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Columnas DESÓRDENES

Hablemos de la 'amiga del café': por qué hay que abolir esta figura aunque nos dé pena

Con la amiga del café te limitas a hablar de cosas; pero hace mucho que dejasteis de vivir cosas.

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Mi recomendación histórica siempre ha sido que no quedes con nadie que te gusta para tomar un café, porque un café tiene algo de confesión de fracaso. Te vulgariza, te deserotiza. Te vuelve de andar por casa (qué somos si no eso, ¿verdad? Pero el trabajo es la épica, el trabajo es elevarnos).

El problema es que, más allá de los intereses sensuales, últimamente vengo rumiando una idea realmente incómoda. Vengo pensando en la importancia de no tomarnos un café, tampoco, con gente que realmente no nos gusta, o, al menos, que no nos apasiona.

Es decir, yo propongo abolir a la amiga del café.

Tú sabes quién es, tú lo sabes igual que yo. Es esa amiga a la que colocamos en el café porque ese es un mundo circunscrito. Una hora, máximo dos, de un día entresemana.

Esto es así y duele un poco reconocerlo. Hay personas a las que vemos como días laborables y hay personas a las que vemos como sábados. Y como tal, las citamos. Somos muy literales, en el fondo. Somos bastante evidentes.

A los que amamos de verdad, para la vida entera, los vemos igualmente un viernes que un domingo, pero lo que es seguro es que te digo "extraordinario" si te propongo cenar en festivo.

Mujer y su café.

Mujer y su café.

Lo que es seguro es que te coloco en la casilla de la aventura, porque, ¿quién sabe a dónde esa noche puede llevarnos?

El sábado tiene algo de mácula. La posibilidad de una complicidad tintineante. Tiene belleza, tiene juego y a poco que estemos ocurrentes, algo de pérdida de modales.

Qué cosa inmensa ser la amiga del sábado. Me pondré guapa para ti. Te pondrás guapa para mí. Distingo desde que apareces que ese perfume es nuevo.

Llevo pintalabios. Ideas. Cosas que no te conté durante la semana para no vulgarizarlas. Claro que llevo un cigarro que fumarnos a medias cuando elijas (con tanta inteligencia) el momento en el que soltarme un secreto capaz de volarle la peluca a España. Ya sabes que sí.

No cenaremos un kebab mientras un gato nos trepa por la espalda en un banco a las afueras de la M-30 revisando un mensaje del calvo de tu exnovio, la verdad es que no. Hoy tenemos un poco de pasta y mucha imaginación.

Hablaremos durante horas en un restaurante precioso. Tendremos la gracia. Tendremos la suerte. Haremos amigos íntimos que jamás volveremos a ver. Cogeremos un taxi. Cambiaremos de bar y de planes sobre la marcha. Nos gustarán, como a Wilde, los hombres con pasado y las mujeres con futuro.

A lo mejor vamos a bailar, a lo mejor no. Qué más da. Sabemos que somos mejor juntas. Todo funciona, todo es posible, y esto sólo es así porque hemos esperado toda la semana a que llegara este momento. Hemos esperado toda la vida a nuestra amiga del sábado.

No quiero que parezca que la amiga del café es la sensata y la del sábado es la fantasiosa, sería un reduccionismo injusto para ambas. En realidad, esto no tiene tanto que ver con el carácter de tu amiga como con lo que tú sientas por ella.

Con la amiga del sábado existe una verdad atronadora. Con ella todo es plenamente correspondido.

Pero la amiga del café representa esa asimetría incómoda que a veces copa nuestras relaciones, las que no cortamos por cobardía, por inercia o por memoria histórica.

Has querido mucho a la amiga del café, pero la vida os ha llevado por lugares distintos de manera natural y ahora vivís de las rentas.

Distingues a una amiga del café porque siempre se agarra emocionalmente a una historia que compartisteis en la Edad Media (cuando tú llevabas californianas) para justificar la frágil química del presente. Es como una anécdota contada muchas veces.

Se sabe veterana, siente que tiene derecho a reclamarte y ese, a su vez, es el reclamo: por su veteranía te secuestrará. Y lo hace sin pudor. Tiene ese misterioso poder del sopor que engancha.

Hablemos claro. La amiga del café a menudo te quiere más a ti que tú a ella. Es ella la que te insiste para quedar y eres tú quien la coloca en un café. La semana pasada le dijiste que hoy y hoy le has dicho que mañana. Te da un poco de pereza.

Pero es verdad que nunca sueltas del todo a la amiga del café, porque ella habla de la chavala que una vez fuiste, habla de las cosas en las que creíste y de una época que no repetirías pero que no quieres borrar porque te ha traído hasta aquí.

Te da miedo, te da mucho miedo soltar a la amiga del café por si con ella se cae todo lo demás. Tu pasado, no sé. Tu inocencia. Una felicidad muy vieja y distinta a la de ahora.

Con la amiga del café te limitas a hablar de cosas; pero hace mucho que dejasteis de vivir cosas.

Me pongo un poco triste al escribirlo. Enseguida me repongo. Ya. Yo creo firmemente que una amistad tiene que renovar sus votos y que lo demás es haber claudicado.

Yo creo que el éxito de una vida bien vivida se mide en cuantas menos amigas del café tengamos.

Porque el café tiene narrativa de oficina, es decir, narrativa de sistema. Te lo bebes y ya está, sigues con lo tuyo, no te esperes ningún giro, es una historia con poco recorrido, nunca te modifica.

Te lo bebes incluso en un lapso en la jornada con un coleguilla sin carisma del curro. No tiene valor real. Es sólo continuismo.

No es culpa de las amigas del café. Es culpa de nuestra propia mediocridad por seguir alimentándolas, por seguir degradando nuestra historia… Y porque ya tenemos bastante poco tiempo como para gastarlo con alguien que no nos interesa en absoluto.

Lo tienes casi claro hasta que la pregunta se te vuelve, como una hostia. ¿Y si soy yo la amiga del café de alguien? Seguiremos informando.