Alumnos durante la realización de un examen en un aula.

Alumnos durante la realización de un examen en un aula. Alberto Estévez EFE

Observatorio de la Educación

Las leyes educativas de España deben basarse en la evidencia científica

El desplome educativo español exige abandonar la ideología y fundamentar currículos, políticas y prácticas docentes en evidencias empíricas.

Francisco López Rupérez
Publicada

Los recientes resultados de la edición de PISA 2025 han supuesto para la opinión pública española un auténtico shock, pues no solo sus cifras alcanzan un mínimo absoluto en la serie histórica de las ocho ediciones de esta evaluación internacional a gran escala, sino que, además, duplican la magnitud de la caída observada entre 2022 y 2025 para la media de los países de la OCDE.

Hay, pues, una parte importante de esa caída que no puede ser atribuida a una corriente internacional, sino que se trata de algo específico de España.

En los análisis e interpretaciones vertidos por diferentes medios de comunicación, no ha faltado la referencia a la orientación ideológica de los currículos como un elemento causal. Lo cierto es que, de acuerdo con la evidencia disponible, la calidad del currículo es el factor explicativo de los resultados de los alumnos más importante después de la calidad del profesorado.

Dicho fenómeno, aunque afecte especialmente a España cuyas leyes educativas "progresistas" han estado cargadas de ideología, constituye algo a lo que es proclive la Educación.

La calidad del currículo es el factor explicativo de los resultados de los alumnos más importante después de la calidad del profesorado

Como advierten Burns & Köster (2016), "la Educación es un campo con unas creencias a priori fuertes, intensamente vinculadas a nuestras identidades y a nuestras experiencias (…) que producen opiniones sobre lo que funciona y lo que no, no alineadas con los hallazgos de la investigación".

Esta tendencia espontánea de la Educación es en parte consecuencia de la debilidad de su estatuto epistemológico que no ha asumido suficientemente el pensamiento científico, ni ha progresado con convicción hacia su consolidación como ciencia.

Pero a esta circunstancia, se ha sumado el auge del pensamiento postmoderno, con el cuestionamiento de la verdad, la exaltación de las emociones, la legitimidad de opiniones contrarias a las evidencias o la defensa de los hechos alternativos.

En este contexto, se hace imprescindible invocar el papel de las evidencias empíricas como fundamento cierto de esa mejora de la Educación que nuestros niños, adolescentes y jóvenes se merecen y que nuestra sociedad entera necesita.

Hay dos argumentos que deben ser considerados a la hora de invocar las evidencias como instrumentos de progreso de la educación: uno de carácter epistemológico y otro de naturaleza deontológica.

El argumento epistemológico es bastante evidente si se mira hacia otras disciplinas próximas que no solo poseen una dimensión teórica o conceptual, sino también otra aplicada. Y es que esta dimensión concreta del conocimiento educativo afecta a la vida de los individuos, a su presente y a su futuro, a lo que son y a lo que serán como personas, al papel que desempeñarán en la vida social y, por agregación, a la configuración de la propia sociedad: a su cohesión, a su nivel de desarrollo humano y a su grado de prosperidad.

Desde esta perspectiva, cabe traer a colación el mensaje del norteamericano Wing Institute cuando afirma, "Las políticas y las prácticas basadas en evidencias son esenciales para un sistema educativo eficaz que sea capaz de enfrentarse a los múltiples desafíos que acechan a nuestra nación. La ciencia es el mejor método para identificar políticas y prácticas cruciales que pueden revertir las tendencias de los últimos treinta años y que se han traducido en una disminución del rendimiento de los estudiantes. Además, la ciencia ofrece la mejor oportunidad de producir cambios de manera adecuada para satisfacer las necesidades de la próxima generación de estudiantes".

La Medicina, aún a pesar de las reconocidas diferencias que presenta con respecto a la Educación, ofrece posibilidades para el análisis comparado francamente interesantes.

La evolución de la Ciencia médica ha seguido, en lo esencial, el itinerario de las ciencias fundamentales, en cuanto que se ha ido alejando de un estadio primitivo y simple de arte, preñado de influencias procedentes de mitos, supersticiones, tradiciones, discursos y creencias, para abrazar un credo epistemológico –entendido aquí como relativo a las relaciones entre conocimiento y realidad– que se proyecta en una metodología propiamente científica.

De este modo, la Ciencia médica se ha beneficiado de una corriente acumulativa de descubrimientos, de avances y de progreso, abandonando aquellos supuestos que en cada momento han devenido obsoletos. Ello no significa en modo alguno que la práctica clínica no preserve aún su dimensión de arte como "forma personalizada de proporcionar a cada enfermo el trato más humano". Pero, en pleno siglo XXI, la Medicina es indiscutiblemente ciencia y no hay ninguna razón de base por la cual este esquema bidimensional –ciencia & arte– no deba ser aplicado, asimismo, a la Educación.

Pero, junto con estos planteamientos epistemológicos que nos abocan a la eficacia de la acción educativa, existen requerimientos puramente éticos o deontológicos de la práctica docente, de las políticas educativas y de sus doctrinas inspiradoras.

En este punto resulta imprescindible volver de nuevo la mirada a la Medicina, para recordar que la filosofía hipocrática y su famoso juramento –resumido en la sentencia "No llevar otro propósito que el bien y la salud de los enfermos", que se complementa con el dictum: "Primum non nocere", lo primero es no hacer daño– han definido un compromiso deontológico dilatado en el tiempo y explícito para el acceso a la profesión.

Soy de los que piensan que dicho compromiso deontológico, de más de dos milenios y medio de antigüedad que acompaña desde entonces a la Medicina, ha constituido un elemento motor de ese cambio histórico que, en busca de las mejores herramientas racionales para curar a los enfermos, supuso, al hilo de la Revolución científica, el abrazar progresivamente el pensamiento científico.

Esos postulados no han fructificado en igual medida en la Educación, ni en el ámbito de las prácticas educativas ni mucho menos en el de las políticas que las condicionan.

En pleno siglo XXI, la Medicina es indiscutiblemente ciencia y no hay ninguna razón de base por la cual la Educación no deba serlo

Ha llegado, pues, el momento en España de que –exceptuando esos principios humanistas que son el fundamento de la civilización occidental– se abandonen las doctrinas de inspiración ideológica a la hora de fundamentar las leyes de educación, y se obvien, por parte del profesorado, aquellas innovaciones que carecen de un fundamento empírico suficiente como para asegurar primero su eficacia.

En tiempos de gran complejidad como los que vivimos, las políticas y las prácticas educativas han de estar basadas en el conocimiento consolidado y en la evidencia empírica. De otro modo, la Educación no podrá contribuir al desarrollo personal, económico y social que se espera de ella, sino que seguiremos avanzando en nuestro particular declive, perforando los suelos de PISA, con efectos deletéreos para nuestro futuro colectivo.

***Francisco López Rupérez es director de la Cátedra de Políticas Educativas de la Universidad Camilo José Cela y expresidente del Consejo Escolar del Estado.