Quim Torra saluda a Carmen Calvo, en presencia de Pedro Sánchez.

Quim Torra saluda a Carmen Calvo, en presencia de Pedro Sánchez.

PICALAGARTOS

Torra en mi barrio

1 marzo, 2020 02:08

Esto de darle exégesis y rock&roll a la fotografía tiene algo de ciencia forense. Días después del crimen, se ve cómo la luz entra, cómo las caras denotan lo que es y qué solos se quedan los muertos. En ésta, en la de hoy, vemos un grupo escultórico de Viernes Santo pero sin Cristo muerto, que lo muerto es la Constitución y el dramatis personae no quiere que la Consti salga en la imagen. De momento, nos llama la atención el peluco de Carmen Calvo y los mofletes rosados de Quim Torra; con esos dos detalles podríamos establecer todo un tratado de lo que es la política actual. 

Ambos dos, en las habitaciones últimas de su sangre, lo que quieren es torcer el Código Penal y hacerlo croquetillas. Calvo eliminando la presunción de inocencia, Torra por lo que todos sabemos.

Calculadamente, el retratista nos deja a Sánchez en un segundo plano; aunque las quijadas lo desmientan, la intención es que el presidente aparezca como una pastorcilla de Fátima. Hay en la corporeidad de Sánchez una satisfacción como de obra completa, como Dios cuando hizo el mundo o como cuando Pepe Blanco ve a una gasolinera o Zapatero ve a Maduro. Sánchez está contento de algo, que es que el pelotón llega agrupado al puertecillo de los Presupuestos. 

Más atrás, un pollopera que pareciera segurata de Ábalos o los que montan los andamios en los conciertos en los que se nos mata Sabina, guarda las manos en los bolsillos. Las deportivas, la furia del español cansado, no nos dice nada más que está ahí para empalmar cables por donde pasa Narciso, por eso su torpe aliño indumentario, que diría el otro. No se ha afeitado porque todo lo humano le es ajeno, claro...

La España plural, bilateral, el cogollo de la Bernarda y así era esta foto. Me flipa que Chiqui Montero esté y se le espere, cuando apareció en la mesa de diálogo como metida con calzador. Su desparpajo y sus rizos no evitan que mire a los papeles para que después, según secuencia de los hechos, perdiera a los periodistas en circunloquios que ella entiende como amor y pedagogía. Tan pizpireta y sevillí.

Luego, claro, la propia mesa en escorzo, con carpetas de vacío, vacío de carpetas y un BiC golpista y otro de coalición. Y focos, focos, para que la nada se haga viral y se eviten las sombras y los puntos negros. 

El valor testimonial de la foto tampoco nos puede hacer olvidar lo sustancial: que toda esta gallofa acordase conjuntamente un garantía jurídica para que quede constancia de la infamia. El comunicado salió como las cosas que no tienen mucho sentido: en los telediarios de las niñas guapas.

Antes de todo esto, Torra y Sánchez parlamentaban de arquitectura y de Miró o Tápies bajo un sol de primavera. Un helicóptero pasaba rasante por mi casa, a 700 metros de Moncloa. Horas después, a la anochecida, un grupito del lazo amarillo salía del Edelweiis -trasera del Congreso- y celebraba la genuflexión del Estado en las calles cachondas de Madrid. 

El termómetro no bajó de nueve grados, algunos menos en Galapagar y en Lledoners. 

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