Los distintos discursos que ha pronunciado León XIV a lo largo de las dos jornadas de su multitudinario viaje apostólico en España están vertebrados por una idea fuerza: promover un espíritu de encuentro y diálogo.
Esta vocación conciliadora se ha plasmado con singular transparencia en el acto albergado este domingo en el Movistar Arena, donde el Papa ha conversado con representantes del mundo de la cultura, el deporte, la empresa, los sindicatos y la política.
El pontífice ha exhortado a cultivar "un diálogo social que podemos comparar con el arte de tejer redes, que implique encuentro, escucha, diálogo y respeto". Y ha tomado el deporte como paradigma del aprendizaje del "respeto por el adversario".
La propia capacidad de convocatoria del Papa, que ha logrado congregar a una audiencia con perfiles tan plurales y dispares, manifiesta el alcance transversal del mensaje que ha traído León XIV a España.
Hasta ahora, el Papa se ha cuidado mucho de dirigirse preferentemente a un auditorio concreto, orillando aspectos confesionales más controvertidos para no herir sensibilidades distintas a la religiosa. Y modulando su discurso en un registro de fundamento humanista y laico, que creyentes, agnósticos y ateos pueden compartir por igual.
De ahí que resulten particularmente desatinadas las tentativas de algunos comentaristas, políticos y cabeceras por leer las palabras del Papa en clave partidista, como una desautorización expresa de las tesis de la derecha o un respaldo tácito a la agenda progresista.
Fiel a su manía sectaria, Pedro Sánchez ha interpretado que el Papa "reconoce la posición" del Gobierno en materia de política exterior. Y se ha congratulado de que "en estas cuestiones estamos en la misma línea".
Sin embargo, Sánchez no acudió a la multitudinaria Misa oficiada por el Papa en Cibeles, porque voló a Barcelona junto a Begoña Gómez, para asistir al Primavera Sound. Un gesto que demuestra que el presidente no está del todo alineado con Prevost.
Afectando decepción por estar "un poquito solos" en Europa, el presidente se ha consolado con la "muy emocionante" referencia de León XIV. Como si el Papa hubiera avalado directamente la política internacional del Gobierno.
Y es cierto que, durante la recepción de este sábado en el Palacio Real, el pontífice agradeció a "España" su "fidelidad al derecho internacional y al multilateralismo" y su "compromiso activo con la paz y la solidaridad entre los pueblos".
Pero Sánchez ha incurrido en la falacia de la selección sesgada. Porque, en ese mismo discurso, el Papa ligó su misión en España al deseo de "una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta Nación".
¿Qué tiene que decir a esto el presidente que verbalizó su proyecto de levantar un "muro" entre españoles, término este que ha condenado explícitamente el Papa?
Y es que León XIV no sólo estaba aludiendo a la paz en conflictos como los de Oriente Medio, donde el Gobierno puede sentirse más cómodo.
Aterrizó el contexto global de su diagnóstico en el caso concreto español, aludiendo a los episodios de contiendas civiles que registra nuestra historia y recordando que sus etapas más brillantes han sido aquellas en las que ha primado la cultura del encuentro sobre la del enfrentamiento.
Poco peso tiene la reconciliación como principio en el modus operandi sanchista, animado por una actualización del discurso guerracivilista,
Y, no obstante, el presidente que ha hecho de la crispación un negocio político no parece haberse visto interpelado, en cambio, por la advertencia de León XIV contra quienes pretenden "ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones".
No ha resonado con la misma claridad en los oídos de Sánchez la invitación del pontífice "a abandonar las narrativas divisivas y polarizantes", o su llamado a "cuidar el lenguaje que se utiliza" y "evitar las palabras que humillan o enfrentan".
Con miras a limpiar una imagen manchada por los escándalos de corrupción, Sánchez intenta patrimonializar la visita de León XIV para recibir una bula papal. Uno de esos documentos expedidos por Roma con los que, durante la Edad Media, el titular del poder espiritual concedía privilegios e indulgencias a los soberanos.
Pero ha olvidado el presidente que, para recibir la absolución sacerdotal, es imperativo haber examinado antes la propia conciencia, arrepentirse de los pecados cometidos, mostrar un propósito de enmendar la conducta y estar dispuesto a cumplir la penitencia para expiar las faltas.