Meghan Markle radiante en el día de su boda

Meghan Markle radiante en el día de su boda

Columnas LA IMAGEN DE LA SEMANA

Bodas, divorcios e hipotecas

La boda del Príncipe Harry y Meghan Markle fija un canon a partir del cual examinar las otras tres grandes coyundas de la semana.

Ponemos el foco en el reencuentro privado de Rajoy y Rivera, en el acto de toma de posesión de Quim Torra como president de la Generalitat y en la unión de la pareja Iglesias-Montero con su hipoteca bancaria.

Si la boda de Enrique de Inglaterra con Meghan de Hollywood viene a ser el summum de lo que las abuelas han considerado siempre “casarse bien”, el último encuentro entre el presidente del Gobierno y el líder de Cs pone de manifiesto que lo suyo fue un matrimonio de conveniencia ahora en flagrante proceso de ruptura.

Si la explosión de pamelas y diseños bajo las altísimas y majestuosas bóvedas de la capilla de San Jorge, en Windsor, establece la concepción más sofisticada posible de la fastuosidad, la contención premeditada de Quim Torra con motivo de su ascensión a la cúspide de la Generalitat ha conferido a la ceremonia de toma de posesión del cargo un toque funerario -y un punto edípico- hasta ahora desconocido.  

Y si el enlace de Harry y Meghan materializa el cuento de hadas más recurrente del patriarcado capitalista, la compra de un casoplón de lujo en Galapagar por Pablo e Irene confronta el sueño de la revolución con los vicios, defectos y fracasos del comunismo: el vicio del cinismo, el defecto de la moralina y el fiasco de la contradicción.

Ver a Harry y Meghan surte el placer indolente de las bromas y los chascarrillos, del tipo “¡Pues sí que está buena Amal Clooney!”, o “¡Qué tostón de ceremonia, yo esperaría en el bar que hay al lado de toda iglesia que se precie!”. Frivolidades.

Sin embargo, ver a Rivera de la mano de Rajoy genera el recelo que despiertan las parejas con acusada diferencia de edad; ver a Quim Torra rendir pleitesía constante a Puigdemont produce el aire viciado que antecede a la traición; y ver a Irene y Pablo excusar su aburguesamiento genera el estupor irritante que produce la hipocresía flagrante.