Una periodista en 1985 con Margaret Thatcher.

Una periodista en 1985 con Margaret Thatcher. Cedida

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Echo de menos aquellos tiempos en los que las mujeres tenían que demostrar que estaban a la altura

Echo en falta esa presión por estar a la altura que sentían las mujeres en política. La que llevó a Margaret Thatcher, Angela Merkel y Hillary Clinton a ser andróginas para ser tomadas en serio.

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"Hasta la luz más frágil sigue siendo luz. Hasta la esperanza más quebradiza sigue siendo esperanza. Hasta el camino más abrupto sigue siendo un camino. Y yo quiero ser una mujer que no se detiene, que no renuncia, que no se resigna y que no teme", ha cantado María Guardiola en su toma de posesión.

Yo casi esperaba que sacara una armónica de la nada y rematara semejante despliegue de autocomplacencia con unas notas de Gracias a la vida.

Confieso que me está pasando una cosa que me da vergüenza admitir, y es que a veces echo de menos aquellos tiempos en los que las mujeres tenían que demostrar cosas. Cosas como que podían ser igual de buenas que los hombres en política, por ejemplo.

Noto esa vergüenza cuando veo a Yolanda Díaz afirmar que la paran por la calle para preguntarle por la votación del alquiler y llamar a la movilización ciudadana después de haber fracasado en sacar adelante su decreto.

Noto esa vergüenza cuando veo a María Jesús Montero hablar de ella en tercera persona como la mujer con más poder de la democracia y pedirle a los andaluces que le rindan pleitesía por presentarse a sus elecciones.

Noto esa vergüenza cuando María Guardiola monta una ceremonia más próxima a la coronación de un emperador romano que a la de una líder política que ha tardado un tiempito en llegar a un acuerdo.

María Guardiola durante el acto de toma de posesión celebrado en el Museo Romano de Mérida.

María Guardiola durante el acto de toma de posesión celebrado en el Museo Romano de Mérida. EFE

Echo en falta un poco de esa presión por estar a la altura que sentían las mujeres en política. La que llevó a Margaret Thatcher, Angela Merkel y Hillary Clinton a ser andróginas para ser tomadas en serio: traje de chaqueta, gesto serio, voz modulada. Lo relevante era parecer un poco menos mujer y un poco más poderosa.

Lo describe maravillosamente la historiadora Mary Beard en Mujeres y poder cuando explica que el ideal de autoridad ha sido siempre masculino, por lo que las mujeres se masculinizan para lograrlo: "Si recorremos la literatura antigua, encontraremos un reiterado énfasis sobre la autoridad de la voz grave masculina en contraste con la femenina. Un antiguo tratado científico enuncia de forma explícita: una voz grave indica coraje viril, mientras que una voz aguda es indicativo de cobardía femenina".

Nadie dice que sea justo. Yo, desde luego, no lo defiendo.

Pero sí reconozco que era un precio a pagar y que hubo mujeres que estuvieron dispuestas a pagarlo.

Mujeres y poder, de Mary Beard.

Mujeres y poder, de Mary Beard.

Es lo que permitió, como dice Mary Beard, que su madre naciera antes de que las mujeres pudieran votar en elecciones parlamentarias en Gran Bretaña, pero viviera para ver a una mujer en el cargo de primera ministra.

Así que he de reconocer que siento la tentación de pensar que un poco más de injusticia no le vendría mal a esta generación de mujeres en política. De hecho, hay ya hasta una teoría que circula por ahí, articulada por Helen Andrews, que dice que todos los males de nuestro presente, especialmente el del virus woke, son culpa de la feminización de la sociedad.

Según ella, la colonización de muchas instituciones occidentales por mayorías femeninas ha llevado a una mayor cultura de la cancelación, menor tolerancia al conflicto y una búsqueda de la homogeneización frente a la pluralidad.

Recoge Mary Beard en su libro el discurso de un orador e intelectual del siglo II d. C, Dión Crisóstomo, que pidió a su audiencia que imaginara una situación en la que "una comunidad entera se viera afectada por una extraña dolencia: que, repentinamente, todos los hombres tuvieran voces femeninas, y ningún varón (niño o adulto) pudiera hablar de manera viril. ¿No sería esta una situación terrible y más difícil de soportar que cualquier otra plaga? No me cabe duda de que enviaría una delegación a un santuario para consultar a los dioses y tratar de propiciar el favor divino con numerosas dádivas".

Veo a María Guardiola, a Yolanda Díaz, a Maria Jesús Montero… y pienso con culpa: ¿y si Helen Andrews y Dión Crisóstomo tienen razón?

Por suerte, cuento con el antídoto. Estoy vacunada frente a esta teoría porque he visto a nuestro presidente escribir cartas públicas de amor, a Íñigo Errejón echar la culpa de su comportamiento sexual al liberalismo y a Alberto Garzón llorar cuando le criticaron por querer fichar por Acento.

Y también me vacunan diariamente tantas mujeres impresionantes que diariamente bregan en el debate público. Como Paula Fraga, las madres de la asociación Amanda, Cayetana Álvarez de Toledo, Amelia Valcárcel

Y, afortunadamente, sin tener que pagar el peaje de masculinización que abonó Thatcher.

Paula Fraga, tercera por la izquierda, con sus compañeros de El Jacobino.

Paula Fraga, tercera por la izquierda, con sus compañeros de El Jacobino. Fotografía de la formación

Mujeres a las que mandan callar con el apellido de "puta", a las que desnudan con inteligencia artificial para ahuyentarlas de la esfera pública, a las que amenazan con la violación.

Así que, aunque a veces sueño con aquellos tiempos en los que las mujeres tenían que demostrar que estaban a la altura, me consuelo pensando que, desde luego, ya han dejado claro que pueden ser igual de mediocres que los hombres sin excesivas consecuencias.

Porque la toxicidad política no se la inventaron las mujeres, sino el sentimentalismo. Y, en concreto en nuestro país, el sentimentalismo se lo inventó José Luis Rodríguez Zapatero, como bien explica Santiago González en su libro Lágrimas socialdemócratas.

Zapatero, tras dividir el país con la memoria histórica, hundirlo en una crisis económica y perder la batalla contra el terrorismo de ETA que costó tantas vidas, decía que él "había puesto lo mejor de sí mismo".

Como dice Santiago González: "Nunca hasta la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero a La Moncloa se había mostrado tanto el sentir de los gobernantes ante los problemas cuando no pueden resolverlos".

Y de aquellos polvos, estos lodos.

¿Qué le vas a exigir a un hombre que ha dado lo mejor de sí mismo? ¿Y a una mujer que no se detiene, que no se resigna, que no renuncia?

Nuestros políticos están empachados de sí mismos, de su propia imagen en el espejo, de su necesidad de contarnos lo buenos que son, de que veamos cómo sangra su corazón. Como los habitantes del Capitolio en Los juegos del hambre, comen hasta el punto de reventar, y luego vomitan para poder seguir comiendo otra vez hasta reventar.

Vomitan sobre nosotros y decimos que llueve. Así que concluyo: no echo de menos la injusticia, pero sí el compromiso con la excelencia.