El líder de Podemos, Pablo Iglesias, esta semana en el Congreso de los Diputados.

El líder de Podemos, Pablo Iglesias, esta semana en el Congreso de los Diputados. EFE

Podemos y la prensa

Pablo, por favor, fíjate

Podemos comenzó siendo un poderoso imán de la atención. Es hora de que se relea su relación con los medios y los periodistas.

En el corazón del éxito de Podemos está la capacidad del partido y sus principales dirigentes de marcar la agenda, de fijar y desviar la atención en favor de sus prioridades. Desde antes incluso de las últimas elecciones europeas, Pablo Iglesias destacó por un estilo cercano, fresco, que se expresaba con una gran claridad sobre asuntos importantes. Era un imán de la atención. Por ese motivo, logró conectar con jóvenes y personas alejadas de la política o decepcionadas por ella. Podemos estaba de moda. El flechazo entre Iglesias, Íñigo Errejón y otros dirigentes con los medios de comunicación fue inmediato y comenzó a llenar las velas de su travesía política. Supuso un soplo de aire fresco en un ecosistema político que necesitaba abrir sus ventanas. Algo estaba cambiando.

Esta semana, Podemos ha hecho un esfuerzo considerable para no hablar de su concepción de los medios de comunicación y la relación que mantiene con los periodistas. Es sobre eso sobre lo que versa el duro y extenso comunicado que la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) publicó este lunes. Salió a la luz cumpliendo con una de las misiones que figuran en sus estatutos, que es la de velar por la libertad de la información y proteger a los informadores que acuden a pedir amparo (en este enlace pueden verse la quincena de comunicados del último año, incluyendo el amparo de varios periodistas).

La APM actuó tras una reunión de su junta directiva con los denunciantes. Medió otro colectivo, la Asociación de Periodistas Parlamentarios (APP), que también cuenta con miembros de ideología plural y que trabajan en medios muy diversos. El comunicado respetó el anonimato solicitado para evitar un linchamiento público que dejase en una anécdota los insultos que los periodistas, cubran el partido que cubran, ya reciben a menudo en las redes sociales.

Aún con muchas preguntas sin responder, hay tres conclusiones que advierto con nitidez:

1. Los medios, debate pendiente de Podemos

Hace menos de un mes, Pablo Iglesias preguntó a Mariano Rajoy lo siguiente: “¿Con cuántos casos aislados la corrupción deja de ser aislada?”. En este caso no se trata de corrupción sino de incidentes con la prensa. No hay que tener en cuenta el comunicado de esta semana para recordar que en los tres años de vida de Podemos ha habido muchos casos impropios de un partido que aspira a llegar a La Moncloa. ¿Con cuántos casos aislados se puede empezar a hablar de ejemplos de un patrón? Ejemplos hay muchos. Desde el descrédito de un periodista concreto en un foro universitario hasta el señalamiento de no pocos informadores en las redes, pasando por comentarios sobre el abrigo de una compañera. Está claro que la denuncia germina gracias a que el terreno había sido abonado a la vista de todos. El propio Iglesias aseguró que se había “ganado a pulso” el premio a la peor relación con la prensa, recibido en diciembre tras el voto secreto de los periodistas parlamentarios. La teoría de la conspiración se lleva mal con la hemeroteca.

Más allá de los casos concretos, Podemos parece enfocar su concepción de la prensa desde una óptica sentimental, que espera que algunos periodistas pongan por delante la complicidad política y emocional con la causa del partido. No es nada nuevo ni exclusivo de Podemos, pero es inusual escuchar a otros líderes políticos hablar de “medioactivistas” o “periodistas militantes”, a los que los dirigentes puedan considerar como “compañeros” aunque no tengan “una relación orgánica” con Podemos. De eso habló Iglesias con detenimiento hace unos meses, como informó este diario, aportando incluso los audios de un debate público.

No nos engañemos: todos los periodistas tienen prejuicios, en mayor o menor medida. Conozco a infinidad de compañeros que luchan día a día para dejarlos en casa. Pero algunos dirigentes de Podemos parecen creer que la información es una guerra a la que conviene que todos vayamos bien armados para hacer frente al enemigo. Algunos periodistas, por idealista que parezca, tratamos de resistirnos a militar en empresas periodísticas o indirectamente en partidos políticos, sin que eso nos convierta en amorales o equidistantes.

El comunicado de denuncia describe presiones individuales muy graves ante las que Podemos ha reaccionado con una negativa instantánea y tajante. La portavoz en el Congreso, Irene Montero, llegó a decir que está “contenta” porque este debate haya abierto la puerta a otros, como el de la precariedad o la propiedad de los medios. Pero esa puerta, si uno se fija bien, la abre Podemos para mudarse a una habitación más cómoda.

2. El periodista es un lobo para el periodista

No hace falta citar casos concretos. Muchos medios han decidido no entrar al fondo del debate sobre la libertad de información con Podemos como protagonista. Tampoco han querido reflexionar más ampliamente o incluir a otros partidos ¿Para qué, si los periodistas pueden atizarse unos a otros? Son muchas las polémicas paralelas que se han colocado como pantalla. Se mezclan problemas reales, rumores y hasta guerras empresariales, pero todas han surgido como reacción corrosiva al debate original, para el que casi no ha quedado tiempo. Estos son algunos ejemplos de lo que podrían parecer meras excusas:

-Hay asuntos más importantes de los que ocuparse. Se trata de un argumento recurrente. A nada que uno se lo proponga, siempre encontrará algo más grave que permita desviar la atención. El cuento de nunca acabar.

-La verdadera amenaza es la precariedad y la autocensura.

-La APM, la APP y Victoria Prego carecen de credibilidad por graves omisiones en el pasado.

-Al periodismo se viene llorado de casa. Siempre ha habido y habrá presiones. No hay que quejarse todo el rato.

-Todo es una venganza secreta de Íñigo Errejón y los periodistas afines.

-Si no se aportan pruebas o no se denuncia ante los tribunales, probablemente sea mentira.

Se han publicado artículos que han tratado de validar o desmontar cada uno de estos enfoques. Algunos han llegado a señalar a periodistas concretos, algo injusto, triste y estéril. Yo me conformo con destacar una obviedad. Se puede hablar de todo, por supuesto. ¿Qué periodista no querría que Podemos o cualquier partido luche contra la precariedad o la censura? ¿A qué periodista no le gustaría que hubiese asociaciones profesionales perfectas? Algunos de esos debates pueden ser útiles, pero si sólo se abren para tapar otro de más envergadura, al final nunca se cerrará ninguno de ellos. Del mismo modo, los periodistas que para dar la voz de alarma esperan a la denuncia perfecta, infalible y definitiva que arregle sus problemas, corren el riesgo de tener que quedarse mudos para siempre.

3. Aprendamos la lección

Podemos tiene una oportunidad de oro para releer su concepcion de los medios y el trabajo de los periodistas. Sus dirigentes deben tratar de aguantar las críticas con la misma fortaleza con la que defienden sus convicciones. Eso contribuirá a reforzar y revitalizar su mensaje en un sistema que sólo pueden cambiar desde dentro, que es donde están. Sólo requiere un poco de humildad, un cambio de actitud y algunas decisiones muy sencillas. Los medios de comunicación deben reforzar su vigilancia contra los abusos, vengan de donde vengan. También los de otras formaciones políticas y empresas, sin caer en partidismos o exclusiones. Las amenazas son múltiples y van mucho más allá del caso que concierne a Podemos. Si este debate sirve para contribuir a la concienciación, si sirve para que se diga “basta” más a menudo y no se imponga el miedo, habrá valido la pena.

Con esa intención escribo estas líneas. Ese mismo espíritu me llevó a relatar, cuando me lo pidieron compañeros y las asociaciones de periodistas implicadas, el intercambio de tuits con Pablo Iglesias que ocurrió hace unos meses. No pedí amparo de ningún tipo. Tampoco denuncié ningún acoso porque no lo he sufrido, mucho menos en los términos que se han denunciado (de los que no tengo por qué dudar).

Me limité a dar mi punto de vista sobre un episodio público y conocido. Iglesias aprovechó para juzgar todo mi trabajo en base a un tuit, me acusó de no estar interesado en asuntos que para él son de extrema gravedad, me dedicó un sarcástico “Felicidades por tu trabajo” y acabó con un “Fíjate bien”. Desde el escaño, más preocupado por supervisar a la prensa que de seguir la sesión de control al Gobierno, Iglesias me enseñaba qué era importante y qué no. Los tres emoticonos de sonrisa que me dedicó no evitaron los cientos de insultos, algunos muy feos, que recibí en las redes sociales durante días. Aquello fue un episodio muy desagradable, pero por sí solo no tiene gran relevancia ni constituye ninguna categoría. El de esta semana sí es un debate importante. Merece la pena fijarse bien.

*** Daniel Basteiro es periodista de EL ESPAÑOL. Cubre asuntos de política nacional y parlamentaria.

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