Reconozco que las noticias que me dispongo a comentar esta semana son absurdas, ridículas, improbables, pero en ningún caso falsas. Tengo la intención de ceñirme a lo publicado en diversos periódicos digitales, aunque corra el riesgo de que me imaginéis como un ser fantasioso y excéntrico, parecido a Pippi Långstrump, la Calzaslargas sueca de toda la vida. Juro que ni voy por ahí con las coletas tiesas, ni nunca tuve uncaballo de lunares en medio del salón, pero debo admitir que de pequeña tuve un mono como el señor Nilsson. Y que me encantaban también las aventuras de La Abeja Maya.

¿Pippi, la Abeja Maya? ¿Y qué tendrán que ver las series infantiles con el sexo?, podéis estar pensando con razón en este instante. Pues algo. O mucho. Y si no, que se lo pregunten al tropel de madres indignadas que, lideradas por una de ellas, la de vista más fina, han conseguido eliminar de la programación de Netflix el episodio 35 de estos clásicos dibujos animados de una abeja y sus amiguitos.

Las celosas matriarcas afirman, ¡oh, cielos!, que sobre una piedra del fondo de la escena se reconoce el dibujo de un pene, justo detrás del inocente himenóptero rayado que nunca picó ni a una mosca. ¿En serio? ¡En serio! Lo mejor de todo es que no es una alucinación de una madre falta de sueño, no. El caso es que tiene razón, allí se aprecia claramente un falo pintado a la manera rupestre de esos grafitis obscenos de los retretes de carretera. La productora no se explica cómo ha podido suceder, mientras el todavía anónimo dibujante que hizo la broma (bastante habitual en la historia de la animación) debe de estar muriéndose de la risa, si es que vive aún, mientras evoca aquella tonada sicalíptica de En un país multicoloooor... nació una abeja bajo el soooool. En todo caso, ya pasaron demasiados años para que le despidan.

Al mismo tiempo, salta la nueva de que Leticia Sabater -sí, sí, otra de toda la vida que alguna vez también se ha exhibido con coletas tiesas en los programas infantiles- será la imagen de la próxima edición del Salón Erótico de Barcelona. Nada malo hay en ello, pero hay que ver la de vueltas que da la vida. Y pensar que mi hijo merendaba todas las tardes con ella, en sentido metafórico, ni que decir tiene. Leticia, con ce plebeya, se explayará en el SEB cantando La salchipapa y El pepinazo, dos nutritivos éxitos que hacen sombra a los más celebrados lieder de Schubert. Y encima lo hará rodeada de boys a los que imagino dotados de buenos títulos de su repertorio. Afirma, eso sí, que no participará en ninguno de los espectáculos pornográficos programados, ya que se encuentra en un momento tan casto que no quiere cruzarse con una verga ni en horario infantil.

Por si fuera poco, según ha contado en Sálvame Deluxe, alguien publicó su número de teléfono en Forocoches, ese auténtico órgano de referencia en el ámbito de las Humanidades Digitales. La bromita ha provocado que reciba cientos de mensajes poco delicados y fotos obscenas, situación chocante hasta el trauma que no sólo ha agravado su estrabismo, sino que tiene como más terrible efecto que a Leticia ahora ya no le pongan las salchichas, ni siquiera las anacondas. Se ha hecho vegetariana. Toma, toma pepinaso... y me lo como yo, yo, yo.

Pues tan ricamente, yo me apunto. Nada hay más saludable que una buena ensalada de pepinos. Y si no puedo con todos, me pondré los que sobren en la cara, para el cutis, mientras miro y remiro a cámara lenta El Rey León. Dicen que hay tesoros ocultos en la sabana.