El rey Carlos III y el presidente Donald Trump bromean durante la recepción en el Despacho Oval.

El rey Carlos III y el presidente Donald Trump bromean durante la recepción en el Despacho Oval. Henry Nicholls/ Reuters

Columnas BLOC DE NOTES

El rey Carlos y el Ubu Trump

La sola presencia del rey Carlos demuestra lo que es Trump: un rey kitsch, con una corona de cartón dorado y obsesionado con su salón de baile reluciente y grotesco.

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No sentía, a priori, simpatía por el rey Carlos.

Lo conocí hace treinta y cinco años, al inicio del caso Rushdie, en un almuerzo en la embajada del Reino Unido en París. Allí se encontraban algunos escritores franceses y británicos de su generación.

La conversación derivó, inevitablemente, hacia aquel de nosotros que acababa de ser condenado a muerte en Irán por los mulás.

Y quien entonces no era más que Su Alteza Real el príncipe Carlos, príncipe de Gales y conde de Chester, duque de Cornualles y de Rothesay, soltó, con ese tono de humor inglés que se distingue como ningún otro para envolver la crueldad en papel de seda: "saben, ese Salman Rushdie le sale, de todos modos, caro a la Corona de Inglaterra".

Estupor alrededor de la mesa. La respuesta del novelista Martin Amis y la mía fue sobre el mismo tema: "¿podríamos saber cuánto le cuesta al contribuyente británico el mantenimiento del príncipe de Gales, quien no ha publicado, que se sepa, nada muy interesante?".

La prensa inglesa, que no pierde oportunidad de burlarse de la familia real, estuvo al día siguiente más bien de nuestro lado. Y el futuro rey no salió favorecido de aquel episodio.

El rey Carlos de Reino Unido se dirige al Congreso de Estados Unidos.

El rey Carlos de Reino Unido se dirige al Congreso de Estados Unidos. GTRES Reuters

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Giro inesperado en Washington.

El tiempo ha pasado. El príncipe de Gales se ha convertido en rey de Inglaterra.

Y, el 28 de abril de 2026, viaja a Washington donde debe (un evento rarísimo que sólo ha ocurrido dos veces desde la independencia de Estados Unidos) hablar ante el Congreso.

Todo el mundo espera que no diga nada y adopte, como es la regla, ese famoso tono de neutralidad monárquica que consiste en hablar sin hablar y ser la voz ventrílocua de su gobierno. Sin embargo, para sorpresa general y en contra de todas las reglas, hace lo contrario.

Habla de democracia y de derecho.

Recuerda que un régimen libre sólo se mantiene gracias a sus frenos y contrapesos.

Evoca el cambio climático.

Menciona las alianzas que, frente a los antiguos imperios en reconstrucción, obligan a las democracias.

Recuerda que esa maldita OTAN, de la cual el presidente Trump repite obsesivamente que nunca ayuda a Estados Unidos, acudió en su ayuda tras el 11 de septiembre, siendo la única vez en su historia que activó su famoso artículo 5.

Y luego, ante los legisladores, tanto republicanos como demócratas, literalmente atónitos, habla de Ucrania. No se conforma con una alusión; aboga, toma partido. Formula una posición en la que tantos otros, con un discurso menos restringido, ya no se arriesgan desde hace tiempo. Pide no sólo una "paz justa y duradera", sino una "determinación inquebrantable" en el "apoyo a Ucrania" y a su "pueblo valiente".

Entonces, la sala se pone en pie. Y, bajo la mirada airada de un vicepresidente Vance que no sabe qué actitud tomar ni si debe quedarse sentado o levantarse, el Congreso le rinde, de pie y casi con incredulidad, una larga ovación como pocas veces se ha visto en el Capitolio: al nivel de Winston Churchill, Nelson Mandela, Lech Walesa, el papa Francisco... y, precisamente, Volodímir Zelenski.

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El rey verdadero frente al rey de carnaval.

De repente, todo cambia en Washington. El carisma es él; el poder simbólico es él; el hombre a quien todo el mundo quiere escuchar y ver es él.

La propia primera dama, Melania Trump, no tiene ojos más que para la reina y para él, y parece descubrir, hipnotizada, que existe una manera de ocupar una habitación sin elevar la voz, sin saturar el espacio y sin revolcarse en bromas groseras o escatología.

En cuanto a Donald Trump, hace lo que puede: se agita, bromea, intenta retomar el control tocando el hombro del rey o revelando, despreciando el protocolo, su conversación privada sobre Irán.

Pero nada funciona; el esfuerzo es demasiado evidente.

La sola presencia de este rey magistral lo devuelve a lo que es: un rey kitsch, con una corona de cartón dorado, obsesionado con su salón de baile reluciente y grotesco, sus sueños de arcos de triunfo y sus nuevos dólares con su efigie.

No King ("sin rey"), corean los manifestantes que, en Estados Unidos, rechazan el autoritarismo trumpiano, sus locuras y su nepotismo.

Pues bien, ahí está. Asunto resuelto. Porque aquí hay uno, pero de verdad, que no necesita recordar que lo es y que, por su sola presencia, deja al otro como un rey de carnaval.

Trump, para hacerse oír, podrá seguir gritando y vituperando: "¡Por mi vela verde, señora! ¡Mierda! ¡Yo soy el rey!". Pero el rey es Carlos. Y Trump no será nunca más que un padre Ubu reinando sobre un mundo pronto devastado.