La fachada de Lhardy, histórico restaurante de Madrid.

La fachada de Lhardy, histórico restaurante de Madrid.

LA TRIBUNA

Madrid frente al suicidio de Barcelona

Madrid, vista por un barcelonés, es la alegría, la verdad y la némesis del feísmo militante del socialpodemismo catalán y su compinche indepe.

9 julio, 2021 02:32

Subí al dragón de hierro veloz y sostenible (etiqueta insoslayable del nuevo orden mundial) rumbo a la capital del reino. Decir o suspirar siquiera capital y reino en tierras catalanas es hoy entrar en la lista oficial de los indignos, inventario que maneja con soltura el nacionalismo montaraz (Generalitat y medios dependientes) de la mano servil del PSC-PSOE.

Pero esta, la del confinamiento civil, es una marca social ya perfectamente asumida por quienes sostenemos, con gran fragilidad y soledades, el sueño de la igualdad nacional de todos los españoles. Un asunto constitucional, la igualdad, en vías de extinción.

En cualquier caso, subí a aquel tren con dos deseos confesables. El primero, iluminarme en mesas con mantel blanco y terrazas como Dios manda. El otro, comprobar cómo la ciudad umbraliana se había quitado de encima la amenaza del populismo gauche, que tiene tan poco de divino y tanto de prosaico. O soez.

Si en mi última visita a Madrid reservé tiempo para leer, pasear y ensoñar sobre su significación, sus muestras somáticas y etéreas, esta ocasión debía ser mucho más sencilla y plástica. Todo debía ocurrir sobre el mantel, país sensual. Y al alcance: aguerrido y sin brisas literarias, a viva voz del yantar y la botella; con amigos madrileños, una refundación helenística.

Miren, los barceloneses proscritos no necesitamos comprensión, ni por supuesto que nos quieran. Sólo querríamos si acaso el aliento sentencioso de la verdad limpia de tópicos plurinacionales y de la filfa federalista. Nos sabemos ya expulsados del contrato general, las primaveras se amontonan y, disimuladamente, hemos comprendido la medida exacta del abandono.

Cuando cataba una perdiz en escabeche, veía alejarse el autoritarismo económico de los consellers

Así, por las mesas del Madrid mundano, vi desfilar cosas estupendas, traídas por manos diligentes, venidas de todos los rincones de la patria herida. Fue la consolidación de la alegría, esa que escapa cada vez más de Barcelona. Espárragos de Navarra, pescado del Cantábrico, cigalas gallegas, mojama andaluza, vinos de la Rioja. Ya casi nadie llama nación a eso, el ramillete florido de tantos trabajos y siglos.

Henchido por tales causas justísimas, cancelé en mi mente todos los -ismos que inundan hoy la Ciudad Condal de la mano de Ada Colau y Jaume Collboni (recuerden siempre este apellido junto al de la alcaldesa).

A saber, cada vez que mi boca probaba las ferrosas huevas de maruca, se hundía un poco el feísmo militante del socialpodemismo catalán y su compinche indepe.

Cuando cataba una perdiz en escabeche, podrida al punto exacto, veía alejarse el autoritarismo económico de los consellers repartidores de dinero público.

Mientras la piel crujiente del cochinillo se rompía rítmica al paso del cuchillo, el feminismo grosero dejaba en paz a las mujeres libres.

Me sirvieron un arroz meloso con setas y el fascismo nuevo, el de la cultura de la cancelación, huía cual alimaña atenazada por la belleza.

Había olvidado por un momento el desencanto de las calles de mi Ensanche, condenado con mil trampas antieconómicas

La higiene culinaria (que no debemos a Ferran Adrià, como afirma por ahí un ignaro de la historia gastronómica española) se ponía al servicio de la causa mayor, la libertad. Y lo hacía con los buenos modos antiguos. Pero para saber eso uno ha debido leer antes a Jean François-Revel o a Néstor Luján, por ejemplo.

El léxico da la medida de una vida, o de las aspiraciones. De noche, en una terraza de Serrano, el localismo verbal de taco exacto y modos dandis se desenvolvía entre tragos de ginebra helada. Cualquiera podría juzgar esto con ligereza, pero la cultura es tan frágil. Pende de un delgadísimo hilo. Por ejemplo, del brillo que los farolillos regalaban a quienes sorbíamos el líquido inglés, seco y potente, civilizatorio en suma.

Y de la ironía, también del sentir de los que, ante un dry martini, aflojan sus ataduras y se mecen en la conversación aparentemente inocua. El humor madrileñí está anclado, todavía, en el barroco, sus imponderables. La conversación era animada, libre de las rémoras catalanas, tristes, agotadoras.

Yo me divertía, había olvidado por un momento el desencanto de las calles de mi Ensanche, barrio al que las autoridades están condenando con mil trampas antieconómicas. Celebré la amnesia, calculé mi fortuna y caminé, de madrugada, hacia el hotel.

Todas las hazañas de la vetusta gloria imperial, oh Madrid, las vi aquella noche, mientras estaba ya escribiendo, de nuevo, las más tristes páginas de la historia barcelonesa. Su proverbial suicidio, su burguesa idiocia, sus maltratadores municipales. Que alguien te abrigue, Condal urbe, de esos amigos, vieja ciudad, amada siempre.

*** Carlos García-Mateo es escritor.

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