Soldados ucranianos en el frente de guerra

Soldados ucranianos en el frente de guerra Reuters

Columnas BLOC DE NOTES

Jamás he dudado de que Ucrania ganará la guerra

Ucrania ganará esta guerra. Llevará tiempo y exigirá sufrimientos, ciudades destruidas y muertos. Pero, en última instancia, no puede sino triunfar sobre aquellos que han querido borrarlo del mapa y de la Historia.

Publicada

Llevo cuatro años repitiéndolo.

Lo he escrito en estas columnas, lo he dicho en mis películas, lo he defendido en la tribuna de las Naciones Unidas, ante el Congreso estadounidense, en el Parlamento francés, en todas partes.

Ucrania ganará esta guerra.

Llevará tiempo, por supuesto.

Exigirá sufrimientos, ciudades destruidas, vidas rotas, muertos.

Pero, en última instancia, el país de Taras Shevchenko y de Volodímir Zelenski no puede sino triunfar sobre aquellos que han querido borrarlo del mapa y de la Historia.

Por aquel entonces, me miraban como a un soñador o a un loco.

Los militares de plató, los estrategas de salón, los expertos que confundían potencia con victoria ni siquiera lo veían como una hipótesis.

Yo, desde el primer día, jamás lo he dudado.

*

Bernard-Henri Lévy, en el frente en Ucrania.

Bernard-Henri Lévy, en el frente en Ucrania. BHL

A veces, me basaba en lo que veía en los frentes. La audacia indomable de los combatientes. La resistencia encarnizada, casi insensata, de esas ciudades ya muertas que eran Chasiv Yar o Toretsk.

O, simplemente, esa verdad asentada desde Frank Capra: cuando unos hombres, frente a un ejército de mercenarios o de pobres diablos enviados al matadero, saben responder a la pregunta "¿Por qué luchamos?", son invulnerables…

Otras veces, era su ingenio lo que me convencía. Su arte de la guerra. Su prodigiosa capacidad de invención.

¿Acaso no he visto, en cuatro años, a este pueblo de geeks y poetas ensamblar sus primeros drones con la ayuda de una impresora 3D, en una cabaña perdida en los bosques de Klishchíivka?

¿Y luego, en los talleres de Járkov, destripar los drones rusos o chinos para robarles sus secretos?

¿Y luego, hoy en día, levantar este arsenal de la democracia capaz de producir, cada año y por millones, las aves de acero más sofisticadas y made in Ukraine?

O bien, en ocasiones, en las largas noches de Bajmut, Kupiansk o Sumy, reabría algún clásico metido a última hora en mi bolso de viaje.

Una vieja edición Budé de Heródoto en la que Leónidas y Temístocles plantaban cara al inmenso ejército persa.

El Primer Libro de los Macabeos que me había hecho leer Levinas y donde Matatías, Judas Macabeo y Jonatán Afo terminaban por vencer al inmenso reino seléucida.

O también una edición en inglés de The Winter War (La guerra de invierno), donde Antti Tuuri relata la epopeya de la pequeña Finlandia resistiendo a los ejércitos de Stalin.

Filmaba a los soldados ucranianos. Compartía un poco de su vida. Los veía resistir, a pesar del agotamiento, a pesar de los aliados que flaqueaban, a pesar de los muertos.

Y me decía, día tras día, que su victoria estaba inscrita en la lógica profunda de esta guerra.

*

Hoy, ya estamos ahí.

No es todavía el final, por supuesto.

Porque nadie sabe cuántos meses, cuántas ciudades defendidas calle por calle, cuántas familias arrojadas a las carreteras y cuántas vidas jóvenes sacrificadas seguirá costando esta matanza antes de que el último soldado ruso abandone el suelo ucraniano.

Pero hemos entrado en un nuevo momento en el que lo que parecía quimérico se ha convertido en una posibilidad, e incluso en una probabilidad estratégica.

En el frente sur, en Petropavlivka, donde ya en abril de 2022 el comandante al que yo llamaba Scarface juraba que llegaría el día en que recuperaría Joliáipole (la ciudad natal de Majnó, a 20 kilómetros de allí), ya estamos ahí.

También en el Sur, más al oeste, en la base de Ochákiv (donde Nadia, la comandante, interrumpía cada noche la guerra para tomarle la lección por FaceTime a su hijo, que se había quedado en una ciudad del norte), una unidad de élite acaba de lanzarse para plantar la bandera, justo enfrente, en la península de Kinburn, el cerrojo del estuario del Dniéper.

En el frente de Zaporiyia, las tropas ucranianas avanzan, metro a metro, en dirección a Melitópol.

En Crimea, los aeródromos sufren ataques, los depósitos de combustible arden, las líneas logísticas son hostigadas. Y lo que el Kremlin consideraba su portaaviones en el mar Negro se ha convertido en una fortaleza sitiada.

En el este, por último, los operadores de drones de Oksana Rubaniak, la poeta-soldado, defienden encarnizadamente Pokrovsk.

El regimiento Khartiia, donde confraternicé con el poeta-rockero Serhiy Zhadan, no ha retrocedido ni una pulgada en los pueblos de la zona de Járkov.

El general Bogomólov, gravemente herido en Kupiansk durante el rodaje de L'Ukraine au cœur (Ucrania en el corazón), está de regreso en el campo de batalla.

En Kostiantynivka, Lyman, Chasiv Yar, esas ciudades mártires que, junto a Marc Roussel, filmamos a lo largo y ancho, el Kremlin anunciaba unos avances que nunca llegaron.

Y además, por fin, el pequeño ejército ucraniano, convertido en el primer ejército de Europa, es ahora capaz, desde sus bases secretas, de golpear en la profundidad de Rusia los depósitos de combustible, las fábricas de armas, los centros de mando y los nudos ferroviarios y logísticos más sensibles.

Los ejércitos zaristas, agotados en 1917 por tres años de reveses y penurias, claudicaron por menos que eso.

El régimen soviético, minado por una guerra afgana sin horizonte, tampoco sobrevivió mucho tiempo a ella.

¿Y si Vladímir Putin estuviera ya en ese punto?