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LA TRIBUNA

Zapatero, otra vez

El autor critica al ex presidente Zapatero por dar legitimidad a las elecciones celebradas en Venezuela y contribuir a apuntalar el régimen de Nicolás Maduro. 

12 diciembre, 2020 02:09

Detenciones extrajudiciales, torturas, escuadrones de la muerte, hambre, colapso generalizado, persecución de la oposición, propaganda hasta la náusea y medios de comunicación silenciados. Venezuela es hoy, a la vista de todos, el retrato descarnado de un Estado totalitario, asfixiado por el terror institucionalizado, devastado por la ruina y liderado por una banda criminal, carente de cualquier otro móvil más complejo que el de evitar la cárcel.

Maduro y sus sicarios han llegado hasta tal extremo en su desesperada huida hacia delante, que han terminado cayendo en la caricatura de su propio modelo de populismo totalitario habanero -valga la redundancia-. Y ello para desgracia de los venezolanos, que han visto asombrados cómo el pajarito piador de Maduro, Hijo del Espíritu Santo chavista, ocupaba más espacio en la prensa internacional que la cárcel de Ramo Verde, la tumba en vida de Leopoldo López.

Pero esta mafia, sanguinaria y ridícula a partes iguales, cuenta con un defensor firme y resuelto: José Luis Rodríguez Zapatero, el hombre que llegó a presidir el Gobierno de España durante dos largas legislaturas porque una mayoría de españoles le creyó la persona más idónea para el cargo.

A lo largo de estos últimos años, su apoyo a ese autogolpe de Estado permanente que es la llamada revolución bolivariana ha sido recurrente hasta el empalago. Pero el pasado domingo, tal vez el miedo o la excitación le han hecho perder su tan característica meliflua equidistancia entre los que reparten los tiros y los que ponen la nuca, y se ha puesto a defender con juvenil ardor militante la farsa electoral montada por el chavismo.

Así, ha llegado a proclamar que no reconocer los resultados de las elecciones, es decir, la victoria de Maduro, “puede conducir al mayor absurdo que haya conocido la historia del derecho internacional, porque si no se reconoce a la Asamblea que hoy se elige y la Asamblea que había ya no existe porque cumplió su mandato, y si no se reconoce al presidente Maduro por la hipotética acusación de fraude de mayo de 2018 y el presidente Guaidó era presidente por una Asamblea que ya no existe, por tanto, también termina ese hipotético reconocimiento”.

Tal cual. De corrido. Un perfecto recitado cantinflesco en estado puro, de no ser por su absoluta falta de gracia.

A Zapatero no le han importado ni la persecución de los líderes de la oposición ni la intimidación al electorado

Si la sintaxis es el reflejo del alma, hete aquí una sintaxis tan averiada como el alma del personaje que la destroza.

A Zapatero no le ha importado ni la persecución de los principales líderes de la oposición, inhabilitados para evitar su participación en las elecciones, ni el esperpento de un Consejo Nacional Electoral ilegalmente colonizado por palanganeros del régimen, ni la amenaza gubernamental de que “El que no vota, no come” (Diosdado Cabello dixit).

Tampoco le han inquietado las variadas maniobras intimidatorias perpetradas sobre el electorado, denunciadas por la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, ni que el resultado de las elecciones no sea reconocido como legítimo por la Unión Europea ni por la Organización de Estados Americanos. Por otro lado, todo ello nada sorprendente -es cierto- en quién jamás se ha inmutado ante los más de 350 presos políticos que se pudren en las cárceles bolivarianas ni ante una diáspora de más de cinco millones de venezolanos, que abandonan el país huyendo del hambre y la represión.

Tras invocar el respeto a la reglas de juego y reivindicar el diálogo (“la diplomacia de la Unión Europea se basa en la solución pacífica de los conflictos, se basa en el respeto a los procedimientos”), en un ejercicio de humor negro realmente notable tratándose de un país de pucherazo y gulag, Zapatero se ha quejado amargamente de que “al absurdo no se puede llegar desde determinadas instancias de decir que en Venezuela no hay ni Parlamento ni presidente ni instituciones”.

Además, desde su inmensa talla de estadista-internacional-que-lo-ha-visto-todo, ha advertido con condescendiente desprecio que “es verdad que a veces la política genera estas propuestas inconsistentes”. Aunque inmediatamente, severo y solemne, el patricio leonés ha propuesto una solución a las instituciones internacionales: “Por eso pido una reflexión serena, sosegada, del porqué se ha llegado hasta aquí, hasta una situación en la que se pretendía con el reconocimiento del presidente de la Asamblea anterior dar un vuelco a la situación”.

O sea, y según el razonamiento de nuestro glorioso expresidente: dado que el torturado lo sigue siendo y el hambriento lo sigue estando, ¿no será que el problema está en la reivindicación de la democracia y no en su secuestro?

El argumento de Zapatero es claro: el paso del tiempo como principal y suficiente factor legitimador

Zapatero ha terminado su llamamiento al mundo rogando que “la Unión Europea haga una reflexión después de estas elecciones, que evalúe lo que ha dado de sí la política de sanciones, especialmente la política del presidente Trump o la política de no reconocimiento”.

El argumento de Zapatero es claro: el paso del tiempo como principal y suficiente factor legitimador. Ni la apertura ni las reformas ni el respeto a los derechos humanos son necesarios. Si un dictador logra resistir, reteniendo el poder sin importar cómo, se hace digno acreedor del derecho a dialogar. Que, naturalmente, en la terminología de Zapatero significa, aunque esto se lo calle, el derecho a mantener el statu quo.

A diferencia de sus antecesores, Zapatero ha dejado de ser el jarrón chino que nadie sabe en qué esquina colocar, para convertirse por derecho propio en una fuente inagotable de vergüenza para España, frente a esa Europa democrática y civilizada a la que supuestamente pertenecemos. Un expresidente del Gobierno español transmutado en un plañidero y patético líder bananero, que no parece molestar a Pedro Sánchez, envuelto en el silencio atronador del que consiente y, probablemente, disfruta.

Llegados hasta este punto, tan sólo cabe abrigar la esperanza de que, al menos, medie chantaje o soborno. O, puestos a elegir, las dos cosas. Porque si no hay fotos de hotel ni coimas en las Granadinas, aquél al que en su día elegimos como nuestro presidente habrá resultado ser, además de siniestro, definitivamente estúpido.

*** Marcial Martelo de la Maza es abogado y doctor en Derecho.

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