Albert Serra recogiendo el Goya por 'Tardes de soledad'.

Albert Serra recogiendo el Goya por 'Tardes de soledad'.

Columnas DESÓRDENES

Hablemos de Albert Serra: hay un ego gordo que me gusta... y que sólo se le permite a los hombres

El arte es aristocracia, es la aristocracia del talento, y que se jodan los que no puedan.

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Me chifla Albert Serra.

Le dediqué una larga carta de amor a Tardes de soledad, la pieza caliente por la que acaba de ganar el Goya a Mejor Documental y por la que se llevó también la Concha de Oro a Mejor Película en San Sebastián. La Asociación de Críticos de Boston y de Los Angeles ya le habían rendido honores.

Para mí es un gustazo que se celebren filmes que funcionan enigmáticamente como tests de Rorschach (ahí Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa).

La ambigüedad ideológica es inteligencia. Adoro la brillantez con la que estas obras revelan nuestro inconsciente personalísimo y nos sacan el alma con cucharilla de postre, adoro cómo responden a las dobleces de nuestro carácter, adoro el suave bamboleo con el que el cine sofisticado nos sostiene la mirada sin terminar de darnos la razón.

Siempre nos frustra. Nunca nos colma. Por eso mantiene tenso nuestro deseo.

Pero si Los domingos es una investigación psíquica, Tardes de soledad es una investigación artística.

'Tardes de soledad'.

'Tardes de soledad'.

Es espesa, huele, es autoirónica, es soberbia, es baja. Tiene pelo y sangre y temperatura y sexo, tiene masculinidad y feminidad, tiene memoria y futuro. Es queer: fluctúa.

Es un elogio marica como un piano de cola.

En sí misma es una contradicción, y eso la hace radical y hermosísima. Transgresora y sublime.

Es vulnerable y sucia. Explota de rito. Trabaja con lo vivo: por eso lo es todo.

La violencia es esencial. La violencia es clave para que esto no se convierta en el Circo del Sol. Con amor o con odio, pero siempre con violencia, como escribió Pavese.

A cada rato viene un friki taurino o antitaurino a intentar desmigar el verdadero pensamiento de Serra. Pobre gente. Gente limitada.

A Serra sólo le interesan los toros en cuanto que están al servicio de algo más grande. De algo inmenso.

Intuyo que le pasa igual con la guerra o con las relaciones humanas. Todo esto, al cabo, no dejan de ser las pequeñeces que hacen de trampolín hacia las cuestiones colosales, rabiosas... eternas, eternas. Los cuerpos qué son. Los cuerpos del animal o del hombre son sólo la carcasa.

Serra usa lo corpóreo para hablar de lo inmutable.

De ahí ese ego gordo que pasea y que le hace chocar con el mobiliario. ¡A mí me divierte tanto!

Me estimula. No está preocupado por caer bien ni por caer mal, y eso subraya mi respeto. Él va obseso, va turbado, va en visión túnel con su movida: el arte.

Cartel de 'Tardes de soledad'.

Cartel de 'Tardes de soledad'.

No le importa el crédito, no le importa el favor de los otros. Le importa hacerlo nuevo, hacerlo brillante. Es un fin honorable, al cabo, su huida furibunda del lugar común.

Tengo claro que Albert Serra quiere ser trascendente, pero por las razones adecuadas. Es decir, por la superioridad de su obra, no por un viento favorecedor del mercado ni por una fanática adoración a su persona. Serra quiere poner a competir su obra con el resto de obras, pero muy en serio, con justicia, con dureza. Quiere ver cómo se matan entre sí.

Me recuerda a aquella canción oscurísima y perfecta de El Grajo: "Después de tanta humillación, yo lo haré solo. / Si el destino del hombre es caminar, yo lo haré solo. / Porque una mente privilegiada / es la que procesa y asume / que fuera de ella no hay nada".

Y algo más bestial aún: "He llegado lejos. / Algo se ha roto. / Pero estoy contento. / Estoy contento de no ser como vosotros".

Esto podría firmarlo Albert Serra, estoy segura.

Ser excelente también tiene algo de profecía autocumplida.

La humildad es una ponzoña, una cutrez. La humildad está sobrevalorada. Sobre todo, la humildad acostumbra a ser falsa. Si todo el mundo aquí tiene un ego que no cabe en la sala, ¿qué es más lamentable, tratar de esconderlo o aprender a nombrarlo con gracia?

Ya que entramos a jugar, ¿por qué no jugamos con bravura?

Albert Serra tiene esa valentía, esa sorna chula. Y tiene la torería sin ser taurómaco. No se hace el demócrata, y menos mal, porque el arte no es buenista ni es democrático. El arte es aristocracia, es la aristocracia del talento, y que se jodan los que no puedan.

Él es un alquimista. Está depurando lo extraordinario.

Yo defiendo el derecho a la soberbia del creador. ¡A sus disfraces, a sus malas artes, a sus bravuconerías cómicas! A sus trajes de chaqueta con gafas de esquiar... a sus boutades riquísimas, riquísimas... a sus noches sin dormir, enfermo de ideas... a sus depresiones y sus euforias, a la paranoia de ver la propia cabeza colgada por fin en la pared, como el trofeo fatal.

De su proceso dice: "Todo está muerto, pero el motor sigue girando".

Qué extraño y qué bello.

De sí mismo asegura: "Soy el mejor montador del mundo. Un director de los cinco mejores. Un productor normal. Y un guionista bueno". Jajá. A mí me parece de justicia.

Últimamente también alega que es artísticamente superior. ¡Sólo faltaba que él no lo creyera! Tiene razón, por cierto. Tiene su vociferante fe de su lado. Se tiene a sí mismo, para siempre.

Albert habla del valor de la intimidad a la hora de contar una historia. Habla de mirar las cosas de cerca. No, más, más aún: habla de mirar las cosas por dentro. Tiene el ojo quirúrgico. Es de los que piensan, como yo, que si se mete el cuchillo, más vale meterlo hasta el fondo.

Además Serra ha sido leal, aun con lo fácil que le han puesto el portarse como una rata. No ha humillado en ningún momento a Roca Rey ni a los suyos después de exprimirles el espíritu y dejarles siendo poco más que un montón de huesos, sino que les ha agradecido su desnudez, su vulnerabilidad... y lo ha hecho en la fiesta del cine de los progres. ¡Un señor! ¡Un tío que se viste por los pies!

Quiero a Albert Serra, le admiro y no le conozco de nada. Seguramente es mejor así.

Este tío nos enseña cosas sobre la vocación, cosas que nunca entenderá todo el mundo. Cosas de las que habló la película de Whiplash, aquella joya de Damien Chazelle.

Su ego estilístico me gusta más que el de casi cualquiera, aunque vaya en la línea del de Timothée Chalamet y su discurso en los SAG Awards 2025: "Sé que a la gente no le gusta decir cosas así, pero quiero ser uno de los grandes. Estoy inspirado por los grandes".

Pues muy bien, para qué andarnos con chuminadas.

También Oliver Laxe está en racha, haciéndonos ver que a los jóvenes le hemos dado pan bimbo y que su paladar ya no está acostumbrado al pan de cereal puro que él nos ofrece. Jajá. Tremendo. Yo a favor, a favor de todo. A favor de la autodefensa, de la jactancia, de la petulancia. Qué más da todo ya.

¿Lo único que echo de menos?

Este ego creador en las mujeres artistas. ¿Por qué todos nuestros vanidosos de guardia, por qué todos los que han salido del armario de la impostada modestia... son hombres?

Ninguna de las mujeres premiadas en los Goya (tampoco Ana Mena, o Bad Gyal, que actuaron en la gala, y ni siquiera Rosalía, que estaba petándolo en esos momentos en los Brit Awards) pueden permitirse el lujo de pavonearse así, por más que sus éxitos las avalen.

Ya lo estoy viendo. Entonces serían llamadas insoportables, repelentes... problemáticas.

Menos mal que tenemos a Loles León cambiando el gesto en un segundo de la risa al hielo charlando con Évole o con Broncano: "Claro que soy problemática. Eso significa que no me someto".

Pues eso.