Herodoto nos cuenta cómo el tirano Pisístrato accedió por primera vez al poder en Atenas en el año 561 antes de Cristo. "Se hirió a sí mismo e hirió a sus mulas, presentándose en su carro en el centro de la ciudad, pretendiendo haber huido de los enemigos que habrían intentado matarle en las afueras".
Los atenienses "completamente engañados por Pisístrato" le concedieron una guardia armada con bastones. Y a bastonazos se hizo con el control de la ciudad, proclamándose paladín de los humildes.
Acababa de inventar el victimismo como estrategia para embaucar al pueblo en su doble dimensión: la exhibición del sufrimiento por la causa y la invención del daño sufrido.
De Julio César a Cosme de Médici, de Napoleón a Perón, los manipuladores del agravio imaginado han arrastrado a las masas. Alguno, como Robespierre, fue víctima de su propio victimismo.
Me salto a Hitler y Stalin para no mezclar la demagogia con el asesinato en masa. Pero a medida que nos aproximamos a Sánchez hay figuras contemporáneas como Berlusconi o Cristina Kirchner que se le asemejan como gotas de agua.
También a ellos les perseguía la prensa, la Justicia o el 'Estado Profundo'. Los denuestos de 'Il Cavaliere' contra las "toghe rosse" preludian los de Sánchez y los suyos contra las "salvajadas" del Tribunal Supremo y los "lobos solitarios" que dicen que les disparan con el Código Penal.
Al menos en nuestro caso lo harían de uno en uno; porque la 'Evita' del siglo XXI tildó de "pelotón de fusilamiento" al tribunal que debía juzgarla por corrupción. Fue ella la que acuñó la doctrina del lawfare a la que enseguida se apuntaron otros vecinos ideológicos como Correa o el propio Lula cuando fueron condenados.
En la democracia española el victimismo parecía el predio de los separatistas, la coartada incluso para el terrorismo y el golpismo, hasta que llegó Sánchez.
El 1 de octubre de 2016 asistimos a su primera gran representación 'pisistrátida' cuando, derrotado en el Comité Federal, tras fracasar su 'pucherazo de la urna detrás de la cortina', tuvo que dimitir como Secretario General.
Entonces, "con el corazón encogido", enseñó las heridas que él mismo se había causado al radicalizar al PSOE. "Yo sólo he querido servir a mi partido... Así lo he sentido y así lo he sufrido".
Entrevistado por Évole, señaló al presidente de Telefónica, a dos bancos y a la línea "abusiva e insultante" del entonces felipista grupo Prisa como corresponsables de su caída. Querían que hubiera "un Gobierno conservador" y su "no es no" lo impedía.
De Pisístrato a Sánchez.
Eran las bases para el retorno triunfal en las primarias financiadas por su suegro, con el falso Peugeot en danza y Koldo vigilando los avales. El guión de su 'Manual de Resistencia' estaba servido.
El mito del "Gobierno progresista de coalición" con los extremistas de Podemos y el apoyo de los golpistas reaccionarios de Junts y los filoetarras de Bildu, también.
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Ya durante la pandemia, afloraron nuevos síntomas de lo que terminaría siendo una impostura victimista aguda. Recuérdese que, en abril del 20, en pleno confinamiento, el Jefe de Estado Mayor de la Guardia Civil admitió que tenía el encargo de "minimizar el clima contrario a la gestión del Gobierno".
Y resultó que, para cumplir esa tarea, había ordenado detectar "campañas de desinformación, bulos y fake news" que pudieran generar "desafección al Gobierno".
Todo un precedente de los cinco días de reflexión y la gran campaña contra la "máquina del fango" de cuatro años después.
En el intervalo, el pacto del PSOE con Junts, fruto del trueque de la investidura por la amnistía, ya incluía el lawfare. Y el compromiso de crear comisiones de investigación sobre el atentado de las Ramblas y la llamada 'Operación Cataluña'.
Se trataba de invertir los roles para presentar a los condenados por sedición como víctimas de las cloacas del Estado.
Seis meses después, tras admitirse la querella de Manos Limpias contra Begoña Gómez llega la 'Carta a la Ciudadanía'. Sánchez denuncia una "operación de acoso y derribo por tierra, mar y aire", rayana con el martirio: "Los ataques que sufro no son a mi persona sino a lo que represento".
Por eso se pregunta "si merece la pena" seguir sacrificándose por sus ideales.
La realidad es que, mientras él hace como que "reflexiona", en Ferraz y Moncloa se monta la 'guerra sucia' de la 'Fontanera' contra policías, jueces, fiscales y periodistas.
Tras la farsa del "he decidido seguir" comienza el delirium tremens contra la prensa crítica: "Me niego a llamarlos medios de comunicación", proclama Sánchez en la TVE que está a punto de asaltar. "Son pseudomedios porque son digitales (sic), son páginas web que lo único que hacen es propagar el fango".
La realidad es que, mientras él (Sánchez) hace como que "reflexiona", en Ferraz y Moncloa se monta la 'guerra sucia' de la 'Fontanera' contra policías, jueces, fiscales y periodistas.
La herida no se exhibe como terapia, sino como factura pendiente de cobro.
Al mes siguiente Milei llama "corrupta" a la ya investigada por corrupción Begoña Gómez y el Gobierno retira a la embajadora de Buenos Aires. Según Albares, se trata de un "ataque frontal a nuestra democracia, nuestras instituciones y a la propia España".
Ya llegaremos a ello, pero no se le ha oído nada remotamente parecido a propósito de Ceuta.
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Con prácticamente las mismas palabras —"atacan abiertamente a nuestras instituciones"— el propio Sánchez se declara agredido por Elon Musk y los que llama "tecnoligarcas". Y por supuesto por Trump y Netanyahu.
Enseguida resulta que también es víctima de Ábalos y Santos Cerdán por engañarle y abusar de su confianza, sin por supuesto considerarse responsable de haberles elegido y no vigilado.
Y también es víctima de Felipe González, Emiliano García-Page y cuantos le critican en el PSOE, haciéndole -según él- el juego a la extrema derecha.
Y, por supuesto, es víctima de las docenas de jueces de distintos tribunales y lugares que han intervenido en los sumarios contra su fiscal general, su hermano, su mujer o su amigo Zapatero. Y de cuantos bloquearon su amnistía y ahora bloquean su prevaricadora 'ley de nietos'.
Todo se reduce, a que hay "jueces salvapatrias" cuyo empeño es "derrocar a este Gobierno". Así lo ha verbalizado, enseñando las uñas, su petauro del azúcar Óscar López.
Pobre presidente. Cuando apalearon una piñata con su efigie, denunció ante el juzgado una "apelación directa", una "invitación real" para asesinarle.
Cuando en Paiporta voló un palo sobre su cabeza y algunos vecinos frustrados golpearon su automóvil, proclamó que había sido atacado por "grupos ultras perfectamente organizados".
Los mismos que al parecer le siguen por toda España con la consigna de abuchearle allí donde aparezca.
Pobre presidente, todo el día teniendo que soportar a una prensa que trata de "deshumanizarle" y resulta que "son las cinco de la tarde" y todavía no ha "comido".
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Con estos antecedentes quejumbrosos, la invasión de Ceuta era el marco perfecto para que Sánchez hubiera dado sincera rienda suelta a su victimismo. Porque esta vez la agresión era real y brutal.
El 31 de julio él mismo la identificó con precisión como una "violación de la integridad territorial de España". Dirigida por lo tanto contra todos los españoles en general y contra él en particular como jefe del Ejecutivo.
Pero Sánchez nunca más volvió a decirlo. Sin duda porque implicaba lo obvio: culpabilizar a Marruecos. En lugar de hacerlo se fue de vacaciones, reivindicando su "derecho al descanso", y apagó el interruptor del victimismo.
El 31 de julio él mismo (Sánchez) la identificó con precisión como una "violación de la integridad territorial de España". (...) Pero Sánchez nunca más volvió a decirlo. Sin duda porque implicaba lo obvio: culpabilizar a Marruecos.
La oscuridad política se apoderó de Ceuta.
Cuando un mes después volvió a encender ese interruptor, el agresor no era ni Mohammed VI, ni ninguno de sus tres ministros que reivindicaban la soberanía de Ceuta, ni los servicios secretos de Rabat, ni la gendarmería que, según el informe de la Comisaría de Extranjería, había "guiado" a los invasores.
No, Sánchez volvía a ser la víctima, pero "de las mafias que trafican con personas" y de "las redes sociales asociadas tanto a Rusia como a Israel y a una internacional ultraderechista" tras la que siempre aparece Trump.
Cincuenta días después de la invasión, Sánchez no ha sido capaz de identificar ni a uno sólo de los jefes o siquiera miembros de esas mafias y redes como promotores, organizadores o ejecutores de la mayor avalancha en menos tiempo por una frontera tan angosta, en toda la historia de la humanidad.
Entre tanto, Marruecos acaba de elevar a rango de embajada sus relaciones con Israel bajo la bendición y patronazgo de Estados Unidos. Lo que implica el más difícil todavía: ser víctima de Tel Aviv y Washington, pero no de Rabat.
Pero, claro, Sánchez y los suyos ya han endosado la culpa de la situación en Ceuta a Feijóo, Abascal, la juez Tardón y al mismísimo Juan Jesús Vivas que no está teniendo la delicadeza de instalar a un invasor con cada familia ceutí y a un menor con derecho de arrastre por reagrupación familiar en cada municipio de la península.
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Acreditada así durante más de una década la impostura del agravio, la farsa del victimismo, la explosiva mezcla de desquicie y de nequicia en la que ha desembocado Sánchez, el daño enorme que su gobierno está produciendo a España, volvemos a la recurrente pregunta de cómo es posible que este PSOE conserve una intención de voto superior al 25%.
Y volvemos a Herodoto. Cuenta el padre de la Historia que cuando Pisístrato preparaba sus tretas para hacerse con el poder en Atenas consultó con un oráculo. La respuesta fue el mejor estímulo a su ambición y empeño:
"La red ha sido tendida y la trampa está abierta. Los atunes se encaminarán hacia ella durante la noche a la luz de la luna".
En los veintiséis siglos transcurridos nunca otro cronista, columnista o tertuliano ha llamado, que yo sepa, "atunes" a los seguidores o votantes de un político oportunista. Pero la ocurrencia del oráculo de Herodoto me facilita cumplir mi promesa del domingo pasado: explicar el efecto de la vasopresina en la polarización política que padecemos.
Hablamos de una hormona segregada en el hipotálamo con efectos fisiológicos benéficos como la hidratación o la presión arterial. Pero también de un neuromodulador de la conducta social que favorece la cohesión tribal.
En concreto, la vasopresina estimula la dualidad neurológica del tend and defend británico: cuida de los tuyos, defiéndete de los extraños. Algo así como la bioquímica de la lealtad grupal.
Ese impulso que tiende a justificar o soslayar conductas de los tuyos que jamás perdonarías en los demás.
La culpa no se admite ni se expía. Se metaboliza. Yo conozco a quien lo hace y, por mucho que me haya enfrentado a tirios y troyanos, habrá quienes piensen lo mismo de mí.
Conste que no estoy alegando que esta exacerbación del tribalismo, en grado cainita, sea una particularidad española. Todos vemos lo que ocurre alrededor.
Tampoco digo que este signo global de nuestro tiempo proceda de la hipertrofia de ninguna glándula o del superávit de ninguna molécula.
Mi argumento es que las condiciones ambientales contienen, o en nuestro caso amplifican, las peculiaridades del "fuste torcido" de la condición humana.
Cuando un proyecto de gobierno se sintetiza en el levantamiento de un muro, es razonable pensar que su arquitecto recurre a la vasopresina —o la oxitocina, de efectos similares— como sus materiales básicos. Y lo hace a tontas y a locas. Sin tan siquiera tropezar en una piedra en forma de escrúpulo.
En definitiva, se trata de levantar una pared inaccesible e impermeable para que quien se instale en un lado se sienta a salvo de quienes se queden en el otro.
La fidelidad en Vox está por encima del 80%, en el PP oscila en torno al 75% y en el PSOE no deja de caer y queda, según todos los sondeos, por debajo del 70%, camino del 65.
El problema de Sánchez es que, aunque el suelo parezca firme, día tras día se resienten sus cimientos. Toda la izquierda se refugia tras su muro, frente al reproche del resto del electorado, pero el PSOE es ya el partido grande que con menos eficacia estimula la vasopresina de sus votantes.
La fidelidad en Vox está por encima del 80%, en el PP oscila en torno al 75% y en el PSOE no deja de caer y queda, según todos los sondeos, por debajo del 70%, camino del 65.
A pesar de ello la "polarización afectiva" sigue acrecentándose en España. El concepto fue acuñado antes de las pasadas elecciones por el politólogo Mariano Torcal en su libro De votantes a hooligans. Los hechos le están dando desgraciadamente la razón: no es que los españoles sean más extremistas, sino que sienten mayor fobia hacia lo que rechazan.
Coincido con el autor en que se trata de un fenómeno fomentado por las élites y nadie está libre de pecado. Pero es obvio que la mayor responsabilidad de esta escalada reside en quien gobierna con medidas y modales que de facto han dejado la democracia en suspenso.
¿Cómo resumir si no la evaporación del concepto de responsabilidad política —apagón, Adamuz, Ceuta—, la no presentación de Presupuestos tres años consecutivos, la manipulación que ejercen el CIS y TVE o los constantes ataques a los jueces?
La indignación airada de la oposición ante este estado de cosas es el cebo con el que Sánchez alimenta la caña del victimismo. Su artilugio para seguir pescando "atunes" en los caladeros del fanatismo y la ignorancia.
Dos segmentos desgraciadamente nutridos por aquellas personas que, como decía Herodoto de los ‘"atunes" de Pisístrato, "reciben mejor la tiranía que la libertad".