Salvador Illa inaugura el eclipse.

Salvador Illa inaugura el eclipse. TV3

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Salvador Illa inaugura el eclipse

En España los reyes magos y los eclipses no llegan hasta que un político les da permiso.

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Salvador Illa inaugurando el eclipse ("¡Queda inaugurada la Vía Láctea!", decía Magí en X) me recordó a ese rey de El principito que esperaba justo al momento en que saliera el sol para decretar... la salida del sol, demostrando así ante los hombres su poder absoluto sobre todas las cosas.

También aquí, en nuestro planeta, los reyezuelos con ínfulas inauguran la Navidad encendiendo las luces del árbol o de las principales calles de la ciudad, o reciben a los Reyes Magos porque ya se sabe que, por magos que sean, en este país los reyes no llegan hasta que lo dice la policía municipal.

Estas ocasiones sirven para que los políticos celebren su poder en nombre de los dioses (cuando se atreven a nombrarlos, al menos) y para granjearse el agradecimiento de los súbditos. Teología política clásica.

Ahora, en cambio, vemos cómo inauguran eclipses que se verían del mismo modo, en los mismos lugares y a la misma hora, sin necesitar para nada de su ridícula (sobre)actuación.

Lo hacen, además, ante la total indiferencia de los astros y de los ciudadanos. Simplemente por estar, por hacerse ver, para que no nos olvidemos de su existencia ni un triste minuto de las vacaciones.

Y así no celebran su poder, sino que presumen de su impotencia. Es algo que hizo también Ada Colau en su momento, cuando inauguró un contador de muertos en el Mediterráneo para dejar claro que ella llora como la que más y que es culpable como la que menos.

Y es algo que hace ahora Salvador Illa. Mucho menos perverso, claro está, y mucho menos polémico, por supuesto, porque la exhibición de su impotencia es, en esencia, su principal función política.

Lo fue durante la pandemia, cuando supuestamente ejercía de ministro de Sanidad, pero sin asumir ninguna responsabilidad y apareciendo sólo para consolar a los allegados y acusar a los negacionistas.

Y lo es ahora, como president de Cataluña supuestamente centrado en la gestión (con resultados parecidos a los del ministerio) y, sobre todo, en la pacificación y la reconstrucción de puentes y consensos. Hasta el punto de llegar a pedir a la oposición que sea ella la que presione a Pedro Sánchez, porque él solito no puede.

Es su concepción del consenso y de la paz social. Indistinguible además del silencio (del discrepante) que permite construir una política de mínimos donde no quepan la discusión ni el enfrentamiento.

Una política de mínimos donde sean otros quienes vayan hacia el consenso (como se ha visto en las huelgas educativas), como si ya estuviese allí dado y esperando a ser descubierto y celebrado.

El rey de 'El principito'.

El rey de 'El principito'. Antoine de Saint-Exupéry

Aquí sí que puede presumir de gestión Salvador Illa, cuando la luna le hace todo el trabajo. Aunque luego los trenes se vean desbordados, de nuevo, ante tanta ilusión, tanto consenso y tanta propaganda.

Y bien está, porque este ritual pagano al que nos sometemos felices y contentos y al dictado del sistema sólo tiene sentido por los sacrificios que exige. La gracia está en el sacrificio. No sería lo mismo un eclipse visto por casualidad, sin previo aviso, sin la chapa de las semanas previas y sin creer en extrañas divinidades capaces de comerse el sol y sumirnos en la oscuridad eterna (un poco como si gobernase la extrema derecha).

Aquí todo el mundo quiere ser libre para hacer justo lo mismo que todos los demás y para hacerlo a la vez y juntitos pero con el absoluto convencimiento de estar viviendo, ellos sí, una experiencia auténtica y única que sí saben valorar, retratar y recordar como merece.

Los demás sólo siguen a la masa. El fomo [el miedo a perderse algo] es el vicio fundamental de la democracia. Ese pathos de la igualdad que empuja a los hombres a elegir libremente mirar todos en la mismísima dirección.

Y es normal que alguien tan partidario del consenso y del silencio admirativo como Salvador Illa se cuele en la foto y lo celebre como el que más.

Todo lo que dice, lo que hace y lo que no hace Salvador Illa busca esta reducción de la política, de la pluralidad y de la discrepancia, en nombre de la paz social y el consenso democrático.

Illa es un desustanciado convencido y orgulloso. Un hombre en búsqueda y captura del consenso de mínimos.

Y en el consenso de mínimos, lo sospechaban los antiguos, se encuentra la naturaleza. Porque a ver quién será el extremoderechista, el separatista o el negacionista que se atreva a cuestionar que sol no hay más que uno y que es el mismo para todos.

Y lo bien que estamos cuando nos olvidamos de todo lo demás.