de un director de Estado, con un bagaje de gestión marcado por la profesionalidad, la innovación y la neutralidad institucional.
Ya sabemos: en nuestra España, tanta excelencia no suele quedar impune.
El director de la RAE, Santiago Muñoz Machado, en el salón de plenos de la academia.
Bajo el mandato de Muñoz Machado, la RAE ha mantenido un perfil rigurosamente racionalista, resistiendo con calma y sensatez las innumerables embestidas del poder político para imponer delirios agramaticales como los derivados del lenguaje supuestamente inclusivo.
En los últimos años, la RAE ha abordado la modernización digital, ha reforzado su papel internacional y ha bajado el volumen de esos ramplones cantos de sirena que exigen lanar obediencia no ya a lo políticamente correcto sino, peor aún, a lo políticamente impuesto.
Lo denunció con acierto Arturo Pérez Reverte: la RAE es, como todas las instituciones democráticas independientes, oscuro objeto de deseo de este gobierno. Se trata de una prestigiosa entidad con proyección global que fija el lenguaje de más de 600 millones de hermanos hispanohablantes de ambos lados del océano.
Y si algo saben estos mercachifles de la ingeniería social es que quien domina el lenguaje define la realidad y decide qué existe, qué se puede nombrar y quién queda fuera del marco semántico, a la intemperie ideológica.
Los rumores que sitúan a Juan Luis Cebrián como favorito a su sucesión han hecho arreciar los ataques de un gobierno dedicado en cuerpo y alma a terminar con todo atisbo de independencia en las organizaciones fundamentales del Estado. No descansarán hasta "tezanizar" la RAE, como ya han hecho con el Tribunal Constitucional, la Fiscalía General del Estado o RTVE.
A Cebrián no le servirá con ser uno de los más reconocidos pensadores socialdemócratas de las últimas décadas: su rechazo intelectual a la demencial deriva del sanchismo le inhabilita como peligroso fascista.
La ausencia de esqueletos en el pulcro armario de Muñoz Machado ha obligado a García Montero, hoy menguado en poeta de circunstancia, mediocre y paniaguado ariete de su amo, a acusarle, genéricamente, de haber gestionado dinero y empresa, pecado capital de capitalismo en los mandamientos progres.
"La lengua es la última trinchera de la libertad. Si ocupan la RAE, ya no hará falta censura: bastará con que hablemos como ellos quieren"
Tan crítico con la gestión ajena, bien podría García Montero reflexionar, aunque fuera desde su insípida poesía de la experiencia cotidiana, acerca de su propia labor al frente del Cervantes, predeciblemente catastrófica.
Sonrojante, por ejemplo, fue la pérdida, durante cuatro años, del contrato para la enseñanza del español en las instituciones europeas, que ganó una academia belga por no ajustarse la oferta del Cervantes a las bases de la convocatoria.
El recurso que siguió a tal debacle también se perdió, obligando además al pago de las costas judiciales al sufrido contribuyente español, ajeno éste a la calamidad sobrevenida, pues sólo se tuvo constancia pública del vergonzoso episodio una vez concluido.
En lugar de dimitir, nuestro excelso granadino cultivó los saraos internacionales en favor de las lenguas regionales. No era suficiente con los despropósitos de aulas vacías subvencionados por los Institutos Ramon Llull o Etxepare, que Cervantes tuvo que ajustarse la barretina y la txapela. También le probó García Montero la montera picona, acudiendo entusiasta a la Junta General del Principado a reivindicar la oficialidad del asturiano.
Entre tanto, García Montero respondía con característica deshonestidad intelectual a quienes, desde la sociedad civil, le solicitamos apoyo a los asediados hablantes de español en varias regiones de nuestro país.
Dijo entonces que la lengua española gozaba de muy buena salud y no estaba en peligro, como si su auge en Miami o Bogotá compensara la vulneración de los derechos de los hablantes en el propio país del que depende la institución que él dirige.
No se preocupe usted si no puede escolarizar a su hijo en español: en Florida lo habla cada vez más gente. Que si quiere usted bolsa.
El sueño cultural del sanchismo es un idioma sin disidencia: un español inclusivo, obediente y feliz, en el que toda palabra venga ya purgada de riesgo y de pensamiento. Una lengua domesticada para unos hablantes de segunda.
Conviene recordarlo: la lengua es la última trinchera de la libertad. Si ocupan la RAE, ya no hará falta censura: bastará con que hablemos como ellos quieren.
*** Carlos Conde Solares es filólogo y profesor de Historia de España en la Universidad de Northumbria.