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. EFE

LA TRIBUNA

El siniestro 'ego-trip' de Sánchez

La autora critica el viaje del presidente del Gobierno a La Habana, cuestiona que visite una dictadura mientras se empeña en trasladar los restos de un dictador y atribuye esta misión a su vanidad. 

Pedro Sánchez, presidente de España mediante moción de censura, lleva todos los meses de su gobierno deseando desenterrar al dictador Francisco Franco, lo que era ya en España -como en el tema de Philippe Pétain en Francia- un caso cerrado (pero Emmanuel Macrón y el gobernante español tienen más de una obsesión en común, y actúan sin consultar a los historiadores, y mucho menos a la Historia, ni pensar en la cuenta que siempre pasan los arrebatos y el tiempo mismo), sin embargo se apresta ahora a iniciar un viaje hacia la peor de las tiranías vivientes, hacia el castrismo de Cuba: 60 años de una familia dictatorial en el poder, con sus números de horror y prestidigitación, por no decir criminales y truqueros, guiados por el objetivo de continuar con la maldad del totalitarismo usando las máscaras que mejor convengan.

Una de esas máscaras es el nuevo dictador formado, formateado, y nombrado, cómo no, por Raúl Castro II: Miguel Díaz Canel, como antaño lo fueron el general Arnaldo Ochoa, fusilado por Fidel Castro I, o el ministro del Interior José Abrahantes, fallecido de un supuesto infarto cuando cumplía condena, en el camino hacia el hospital, mientras la ambulancia tomaba por una carretera solitaria en dirección contraria a ese mismo hospital, entre otros...

Miguel Díaz Canel posee un largo historial de tartamudos discursos totalitarios allá en Venezuela, lo que se puede comprobar en You Tube; sus inasibles y despreciables discursos en la patria de Simón Bolívar, vestido siempre de un rojo intenso, el color del nefasto comunismo (120 millones de víctimas en el mundo) contienen un índice elevado de promesas coercitivas y autoritarias, índice sólo superado por el alto nivel de su mediocridad.

Díaz Canel era bien poco conocido en Cuba cuando llegó al poder mediante el ordeno y mando de Castro II, y sin embargo ya era temido en Venezuela. Temido, además, por la primera persona (Nicolás Maduro) a la que fue a ver, no sin pudor antes de franjearse el ribete presidencial, para dejar claro que no sólo era el nuevo mandamás de Cuba, sino también el de Venezuela. Díaz Canel, por tanto, no representa más que la continuidad siniestra de la tiranía de los hermanos Castro allá donde a estos se les antoje, constituye el intermediario actual en la sucesión dinástica entre los viejos Castro hacia los menos viejos Castro, o sea, hacia Alejandro Castro Espín y Mariela Castro Espín. Lo que significa que la saga del espanto continuará.

Sánchez reverencia a una familia de tiranos vivos y en ejercicio, mientras se empeña en desenterrar a un dictador bien muerto 

Sánchez viajará a Cuba a reconocer, como con anterioridad hiciera Barack Obama, el enorme desastre cometido en contra de un país y de un pueblo, y no de un único país y de un único pueblo, sino contra todos esos países centroamericanos y sudamericanos, y los del resto del mundo, que se han visto afectados por el sistema que impera desde 1959, bajo el consentimiento de la gran potencia norteamericana y la complicidad mundial, en aquella isla, que de ser alegre y próspera, fue transformada en una miserable, triste y olvidada isleta, sin verdaderamente nada que ofrecer como no sea el terror comunista.

Porque lo único que puede ofrecer la Cuba siempre castrista en estos momentos a Sánchez es su ideología baratucha, crímenes claros y crímenes difusos, presos políticos torturados, seis décadas de onerosa represión, más del veinte por ciento de la población en el exilio, hambre, pobreza y decadencia en todos los rangos de la sociedad culpa de un auto-bloqueo impuesto por la tiranía misma. De modo que la pregunta sería la siguiente: ¿qué busca Sánchez con esa visita en la que España pierde prestigio y no gana absolutamente nada? ¿Cuántos millones de euros regalará al recién estrenado títere de la tiranía, quitándoselos al pueblo español, y a cambio de qué?

Es archiconocido ya el egocentrismo de Pedro Sánchez. Las redes sociales y la prensa internacional se hacen eco constantemente de sus meteduras de pata, de sus inauditos resbalones en relación a la sobre exposición de su persona y la de su mujer, Begoña Gómez. Los costosos viajes del presidente español -donde lo único relevante es el altísimo gasto que invierte en su individualidad alimentando de tal modo la fatuidad que lo invade, domina y aturulla- han borrado de un plumazo los escándalos de corrupción del resto de los partidos, contando el del suyo propio, que es el mayor escándalo de corrupción que ha conocido España y cuidado no también Europa.

Pero ningún otro viaje anterior le traerá más pesar y mayores inconvenientes que este nuevo ego-trip en el que pone en evidencia las contradicciones en las que se ha visto envuelto desde el primer día de su toma de posesión, no solamente vinculados a sus exigencias anteriores en cuanto a plagios y corrupción -para lo mismo que luego ha guardado un silencio muy oportuno, digo, oportunista, y hasta roñoso, y no ha sido todo lo exigente que fue enfrente de Mariano Rajoy y de sus ministros cuando ocupaba el cargo que hoy él ocupa-; porque con este viaje prueba algo peor que lo que es ser un plagiador, lo que es que sus ministros sean unos corruptos y fraudulentos, sino que por encima de todo, él mismo carece de algún principio, al ir a alabar y reverenciar a una familia de tiranos vivos y en ejercicio, mientras se empeña en desenterrar a un dictador bien muerto y ya situado detrás del portón de la historia.

Allá, por último, llevará -dice- de vuelta la silla de Antonio Maceo, ojalá con ella también llegue, al menos, la sombra de aquellos benditos cojones cubanos.

*** Zoé Valdés es escritora. Su última novela es 'La salvaje inocencia o la inocente pornógrafa' (Verbum, 2018).

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