Manifestantes encaramados al monumento de la Plaza de la República de París, el pasado sábado.
De los chalecos amarillos a los pasamontañas negros
En los análisis sobre el malestar causante de las protestas juveniles se elude un aspecto fundamental: la procedencia de quienes integran buena parte del precariado responsable de la desestabilización de Francia.
Hay quien está restando gravedad a las algaradas que sacuden Francia, achacándolas a la inveterada manía subversiva de los franceses.
Los saqueos, las barricadas y los asaltos a edificios públicos de los últimos días habría que entenderlos como la natural deriva en motín de las erupciones revolucionarias, cuya esencia, a juicio de Víctor Hugo, consiste en "tener casi siempre la culpa en la forma y la razón en el fondo".
El problema de esta interpretación es que, parafraseando el polémico chascarrillo de Mariano Rajoy a propósito de la Selección Francesa de fútbol, Francia tiene una turba de revolucionarios de altísimo nivel; eso sí, sin franceses.
La extracción étnica de los protagonistas de las sedicentes protestas estudiantiles es el gran elefante en la habitación sobre el que nuestros cerebrales opinadores tratan de correr un rawlsiano velo de la ignorancia.
Hablamos de la estirpe de observadores profundamente consternados. Esos a quienes, al ver arder la civilización, no les asalta otra preocupación sino que el incendio dará votos a la extrema derecha.
Entre la prolija relación de elementos explicativos de la oleada insurreccional invocada por nuestro mandarinato sistémico, figura la triple crisis política, económica y social que se está desarrollando sobre el telón de fondo del macronismo crepuscular y el ocaso de la V República.
Uno de los participantes en los disturbios de Francia este octubre, sentado frente a una barricada en llamas.
En efecto, el exbanquero al que la sinarquía encumbró para frenar el avance del nacionalpopulismo, canto del cisne de la tecnocracia socioliberal europeísta, se ha demostrado incapaz de des-bumerizar la economía y enderezar el rumbo de una Francia ingobernable por arriba y por abajo.
Y no es menos cierto que los disturbios galos se incardinan en una marea de protestas juveniles que ha brotado por todo el mundo.
Como aducen nuestros analistos, el contrato social que había vertebrado los Felices Treinta europeos se está desmadejando de resultas de la quiebra del pacto intergeneracional.
En nuestros Estados de bienestar seniles, asistimos hoy a la alienación del sistema de los jóvenes desposeídos, desencantados, desengañados y desesperados ante la fatalidad de la cancelación del futuro.
Pero innegable como es la existencia de un malestar fruto de la evaporación de las ilusiones y promesas del mundo harrypotteresco de la globalización feliz, se elude convenientemente en los análisis un aspecto muy principal: qué grupos son los que integran buena parte de ese "precariado" responsable de la desestabilización de Francia.
En efecto, el problema tiene un ingrediente de cuestión generacional.
Concretamente, la cuestión de la segunda y tercera generación de inmigrantes magrebíes afincados en Francia, condenados a la marginalidad al no poder gozar de las oportunidades de las que sí se beneficiaron sus padres y abuelos en los años sesenta y setenta.
Toda apreciación sobre la crisis francesa que soslaye que lo acaecido no responde tanto a un clima prerrevolucionario como prebélico (de guerra civil entre los "condenados de la tierra" y el resto de islas que componen el archipiélago francés) supone una deformación que escamotea lo fundamental del asunto.
A saber, que, como ha destacado el historiador Bernard Lugan, Francia se ha convertido en colonia de sus colonias, al socaire de un disolvente dictado moral: la expiación de los crímenes imperiales pasados.
Es evidente que la entrega total al nihilismo que caracteriza a la izquierda contemporánea late en la iconoclasta violencia callejera de estos días. Una vez desvanecido el horizonte utópico, lo que ha quedado es únicamente una política de la subversión, en la cual la disrupción se convierte en un fin en sí mismo.
Pero ese cóctel de radicalización y resentimiento es la matriz en la que han hibridado los respectivos nihilismos del mundo progresista y del islámico.
Islamismo e izquierdismo comparten, como escribió Daniel Ben-Ami, no la esperanza sino el agravio. Y tienen en común que ambos "son movimientos hostiles a Occidente, apoyan lo que consideran la legítima resistencia armada, y son profundamente intolerantes a la crítica".
No en vano, quien está pescando en el río revuelto de las revueltas (donde ondean por doquier banderas palestinas y argelinas) es el "islamoizquierdismo" de Jean-Luc Mélenchon.
Es decir, la rabia antieuropea sadomasoquista y necrófila cuya versión en la España de los Nietos es Irene Montero, quien explicitó que su plan consistía en "reemplazar a los fachas por migrantes".
Los episodios de algaradas y pillaje auspiciados por la rebelión de las banlieues se enmarcan así en la agenda de sustitución global del sujeto político revolucionario.
La nueva izquierda ha reemplazado al proletariado industrial perdido por el lumpen "migrante" en su laboratorio del Hombre Nuevo.
Es lo que media entre los chalecos amarillos y los antifaces negros. Lo que va de la Comuna de París a la Moruna de París.
Hay tres Europas viviendo juntas: la del pueblo arraigado (los fachas), la de los bumers instalados y la de los hijos de la inmigración y sus líderes de izquierda. El estallido es inevitable.
— José Javier Esparza Torres (@josejavierespa) October 18, 2026
En su mensaje a la nación del pasado domingo, el presidente Macron se preguntaba "cómo es posible que unos franceses le estén haciendo esto a Francia".
La respuesta es muy sencilla: porque no son franceses. Y nunca lo van a ser.
El general De Gaulle, un referente de la descolonización a quien dudo que nadie pueda tildar de racista (y cuyo reinado se clausuró entre el estallido de una crisis juvenil con ecos de la actual), lo sentenció con claridad:
"Es evidente que [los musulmanes] no son franceses. No se puede integrar el aceite y el vinagre. Los árabes son árabes, los franceses son franceses".
La abstracción que informa la idea de la ciudadanía liberal no alcanza a entender que, cuando se trata de esta inmigración masiva y vertical, carece de importancia la distinción entre inmigrantes legales e ilegales.
Lo determinante es el arraigo y a quién se rinde lealtad. Y, a diferencia de los europeos, troquelados por el individualismo abstracto y universalista moderno, en las sociedades tradicionales como las africanas el sujeto está indisolublemente vinculado por una compleja red de solidaridades y dependencias que perviven en el país de acogida.
Ninguna nación está capacitada para asimilar un gigantesco contingente de inmigrantes dotados de una cultura política ajena a los principios fundamentales de las comunidades políticas occidentales.
Y esto ha supuesto que en muchos lugares de Francia, Estados Unidos, Alemania o España se hayan instaurado auténticos guetos donde han acabado prevaleciendo las lógicas de la tribu sobre las de la sociedad política.
El líder de La Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon, marchando en las protestas en París el pasado sábado.
Pero el problema no tiene sólo una dimensión cultural-religiosa.
Al abrigo del propio modelo productivo al que se ha abrazado la gobernanza económica internacional (un neoesclavismo en toda regla), la integración no es posible por principio.
El resultado al que aboca la política de puertas abiertas que ha imperado en Europa es el mismo que precipitó el hundimiento del Imperio Romano en los siglos III y IV.
La Historia enseña así que, cuando los Estados se ven en la necesidad de ingresos tributarios fáciles y rápidos para sostener sus hipertróficas burocracias asistenciales, dan entrada a clanes de bárbaros sin exigirles la correspondiente asimilación a la vida civil nacional.
Así como Francia fue pionera en la subversión regicida, así será también primicia de la caída a la que el desenvolvimiento completo de esta lógica profanadora conduce.
Ya alertó Alejandro Dumas de que cuando el poder "regulariza el desorden", arrojando en una fosa común sobre un lecho de cal "las osamentas de aquellos que habían hecho de Francia la primera de las naciones", triunfan "las aves de presa de la revolución". Las cuales confirman la máxima de que "el orgullo de quienes no pueden edificar es destruir".
Son los tataranietos de aquellos los que, devolviendo a escena la secular estética terrorista, se encaraman y vandalizan estos días los símbolos monumentales de la República.