Aparente calma en las calles de Teherán, un mes después de los disturbios que asolaron Irán.

Aparente calma en las calles de Teherán, un mes después de los disturbios que asolaron Irán.

Oriente Próximo

"¿Quién no ha perdido a un ser querido?": los iraníes se lamen las heridas un mes después de la represión de las protestas

El régimen reconoce haber masacrado en las protestas a más de 3.000 personas. Otras fuentes hablan del doble de víctimas.

Más información: Irán habla de "avances" en la negociación con EEUU pero descarta un acuerdo inminente y cierra el estrecho de Ormuz.

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Las claves

Un mes después de la represión de las protestas en Irán, la población sigue marcada por el dolor y la desesperanza, con más de 3.000 muertos reconocidos oficialmente.

Las protestas, originadas por la crisis económica y el colapso de la moneda local, se extendieron rápidamente y fueron duramente reprimidas por la Guardia Revolucionaria.

El régimen celebró el 47º aniversario de la Revolución Islámica con actos oficiales, mientras la sociedad iraní grita en privado su rechazo al liderazgo de Jamenei.

En paralelo, Estados Unidos e Irán mantienen negociaciones nucleares bajo gran tensión militar, con un importante despliegue de fuerzas en la región.

Es el octavo día de celebraciones. El régimen de los ayatolás conmemora los 47 años de la Revolución Islámica. El clima que se respira en la ciudad no es festivo: un mes después de los disturbios, el dolor, la rabia y la desesperanza se reflejan en el semblante de la gente.

Es fácil encontrar por la calle fotos o carteles de los desaparecidos durante la represión de la revuelta. La mayoría son rostros jóvenes: "¿Quién no ha perdido a un familiar o a un amigo?", declara un estudiante de 24 años a la BBC, uno de los pocos medios occidentales que han vuelto al país tras la revuelta. "Quizá un vecino, o el panadero del barrio... Este régimen tiene que caer", añade.

Las cifras oficiales reconocen más de 3.000 muertos durante los 15 días que duraron los disturbios. Otras fuentes hablan de cifras mayores, aunque es difícil comprobar la veracidad de las informaciones que llegaron a Occidente. Lo que es fácil de reconocer es que esta revuelta y, sobre todo, la crueldad con la que se ha sofocado, suponen un antes y un después en la memoria del pueblo persa.

Mientras tanto, los representantes de Estados Unidos y de la República Islámica de Irán se reúnen en Ginebra tratando de alcanzar un acuerdo de control nuclear. El contenido debería ser técnico: los norteamericanos pretenden limitar la capacidad militar iraní en un contexto de alta tensión en la región en el que Israel tiene mucho que decir, pero el impacto político es innegable.

El estilo de negociación de máximos del presidente Trump se ha convertido en costumbre. Para reforzar sus argumentos, ha enviado a la zona del Golfo Pérsico al Grupo de Choque Nº 3 del portaaviones nuclear USS Abraham Lincoln. Los iraníes han respondido desplegando una flota de bloqueo en el estrecho de Ormuz.

El portaaviones USS Gerald R. Ford en aguas del Mediterráneo.

El portaaviones USS Gerald R. Ford en aguas del Mediterráneo. Europa Press.

Por si fuera poco, la Marina de los Estados Unidos ha ordenado al grupo comandado por el USS Gerald R. Ford poner rumbo a la región. Se trata del portaaviones más moderno y poderoso de toda la flota. Cuando se una a los medios ya destacados, la potencia destructiva disponible será enorme.

En medio de semejante despliegue bélico, la segunda ronda de conversaciones nucleares parece dar sus primeros pasos. Son tímidos, aunque prometedores, y ambas delegaciones reconocen que se han logrado avances.

El pueblo iraní está expectante, aunque las noticias que reciben no se libran del sesgo patriótico y antioccidentalista que impone el régimen. No obstante, un buen resultado podría aliviar la situación de la población.

Parece claro que el clima interno del país persa juega a favor de la posición de la Administración Trump. La crisis interior no es política, es humanitaria, y occidente puede aflojar la soga que ahoga al régimen de los ayatolás y, sobre todo, a los iraníes.

El origen de las protestas

Las sanciones internacionales han arrastrado al país a una situación insostenible. En poco tiempo, la moneda local se ha devaluado a la mitad, pero la economía doméstica es la que se ha visto más afectada: según la organización Funds for ONG, el 80% de las familias iraníes se encuentran por debajo del nivel de pobreza.

El salario medio no llega a los 40 dólares mensuales y la inflación se ha disparado en los meses previos a la revuelta. El precio de los alimentos básicos ha subido un 60% desde el verano pasado y algunos productos, como la carne, se han convertido en un lujo que pocas familias se pueden permitir. La escasez ha vaciado las estanterías de los supermercados y muchos puestos del bazar de Teherán han tenido que echar el cierre.

Cronología de los disturbios

El pasado 28 de diciembre, los comerciantes decidieron salir a la calle para protestar por la pésima situación económica. Al día siguiente, Mohammad Reza Farzin, director del Banco Central Iraní, dimitió.

Era un sutil gesto de reconocimiento por parte del Gobierno de Teherán para acallar las protestas, pero no fue suficiente. El día 30, las manifestaciones se extendieron por todo el país y llegaron a las universidades.

El presidente Masud Pezeshkian se reunió ese día con una representación de los empresarios para escuchar sus demandas. "No escatimaremos esfuerzos para resolver los problemas", prometió.

Pero su compromiso no frenó el malestar: el día 31, las protestas en Fasa, al sur del país, alcanzaron una violencia inusitada y los manifestantes asaltaron la sede del gobernador hiriendo a varios policías.

El primer día del año 2026 la revuelta se extendió por todo el país y se reconocieron oficialmente las primeras muertes. Solo ese día, las autoridades informaron de siete víctimas, algunas de ellas entre la Guardia Revolucionaria.

El 2 de enero, el presidente Trump denunció en su red social que Irán "mata a manifestantes pacíficos" y amenazó al régimen con intervenir en apoyo a las protestas. Sus declaraciones agitaron el avispero y la revuelta se extendió a más de 100 localidades.

El día 3, el líder supremo iraní, Alí Jamenei anunció públicamente que los "alborotadores serán puestos en su sitio" y calificó a los muertos en los disturbios como "terroristas". Algunas fuentes señalaron que fue entonces cuando el Gobierno iraní dio la orden de abatir a los manifestantes.

El clímax se alcanzó pocos días después, cuando el príncipe heredero al trono, Reza Pahlavi, hizo un llamamiento desde el exilio para salir a las calles a derrocar al régimen de los ayatolás. La respuesta fue masiva y fuentes de inteligencia europeas informaron que hasta nueve millones de ciudadanos se manifestaron en contra del Gobierno.

El heredero al trono iraní, Reza Phalavi.

El heredero al trono iraní, Reza Phalavi. Europa Press.

El día 9, el acceso a internet se bloqueó. Irán quedó aislado. Se revocaron los visados a periodistas extranjeros y el mundo se quedó ciego y sordo a lo que estaba ocurriendo en el país. Apenas unos fragmentos de información se escaparon por canales clandestinos.

Por fin, el 21 de enero, Mohammad Movahedi Azad, Fiscal General, declaró a la agencia oficial Mizan News: "La insurrección ha concluido". Agradeció a la población por "extinguir" el levantamiento y señaló que las protestas habían sido sofocadas tras la represión severa.

Ese mismo día, el Consejo Supremo de Seguridad Nacional informó al parlamento de que la revuelta estaba sofocada y que el número de víctimas ascendía a 3.117, aunque fuentes no oficiales señalaron decenas de miles de muertos y detenidos.

No hay duda de la violencia empleada por la Guardia Revolucionaria en la represión de las protestas. El medio británico The Guardian publicó este martes un reportaje en exclusiva en el que se muestran las radiografías practicadas en un centro hospitalario a víctimas de los disturbios.

En ellas se aprecia "un patrón recurrente según el cual los disparos se dirigían a órganos vitales, como los ojos, el corazón y, en menor medida, la región genital". Es evidente que los miembros de las fuerzas de seguridad tenían órdenes expresas de disparar a matar o a mutilar a los manifestantes.

Desde finales de enero, las autoridades han facilitado el acceso limitado a los medios occidentales. Las primeras crónicas hablan de una aparente normalidad, aunque algunos comercios cerrados y las fotos de los desaparecidos son evidencias de que la herida es profunda: muchos iraníes buscan a sus muertos para sepultarlos.

El pasado 11 de febrero se celebró el 47º aniversario de la Revolución Islámica que derrocó al sha Reza Pahlavi. El régimen aprovechó la ocasión para llamar a sus partidarios a salir a las calles y mostrar su apoyo al régimen.

La noche de las celebraciones, con el trasfondo del ruido de los fuegos artificiales, los teheraníes, salvaguardados por la intimidad de sus hogares, gritaban con las ventanas abiertas: "¡Muerte al dictador! ¡Muerte a Jamenei!".

El día que las autoridades reabrieron el acceso a internet, muchos iraníes enviaron mensajes de voz a sus familiares en el exilio: "Todos estamos muy tristes: los simpatizantes del sha, porque no han conseguido que vuelva. Los seguidores del régimen, porque pueden perder el poder. Hasta los apáticos que no prestaban atención a la política", dice uno de ellos.

"La mayoría de los opositores han caído en las manifestaciones. Por todas partes se escuchan tambores de guerra que suenan cada vez más alto. Necesitamos gritar, pero algo aprieta nuestras gargantas", concluye.

Los iraníes, sumidos en el dolor y en la rabia, restañan sus heridas y esperan ver signos de debilidad que les indique que el régimen puede cambiar.