Tomás Serrano
Gandhi, en la playa de Sánchez
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La persona que más daño ha hecho a Pedro Sánchez no es Feijóo ni Isabel Díaz Ayuso. Tampoco los jueces Marchena o Peinado, ni ahora la magistrada Tardón.
Su auténtica bestia negra es alguien a quien no supo medir, alguien que parecía inofensivo por sus formas afables y bonhomía.
Al fin y al cabo, hasta este verano, no era más que el representante de una ciudad de 80.000 almas, tres veces más pequeña que Móstoles o Sabadell.
¿Qué podía temer Sánchez, acostumbrado a confrontar con Trump o Netanyahu, del alcalde-presidente de Ceuta?
¿Qué podía salir mal si ponía tierra de por medio, se iba de vacaciones a Canarias y dejaba que el sopor estival de agosto sofocara la polémica en las playas?
La respuesta ahí la tiene: Todo. Todo le ha salido mal a Sánchez.
Desde hace cincuenta días no hay otro asunto en España.
De nada han servido sus intentos en el Congreso por amortiguar el golpe presumiendo inversión extranjera y ratings de deuda; parámetros, por cierto, que la izquierda jamás solía utilizar para medir la prosperidad social.
Mientras él hablaba de números, el país seguía hablando de Ceuta.
Y por primera vez se ve a Sánchez como a un pez fuera del agua.
Salvando las distancias, ha ocurrido como en El guateque, la comedia de Blake Edwards.
En ella, Peter Sellers encarna a un torpe actor indio al que invitan por error a una fiesta exclusiva con lo más granado de Hollywood y acaba provocando la demolición de la casa del anfitrión y todo lo que representa.
Juan Jesús Vivas ha sido ese invitado inesperado al debate nacional, aparentemente inofensivo, que sin alzar la voz ha acabado por desmantelar la narrativa del Gobierno y su autoproclamada gestión modélica de las crisis.
David ha tumbado a Goliat. Un Goliat herido que ahora recurre a sus matones, Óscar Puente y Óscar López, para que propalen que el presidente de Ceuta es un sujeto insolidario, tramposo y desleal que se dedica a torpedear las humanitarísimas iniciativas del Gobierno.
Desista. Ya le adelanto al presidente que es una misión destinada al fracaso y con efecto bumerán: intentar pintar a Vivas como un radical insensible es tan disparatado como presentar a Gandhi como un pistolero.
En Ceuta, Sánchez no solo ha perdido el control del relato: ha sellado su destino.