De ideologías y bibliotecas

De ideologías y bibliotecas Lola Gómez Redondo

La tribuna

De ideologías y bibliotecas

José Blasco del Álamo

Cuenta George Prochnik en su espléndido ensayo El exilio imposible que las palabras "dureza" y "fortaleza" aparecen doscientas veces en Mi lucha, de Hitler; mientras que en la autobiografía de Stefan Zweig la palabra más repetida quizá sea "libertad" (y "cultura", añadiría yo).

Los nazis clavaban libros en la picota y luego los quemaban; Zweig los coleccionaba en distintos idiomas con una pasión que hizo que Max Brod se emocionara cuando visitó su piso de soltero en Viena. Hitler quiso conquistar Europa militarmente; Stefan humanísticamente. Venció la dureza, la fortaleza, pues Zweig, exiliado, apátrida, acabó suicidándose con Veronal junto a su segunda mujer.

En la antigua Roma, Cicerón (que anhelaba una biblioteca desde la que se viera un jardín) apoyaba una república ilustrada. Marco Antonio, por el contrario, creía en la dictadura. Como uno de los primeros defensores de la libertad de expresión, en las Filípicas criticó duramente al militar romano, que acabaría ordenando que le cortasen la cabeza y las manos.

Un admirador de Cicerón, Erasmo, creía en el progreso de la humanidad mediante la educación y la cultura. A los veintiún años ingresó en el convento de los agustinos de Steyn, no por vocación religiosa sino porque allí se encontraba una de las mejores bibliotecas clásicas. Pero en su camino se cruzó un fraile agustino fanático: Martín Lutero. Uno quería reformar la Iglesia volviendo a la esencia de Cristo; el otro revolucionarla. Vencieron los revolucionarios, saqueando iglesias, quemando libros.

Hace un siglo recorrían Andalucía "los apóstoles de la idea", anarquistas utópicos que ni fumaban ni bebían. Hablaban de la necesidad de aprender, fomentar la lectura, la ética personal. Para mejorar el mundo primero debían mejorar ellos mismos, eliminando los vicios, como hace el escardador con las hierbas parásitas. La lluvia no dependía del campesino, la ignorancia sí. Querían que sintieran la vergüenza de saber que su nombre estaba en el censo junto a la frase: "No sabe leer ni escribir". "Los apóstoles de la idea" repetían este discurso por pueblos y aldeas, incluso en las gañanías de los cortijos donde trabajaban, por las noches, junto a un candil.

En medio del páramo siempre quedará la senda de ser autodidacta

Sin embargo, la palabra "anarquía" va unida inevitablemente a violencia y asesinatos. Luchar contra el fanatismo es propio de héroes, sobre todo si tu única arma es la cultura. Los fanáticos perturban las mentes; pueden alterar el propio significado de la palabra "fanático": el Tercer Reich lo transformó en un término positivo, disfrazándolo de valor y devoción. Pero como los árboles muertos, que siguen clavados en la tierra mientras algunas de sus raíces echan retoños, Cicerón fue un espejo en el que siglos después se miraron los humanistas; Erasmo el faro que guió a librepensadores, ilustrados y enciclopedistas; la sobrina de la segunda esposa de Zweig (hoy una anciana de ochenta y cuatro años que destaca lo exigente que era Stefan como educador) fue una de las primeras mujeres que estudió en la Facultad de Medicina del London Hospital; muertos "los apóstoles de la idea", grupos de campesinos leían en el campo o en los caseríos mientras otros anarquistas fundaban bibliotecas en los ateneos libertarios.

Si Rilke tenía razón y la verdadera patria de un hombre es la infancia, habrá que buscar en la bandera de esa patria —la educación— el porqué de nuestro comportamiento adulto: el niño Adolf y el niño Stefan recibieron la misma enseñanza escolar, basada en la falta de estímulo intelectual, el militarismo nacionalista y la represión sexual. Pero los profesores de Adolf decían que no tenía deseos de trabajar, mientras que Stefan tenía fiebre de saber; Adolf no acabó la educación secundaria, Stefan leía hasta la madrugada. El adolescente Adolf era displicente y solo leía obras de mitología alemana; el adolescente Stefan sacaba toda clase de libros de todas las bibliotecas públicas.

Ya en Viena, Adolf sobrevivía barriendo la nieve y cargando maletas en la estación de trenes; Stefan se manifestaba para que no derribaran la casa donde murió Beethoven. Adolf Hitler lideraba un ejército que ya llegaba hasta Oriente Medio y Asia; angustiado en Brasil, Stefan Zweig (que no podía borrar de su cabeza la bandera con la cruz gamada colgando de la torre Eiffel) le preguntaba a una amiga si los nazis llegarían a Sudamérica. Setenta y cinco años después, en Alemania está prohibida la difusión de símbolos nazis; setenta y cinco años después El mundo de ayer, la autobiografía de Zweig, se enseña en los colegios austriacos.

Cuando le preguntaron a Pérez-Reverte cuál era su ideología respondió: "Yo no tengo ideología, tengo biblioteca". Eso es lo que necesitamos en España: menos ideologías y más bibliotecas, menos rojos y azules y más Rojo y Negro. El problema es que nos parecemos a la Viena de El mundo de ayer en lo malo (un sistema educativo deficiente que nos hace estar en la trastienda europea), y no en lo bueno (nuestras calles no están "pavimentadas con cultura"). El esfuerzo no se valora, intenta igualarse por abajo, nos gobiernan o decidimos que nos gobiernen indigentes intelectuales, una revista porno paga el 4% de IVA y una compañía teatral el 21%, para seducir a las masas no hace falta ilustración sino eslóganes, los faros que guían a la juventud son los futbolistas y las princesas del pueblo barriobajeras que se vanaglorian de su incultura (la ignorancia y el orgullo españoles de los que hablaba Ángel Ganivet); una juventud que dedica su tiempo libre a las nuevas tecnologías y no a la lectura (solo les sacia lo inmediato, superficial y rápido, no la pausa y el esfuerzo imaginativo que necesita todo conocimiento profundo).

Y si buscamos nuevos referentes políticos, vemos que la esperanza de las masas es un profeta con coleta que pertenece a la casta universitaria, un joven que está un peldaño por debajo de los fanáticos: es un sectario, un dogmático, enarbolando banderas con el retrato de un tirano —Lenin, a quien algunos deben de confundir con el cantante de los Beatles—. Y asegura que el cielo no se toma por consenso, sino por asalto (de nuevo la dureza quiere imponerse a la cultura). Si al menos se refiriera al cielo de Borges, que lo imaginó como algún tipo de biblioteca.

En medio del páramo siempre quedará la senda que eligieron Blanco White y Larra: ser autodidacta. Y si algún día el pueblo español decide reformar en vez de revolucionar, leer lo que dice el Discurso preliminar de la Constitución de 1812: "El Estado, no menos que de soldados que le defiendan, necesita de ciudadanos que ilustren a la Nación, y promuevan su felicidad con todo género de luces y conocimientos".

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