Enrico Letta.

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Tribunas

Europa: última oportunidad

EL ESPAÑOL publica un fragmento del libro de Enrico Letta Europa. Última oportunidad, recientemente publicado por la editorial Espasa.

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Durante el viaje he decidido dedicar tiempo y atención a los países bálticos, porque quiero entender bien qué se puede sentir habiendo formado parte de la Unión Soviética, crecer estudiando y hablando ruso y encontrándose hoy con la amenaza constante de la Rusia de Putin en la frontera.

¿Qué significa Europa para los países bálticos, ser europeos, tener el euro, el Erasmus y el cielo patrullado por los aviones italianos o franceses?

Todo esto tiene un significado muy distinto del que tiene para nosotros.

Portada de 'Europa. Última oportunidad', de Enrico Letta.

Portada de 'Europa. Última oportunidad', de Enrico Letta.

En la Plaza de la Libertad de Vilna me muestra, como si fuera la cosa más natural y apropiada, una estatua dedicada a la OTAN. Inmaculada e intacta. Luego descubro que es una escultura llamada Los tres soldados, inaugurada en 2004 para conmemorar la adhesión de Lituania a la OTAN.

Pienso qué sucedería en nuestro país o en otros países de la vieja Europa si esa misma estatua estuviera en una de nuestras plazas principales.

También en Vilna veo el viejo edificio del KGB, condenado a ser desmantelado y sustituido. La determinación de defender a toda costa la libertad alcanzada en 1991, que constato en todos los encuentros que mantengo, supera cualquier otro tema de discusión.

Es verdad que en Tallin converso largamente sobre cómo mejorar y digitalizar la administración pública europea, y en Riga debatimos sobre la competitividad de las pymes. En las tres capitales, ciudades llenas de fascinación, de historia, y cargadas de interés, se me presentan muchas cuestiones relevantes del mercado interior.

Pero me doy cuenta de que aquí también prevalece, sobre todo, como en ninguno de los otros países de los veintisiete, la cuestión de la seguridad y la amenaza rusa.

Escuchando la historia de todos aquellos que conozco, descubro sus vidas "divididas en dos", me encuentro con un pasado reciente que nosotros (de este lado del telón de acero) quizá hemos olvidado demasiado deprisa: su infancia y en algunos casos también la juventud han transcurrido en otro mundo que hablaba ruso.

Después, sus países ingresaron en la Unión Europea, con sus valores de libertad y sus oportunidades.

Comprendo que la frase "morir por la libertad del propio país" allí se expresa de manera distinta que en el resto de Europa.

Y al fin aprendo a dejar de considerarlos como si fueran uno. Lo sabía, pero lo comprendo aún mejor y me impongo no volver a equivocarme. Cada uno de estos tres países tiene su historia y su tradición. Cada uno merece una atención particular. Y la interacción no debe ser colectiva, sino individual, a pesar de que las dimensiones de estos tres Estados sean reducidas y su población constituya un pequeño porcentaje de la europea.

La verdadera fuerza de la Unión está precisamente en el respeto a las diversidades y en convertir en riqueza esta misma diversidad. Y la historia y las características de Estonia, Letonia y Lituania están ahí para demostrarnos que es así de verdad.

La relación de Estonia con otros países de Escandinavia no es comparable con la de los otros dos. Y lo mismo debe decirse de la relación especial que une a Polonia y a Lituania. Así como sería un error olvidar la presencia de una importante minoría rusófona en Letonia.

Son muchos los elementos que hacen a cada uno de los Estados bálticos fascinantes, por aquello que son y no por el hecho de haber compartido un destino tan particular en el siglo XX, hasta aquella mañana del 1 de mayo de 2004 en la que, después de un recorrido tan dramáticamente largo y tortuoso, se convirtieron, juntos, en parte de la UE a todos los efectos.

Recuerdo, no sé por qué en blanco y negro, las imágenes de mi primera visita a Vilna. Bajo la nieve, un largo viaje en litera en el nocturno Moscú-Vilna, año 1988.

El Komsomol, la juventud comunista soviética, había invitado a una delegación de muchachos democratacristianos europeos, de la cual acepté formar parte con gran entusiasmo. La idea de estar en el lugar y vivir en primera persona lo que estaba sucediendo en la URSS era demasiado estimulante para dejarla escapar.

Pospuse mi examen de Derecho internacional para otra convocatoria. Si no lo hacía en semejante ocasión, ¿cuándo sería momento de hacerlo? La semana que pasé entre Moscú y Vilna, pocos meses antes de la caída del Muro y del fin de la URSS, fue, en efecto, una experiencia formidable de la que, a tantos años de distancia, no he olvidado nada.

Pude observar desde dentro la transformación del sistema soviético bajo el impulso de las reformas de la perestroika de Gorbachov. "Nada se mantiene, todo se cae", era la clarísima percepción.

Recuerdo en Moscú la sonrisa burlona de Demetrio Volcic, mítico corresponsal de la RAI (la televisión pública italiana), que para hacernos entender cómo iban de verdad las cosas nos hizo salir por la puerta de atrás de su despacho. No quería que nuestros acompañantes nos siguieran e intentaran disuadirnos de hacerlo. Nos condujo a un inmenso y caótico mercado al aire libre donde miles de personas se intercambiaban vaqueros, dólares y casetes.

Occidente penetraba así, más allá del telón de acero, entre los puestos improvisados sobre viejos tablones de madera en una pequeña explanada moscovita.

Cuando regresamos a Vilna mantuvimos el encuentro más emocionante, con el cardenal Vincentas Sladkevičius, figura legendaria de una Lituania que había sufrido y aún sufría los rigores del régimen soviético. Había pasado veinticinco años en arresto domiciliario y solo con la llegada de Juan Pablo II encontró apoyo, con su nombramiento, precisamente en aquel año 1988, como cardenal.

Aún tengo bien impresas en la mente su voz débil, sus palabras, su esperanza en lo que habría podido suceder. La esperanza de la libertad y de la independencia. Me acuerdo de sus ojos brillantes y su voz temblorosa mientras miro la catedral de Vilna con el sol que calienta esta jornada de primavera de mi viaje para el informe. La catedral está abierta y llena de gente. Lituania es libre e independiente. Lituania es europea.

Es verdad que no toda la UE limita con Rusia y que son diversas las aproximaciones geopolíticas a las cuestiones más delicadas que coexisten en las reuniones europeas. Una complejidad que hay que tener siempre en cuenta: cuando hablamos de las divisiones de Europa y de la dificultad para encontrar rápidamente posiciones unitarias, no se trata más que del reflejo de diferentes puntos de vista e interés.

Pero, con las tensiones geopolíticas que crecen en torno a nosotros, la búsqueda de la convergencia sobre posiciones políticas en las que todos los países y los ciudadanos europeos puedan reconocerse debe ocupar un lugar privilegiado y anhelado.

Es lo que intento decir a mis interlocutores en el viaje, en todos los contextos en los que se debe hablar sobre todo de seguridad, de Tallin a Atenas. Mejor una posición europea unitaria que no coincida al cien por cien con la posición de partida de la política exterior de mi país que veintisiete posiciones distintas, cada una perfectamente coherente con las veintisiete diversas historias previas, pero completamente irrelevantes en el contexto mundial.

Pero volviendo a las consecuencias de aquel fatídico 24 de febrero, por una vez, los hechos llegaron antes que los símbolos.

Después de cinco horas de reunión del Consejo Europeo, el domingo 28 de febrero de 2022, a poquísimos días de la invasión, los líderes de la UE dieron significativos pasos hacia delante en relación a la Unión de la Defensa. Los jefes de Estado y de Gobierno deciden responder de inmediato a Putin, movilizando el "Instrumento europeo para la paz" y utilizándolo para financiar el suministro de material y equipamiento al Ejército ucraniano.

Es la primera vez en la historia que la UE suministra pertrechos bélicos a un tercer país.

Un primer tramo de 500 millones de euros para defender la soberanía y la integridad territorial de Ucrania y proteger a la población civil, al que siguieron con los años importes suplementarios en apoyo de las fuerzas armadas de Kiev, por un importe total que hoy supera los 10.000 millones.

Lo que ha pasado posteriormente confirma este giro. Pienso en la adopción, el 21 de marzo siguiente, de la nueva "brújula estratégica" europea, que proporciona un plan de acción para reforzar la política exterior y de defensa de la UE para 2030; pienso en el acuerdo político sobre la promoción de las licitaciones comunes y la necesidad de trabajar para reforzar la base tecnológica e industrial del sector.

El Reglamento EDIRPA (Refuerzo de la Industria Europea de Defensa a través de la Contratación Conjunta) tiene como objetivo fortalecer la cooperación entre los Estados miembros en la adquisición conjunta de material y equipamiento militar, reduciendo la fragmentación del mercado de defensa europeo y mejorando la eficiencia del gasto en este ámbito.

Pienso en los pasos que se han dado, en el mismo bienio, en materia de contribución sobre la denominada "dimensión civil" de la Política de Seguridad y de Defensa Común (PSDC) a la paz y a la estabilidad internacional.

A estos se añade la primera Estrategia Industrial de Defensa Europea (EDIS), presentada en marzo de 2024, un paso adelante significativo que plantea el objetivo de organizar y estructurar mejor las innovaciones de los últimos años dirigidas al desarrollo de una auténtica industria europea de defensa.

Pero también pienso en el gran asunto de la financiación de la defensa, que igualmente está hoy en el centro del debate tras las declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump sobre el gasto militar europeo.

Nunca lo habría imaginado, pero fue uno de los principales asuntos tratados durante mi reunión con la entonces recién nombrada presidenta del Banco Europeo de Inversiones (BEI), Nadia Calviño.

La magnitud de las inversiones requeridas exige instrumentos innovadores, y la decisión del BEI de ampliar la definición de proyectos de doble uso y apoyar a las pymes del sector de la seguridad y la defensa, así como a las empresas emergentes innovadoras, da fe de un cambio de ritmo fundamental.

Finalmente, pocos meses después de la entrega del informe, ha llegado la decisión de Ursula von der Leyen de instituir en su segundo mandato el primer comisario europeo de Defensa y Espacio, encargado, entre otras cosas, de construir un verdadero mercado único de defensa. Y no por casualidad la persona encargada llega de los países bálticos, ya que se trata del ex primer ministro lituano Andrius Kubilius.

Es preciso estructurar todas estas decisiones y definir un cuadro institucional que pueda proporcionar a la Unión Europea aquella capacidad de defensa única que nunca ha tenido. Esta condición es fundamental para dotar a la UE de los instrumentos necesarios para garantizar la paz y el respeto de nuestros valores fundamentales.

Por eso la consecución del mercado único de la industria de la defensa es un objetivo estratégico vital. Sobre este objetivo ya he tenido ocasión de encontrar posturas de adhesión tanto en la reunión que mantuve con Giorgia Meloni como en la que participé con Emmanuel Macron.

Ahora el desafío es concretar estos deseos. Con las decisiones tomadas en la pasada legislatura por el comisario para el mercado interior y servicios, Thierry Breton, se han puesto las bases para construir una Europa en condiciones de ser autosuficiente desde el punto de vista de la seguridad.

Naturalmente, sin que esto lleve a una fractura o a un debilitamiento del vínculo con Estados Unidos, que continúa siendo el aliado insustituible en la OTAN, pero con la conciencia de que la autonomía de Europa, en un mundo en guerra, es una necesidad que ya se ha vuelto sencillamente vital para nuestra supervivencia.