María Corina Machado en un acto en Oslo.

María Corina Machado en un acto en Oslo. Javad Parsa Reuters

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Legitimidad, autoridad y capacidad en Venezuela

Venezuela no necesita una recomposición del poder, sino una transición real.

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Venezuela ya celebró la mesa que decidía su futuro hace dos años, cuando millones de venezolanos votaron y dieron una victoria atronadora a una oposición liderada por María Corina Machado y unida bajo la candidatura de Edmundo González Urrutia. Un resultado que el enésimo intento de fraude del régimen no logró disimular.

Todo lo que ha venido después, incluida la "mesa de negociación" respaldada por Estados Unidos que arranca el 1 de agosto entre un sector de la oposición y el gobierno interino que encabeza Delcy Rodríguez, no es sino una discusión sobre cómo ejecutar ese mandato, no sobre si existe.

María Corina Machado y Edmundo González se han desmarcado de ese proceso con un comunicado que conviene leer con atención, porque no deja lugar a la ambigüedad.

El mandato ciudadano expresado en las primarias del 22 de octubre de 2023 y en las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024 "permanece vigente". En dos años ese mandato no sólo no ha caducado, sino que se ha vuelto indiscutiblemente más urgente después de la tragedia nacional de los terremotos consecutivos y el completo abandono que ha sufrido el país.

El comunicado no pide confianza, sino vigilancia para evaluar el proceso con base en logros concretos y verificables: la recuperación de las instituciones democráticas, la liberación de todos los presos políticos, garantías reales para todos los actores sin exclusiones, un cronograma electoral presidencial oportuno y el pleno respeto a la soberanía popular.

No es una lista de deseos. Es la definición exacta de lo que separa una transición real de una simple recomposición del poder.

María Corina Machado en una conferencia en Houston.

María Corina Machado en una conferencia en Houston. Danielle Villasana Reuters

Los venezolanos tienen derecho a mirar este nuevo proceso con memoria, con lupa y con criterio, porque si hay un arma que el régimen chavista ha perfeccionado durante casi tres décadas es el tiempo. Lo vieron en Santo Domingo, en Noruega, en México, en Barbados. Mesa tras mesa que sirvió al régimen para reorganizarse, aliviar la presión internacional y reconstruir alianzas que la urgencia del momento anterior había resquebrajado.

Es decir, para ganar oxígeno sin ceder un ápice de poder.

Conviene entender, además, la lógica de quien impulsa esta ronda. Estados Unidos se mueve simultáneamente en tres planos que rara vez coinciden: el de la justicia, que persigue delitos concretos y no negocia con quien tortura; el de la seguridad regional, que exige evitar un vacío de poder peor que el mal que combate; y el de la negociación política, que necesita interlocutores capaces de ceder algo, por incómodos que resulten.

Washington puede negociar con quien considere oportuno. Puede hablar con Delcy Rodríguez, diseñar incentivos, garantías, salidas dignas si hace falta, incluso conceder inmunidades con fecha de caducidad mientras convenga a sus propios cálculos. Nada de eso es objetable en sí mismo: así se han cerrado casi todas las transiciones de la historia, con actores incómodos sentados a la misma mesa que sus víctimas.

Pero la verdadera pregunta no es qué ocurre hoy con Delcy, sino qué arquitectura política se está intentando construir para el día después. Toda transición negociada necesita interlocutores capaces de ceder algo. Pero necesita, además, legitimidad, sin la cual ningún acuerdo sobrevive al primer tropiezo.

Marco Rubio dijo hace unos días en Manila que Machado "puede" tener un papel en la reconciliación venezolana. No dijo que debe tenerlo. Esa misma ambigüedad se traslada ahora a la propia mesa que arranca el sábado, avalada por Estados Unidos, sin explicar con qué autoridad se decide quién puede sentarse a decidir el futuro de un país que ya se pronunció.

Edmundo González en un acto.

Edmundo González en un acto. Ignacio Lopez Isasmendi Europa Press

Por eso el comunicado de Machado y González no pide un asiento. Exige que se reconozca lo que el 28 de julio ya estableció. Su papel no depende de que alguien, en Washington o en Caracas, decida concedérselo.

Ninguna de esas conversaciones sobre la transición en Venezuela tiene recorrido democrático si prescinde de María Corina Machado.

Excluir a la Nobel de la Paz desacredita de raíz cualquier iniciativa, porque lo que ella representa no es una posibilidad, es un hecho consumado. Encarna el mandato que millones de venezolanos expresaron votando en condiciones adversas, arriesgando lo poco que les quedaba por arriesgar. No es "otra" dirigente de la oposición. Aglutinó, contra toda la maquinaria de un Estado dispuesto a impedirlo, una fuerza política que ni la cárcel ni el exilio de sus colaboradores lograron desarticular.

Ignorar ese liderazgo no es, ni de lejos, prudencia diplomática. Es una torpeza política monumental. Si el propio régimen ha dedicado años a perseguirla, inhabilitarla e intentar capturarla, es porque reconoce el peso que representa.

Venezuela no pertenece a una mesa de negociación. Pertenece a quienes votaron y custodiaron las actas del 28 de julio, a quienes rescataron con sus manos desnudas a sus familiares y vecinos cuando el Estado no apareció tras los terremotos, a los cientos de presos políticos que continúan confinados en celdas cuyas llaves aún custodian los criminales que mantienen el poder por delegación.

Mi admirada Carla Angola, periodista hispanovenezolana y flamante Medalla de Oro de Galicia, me recordó hace poco una frase de Simón Bolívar: "Tengamos conducta recta y dejemos al tiempo obrar prodigios". No es una frase de consuelo, ni una invitación a la resignación, sino una advertencia.

El tiempo puede producir cambios políticos inesperados, y a veces los produce con una velocidad que nadie anticipó. Pero no transforma automáticamente la mesa en mandato, ni la posibilidad en condición. Tampoco la inmunidad en inocencia, ni la negociación en absolución. Eso sólo lo logra la conducta recta a la que apelaba el Libertador, y esa depende de decisiones humanas, en ningún caso del calendario.