El ministro de Transportes, Óscar Puente, junto a los responsables de Adif y Renfe, en la rueda de prensa de este miércoles. Europa Press
Óscar Puente imposta "transparencia" para jugar al despiste
Resulta cuanto menos sorprendente que mientras el Gobierno insiste en que "todas las hipótesis sobre Adamuz están abiertas", descarte simultáneamente algunas de las posibles.
En su rueda de prensa de este miércoles, que no ha servido para dilucidar ninguno de los aspectos nucleares del accidente ferroviario de Adamuz, Óscar Puente ha zanjado que "no ha sido el mantenimiento, la falta de inversión, la obsolescencia, ni la falta de controles" la causa de la catástrofe.
Resulta cuanto menos sorprendente que mientras el Gobierno insiste en que "todas las hipótesis están abiertas", descarte simultáneamente algunas de las posibles.
Las mentes calenturientas podrían maliciarse que, en lugar de desvivirse por averiguar la verdad sobre una desgracia ocurrida en un servicio público bajo su tutela, el Ejecutivo está prima facie tratando de alejar de sí las responsabilidades.
Y en apoyo de esta sospecha viene la maniobra del Ministerio de Transportes para deslizar que es en el tren de Iryo donde hay que buscar las culpas. A pesar de que las primeras hipótesis de la investigación apuntan a que el origen del descarrilamiento puede estar en una rotura en la vía.
En paralelo, los portavoces ministeriales, en sincronización con sus opinólogos afines, están aventando el marco del misterio: todo es muy "extraño". Una fatalidad imprevisible por incognoscible.
Es todo tan complejo que tardaremos mucho en saber lo que ha ocurrido. ¡O quizás nunca lleguemos a saberlo!
Los investigadores fotografían el bogie descubierto junto a las vías de Adamuz.
Y nadie podrá disputarle a Puente que se trata de "una investigación compleja que requiere tiempo, porque todos los factores tienen que ser analizados".
El problema es que, en este caso, el contexto es demasiado insoslayable como para avenirse a suspender transitoriamente el juicio.
Es un hecho incontrovertible que los maquinistas llevan más de un año denunciando el deterioro de las infraestructuras ferroviarias.
La corroboración del deficiente estado de la red, y de los peligros que esto entraña para la movilidad, la ha dado el propio Gobierno, al decidir este martes de manera elocuente reducir la velocidad máxima en la línea de alta velocidad Madrid-Barcelona.
Y la apuntala la convocatoria de una huelga por el sindicato de maquinistas Semaf, para "reivindicar la recuperación de los estándares de seguridad del sistema ferroviario y garantizar la integridad de los profesionales y de los usuarios del ferrocarril".
La vía de escape de Puente para sortear esta robusta y comprometedora evidencia ha sido, precisamente, mostrarse como un ministro que no rehuye las explicaciones.
Ha exhibido su registro más institucional, grave y templado, para así revalidar de cara a su hinchada la reputación de gran gestor de crisis que le ha fabricado.
Este ministro "no se va a esconder". Al contrario, ha saciado al auditorio con un alarde de prolijidad comunicativa y aparente claridad de más de dos horas de duración.
Así, mientras Puente proyecta que "lo primero es garantizar la transparencia", el Gobierno puede seguir jugando al despiste de forma sibilina.
🚅 Óscar Puente afirma que "no podemos poner en cuestión el transporte público"
— EL ESPAÑOL (@elespanolcom) January 21, 2026
"No es perfecto, no es infalible, pero es un gran sistema"
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¿Cómo si no se explica el contraste entre la aseveración del ministro de que "no se va a realizar ningún tipo de especulación" antes de que las investigaciones arrojen resultados, y su premura para desechar, menos de un día después de la tragedia, la posibilidad de que las repetidas notificaciones de incidencias en el tramo de Adamuz tuvieran nada que ver con el descarrilamiento?
¿Cómo se compagina esta exhortación a no "precipitarse" y ser "respetuoso con las víctimas y los afectados" con la oportuna filtración unas horas antes a un diario de la pedrosfera de un audio con la llamada del maquinista del Iryo al centro de mando, que casualmente reforzaría la tesis favorable al Gobierno de un enganchón en el convoy de la operadora privada como desencadenante del accidente?
Resulta difícil apartar la sospecha de que el Gobierno está dedicándose a sembrar confusión (¿qué justificación puede haber para la insoportable lentitud denunciada por los familiares de las víctimas en la identificación de los "desaparecidos"?) mientras arma un relato absolutorio. Y, para no dejar un vacío de información que pueda dar pie a elucubraciones perjudiciales para él, orientar la conversación pública para salvar la imagen de Adif y Renfe.
El Ministerio de Transportes podía haber certificado de forma incontestable su innegociable compromiso con el esclarecimiento de las circunstancias del accidente organizando unas pesquisas verdaderamente independientes.
Sin embargo, lo que ha hecho ha sido constituir una comisión de investigación adscrita del Ministerio de Transportes y compuesta de exmiembros de Adif y Renfe.
Además, Puente ha rehusado en su comparecencia realizar una auditoría de la red ferroviaria. Pese a que, como publica hoy este periódico, los informes semanales de los maquinistas han reportado más de 20 alertas por "roturas, defectos y mal estado" en vías por las que circulan trenes a diario.
En suma, el Gobierno parece estar reeditando el manual de resiliencia comunicativa de anteriores crisis: adueñarse de la dosificación de la narrativa induciendo conversaciones laterales, sepultar con cháchara la falta de explicaciones, y dejar que la llama del asunto se vaya apagando hasta que, con suerte, la gente se olvide de él.
Si el Gobierno está pidiendo tiempo a los españoles con tanto ahínco, es porque está tratando de ganarlo para él. Del celo fiscalizador de la ciudadanía dependerá que puedan volver a salir airosos.