Casi me da un patatús cuando esta mañana, en esas ansias deplorables de inmediatez y conectividad continuas que sufrimos los humanos, cotilleo Twitter y visualizo el siguiente titular: Puigdemont, Trump y Kim Jong Un, entre los favoritos para ganar el Nobel de la Paz.

Me he asegurado de que no estábamos a 28 de diciembre. He comprobado, también, que no se trataba de una coña viral tipo Ricky Martin, el armario y el perrito. Como la noticia original venía del Time, me he dicho: deja, deja, que estos han traducido mal y, en realidad, hablan del equivalente escandinavo a los premios Limón.

Qué disgusto me he llevado al comprobar que habían traducido la mar de bien. Que el Nobel de la Paz se hará público el viernes, 5 de octubre, que las votaciones son super secretas, pero que hay una empresa especialista en previsiones de este tipo, y que los tres especímenes anunciados más arriba tienen números en esta rifa.

Está claro: el mundo se va a la mierda.

Históricamente el premio tiene su colección de manchurrones. Arafat y Carter eran unos elementos bastantes discutibles. Gandhi murió sin oler un reconocimiento para el que Mussolini, Hitler y Stalin fueron aspirantes. Pero eso fue hace años y se supone que la humanidad debería avanzar.

Debería.

De repente, no le he visto gracia ninguna al chiste. El que ha publicado semejante tontería juega con nuestros sentimientos, porque el Nobel de la Paz es de esos últimos resquicios de esperanza que abrazamos los que aún creemos que hay gente buena: Mandela, Luther King, Rigoberta, esa Malala que me emociona solo con leer su nombre. Personas cuya lucha por mejorar nuestro entorno va mucho más allá de lo humanamente exigible. Ellos son mejores que nosotros. Y punto. Vellos como escarpias, emoción, ilusión: eso nos inspira el Nobel de la Paz cuando es merecido. Algo así como la imagen de Superman alzando el vuelo tras haber salvado a doscientos niños de un autobús que colgaba del Golden Gate. Seguimos necesitando superhéroes.

El viernes (hoy para el lector) se anuncia quién es el ganador. El que lee espero que ya esté tranquilo porque finalmente el premio haya recaído en alguna de esas personas que provocan una sonrisa, un erizamiento de vellos, un Hay gente buena en el mundo. Pero la que escribe lo hace el jueves, con una mezcla de confianza en esos suecos tan listos, tan organizados y tan Lagom, y el temor que provoca haber visto mucha majaronería en lo que va de vida. Porque ojalá Trump se quede sin Nobel, pero a ver quién era el guapo que veía a Míster Zanahorio como presi y ahí está: manchando de porquería naranja todo lo que toca. Qué angustia de tío.

Y me viene a la mente, sin buscarlo, Irene Villa con su chorreo de claridad e inteligencia. Con ese perdón inalcanzable para el común de los mortales. Eduardo Collazo y el equipo de científicos que, desde el IdiPAZ, se deja las neuronas cada día en la búsqueda de una solución para la metástasis. Mi amiga Marisa, que lo mismo acoge un perrito y le busca hogar, que recauda dinero para un orfanato en Perú, o consigue viviendas para familias sin recursos. Ella y su marido pasaron su luna de miel en la India, no de vacaciones, sino cuidando enfermos. El doctor Oyola, ya jubilado, que atendía a sus pacientes a cambio de sandías y melones, cuando no tenían nada más que darle. Todos esos que renuncian a la comodidad del denominado primer mundo para salvar vidas por las que muchos no dan ni un duro, literalmente.

Señores del Time, dejen las porras para el fútbol, y el respeto para los que intentan hacer de este, un mundo mejor.