Oriente Próximo

Trump desvela en Davos su plan futurista para 'Nueva Gaza': un resort, centros de datos y miles de viviendas de lujo

El yerno del presidente, Jared Kushner, expuso a las élites económicas un plan que tiene muy poco de político y mucho de construcción inmobiliaria. Las cuestiones de cómo desarmar a Hamás o si Israel va a aceptar algo así siguen sin resolverse.

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Las claves

Donald Trump presentó en Davos un plan para reconstruir Gaza con resorts, centros de datos y miles de viviendas de lujo, enfocado en atraer inversores internacionales.

El proyecto busca crear 500.000 empleos y aumentar el PIB de Gaza a 10.000 millones de dólares para 2035, siguiendo el modelo de desarrollo de los países del Golfo.

La propuesta depende del desarme de Hamás y la formación de un gobierno provisional apoyado por Turquía y Catar, dejando de lado a la Autoridad Palestina y a Irán.

El plan genera dudas sobre su legitimidad, el futuro de los gazatíes y el papel de la ONU, y cuenta con el respaldo de países autocráticos, excluyendo a la mayoría de Europa Occidental.

Donald Trump y su equipo de política exterior —el secretario de Estado, Marco Rubio; el enviado especial, Steve Witkoff; y el empresario Jared Kushner— presentaron este jueves sus planes de reconstrucción para la Franja de Gaza en el marco del Foro Económico de Davos.

La importancia de la exposición era más empresarial —al fin y al cabo, intentaban "vender" el proyecto a los grandes inversores ahí reunidos— que puramente política, pero en el caso de Palestina, ambas cuestiones difícilmente pueden separarse.

Según Kushner, que fue el encargado de presentar el proyecto, el objetivo es convertir Gaza en algo muy parecido a lo que se puede ver en los emiratos y reinos árabes de Oriente Próximo.

La reconstrucción empezaría por Rafah, donde al parecer ya han empezado a recoger los escombros, e iría subiendo hacia Ciudad de Gaza, con la construcción de suficientes viviendas como para crear 500.000 nuevos puestos de trabajo y conseguir el 100% de ocupación, en supuesto beneficio de los palestinos.

Por supuesto, al igual que sucede en Dubái o en Catar o en Abu Dabi o en determinadas zonas de Arabia Saudí, el atractivo sería el lujo: resorts exclusivos con vistas al mar y construcciones futuristas que llamen la atención del potencial inversor.

Donald Trump sostiene el Estatuto firmado del Consejo de la Paz mientras participa en el anuncio de la carta constitutiva de su iniciativa del Consejo de la Paz.

Donald Trump sostiene el Estatuto firmado del Consejo de la Paz mientras participa en el anuncio de la carta constitutiva de su iniciativa del Consejo de la Paz. Jonathan Ernst Reuters

Si todo va bien, Kushner confía en que, para 2035, el PIB de Gaza esté en los 10.000 millones de dólares. En la actualidad, tras dos años y medio de guerra con Israel, no llega a los 500 millones, según las estimaciones de la UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, por sus siglas en inglés).

La misma UNCTAD, en su informe del pasado 25 de noviembre de 2025, afirmaba que la reconstrucción podía durar hasta 22 años, pero, según Kushner, "al ritmo de los países del Golfo, se puede hacer en dos o tres años".

Obvia Kushner intencionadamente cuáles son las condiciones de trabajo que hacen posible que se termine en dos años lo que en otro contexto exigiría veinte. En cualquier caso, hay que insistir, su intención era simplemente atraer inversión, que, al fin y al cabo, es lo que se dedica en su vida privada.

La cuestión de Hamás

Kushner explicó que, en un principio, se barajó la opción de dividir la Franja en dos: una parte, reconstruida, bajo el control de la llamada Junta de Paz, y otra, aún dominada por los terroristas de Hamás, pero que al final han decidido hacer un plan para todo el territorio.

Ahora bien, ¿qué pasa entonces con la banda islamista? Según Kushner, se han comprometido a entregar las armas —Trump lo aseguró también hace unos días, pero no hay constancia de ello— y cuentan con que cumplan con ese compromiso, que negociará el Gobierno interino de transición encabezado por el búlgaro Nikolai Mladenov.

"No hay Plan B", dejó claro Kushner, "si al final fracasamos será únicamente por la negativa de Hamás".

Diapositiva de la presentación de Kushner del proyecto de Nueva Gaza.

Diapositiva de la presentación de Kushner del proyecto de Nueva Gaza. Reuters

No parece una coyuntura cualquiera. Hamás domina la Franja desde la guerra civil de 2006 contra Fatah y la Autoridad Palestina. Su presencia permea toda la sociedad y todo órgano de control de la misma.

Es de entender que la Administración Trump confía en que, al incorporar a Turquía y a Catar, dos de sus patrocinadores, al Gobierno provisional de la Franja, estos convenzan a los terroristas de que entreguen las armas.

Se obvia a Irán y, sobre todo, se obvia a la propia Autoridad Palestina, quien, en principio, es el responsable legal del territorio.

El enfoque de la Casa Blanca viene a seguir los pasos dados en el primer mandato de Trump y que sirvieron para firmar los Acuerdos de Abraham, por los que se normalizaban las relaciones diplomáticas entre Israel, los Emiratos Árabes Unidos y Baréin.

En lugar de enredarse en la lucha entre israelíes y palestinos, el objetivo sería juntar fuerzas y poner el comercio por encima de las esencias. Otra cosa es cómo se vaya a vender eso a las opiniones públicas de estos países.

Las dudas de Netanyahu

Porque lo cierto es que, aunque se diga que el objetivo es que la Autoridad Palestina —una vez se "reforme"— se encargue del control de la Franja, está claro que el plan está pensado para inversores extranjeros que puedan hacerse con las viviendas de lujo y conviertan Gaza en su lugar de vacaciones.

Inversores que, en su gran mayoría, tiene pinta de que van a venir precisamente de los países del Golfo Pérsico y de Arabia Saudí. En qué estatus dejará eso a los gazatíes es imposible de saber.

Tampoco es que Israel esté dando saltos de alegría. No, al menos, su primer ministro Benjamin Netanyahu, quien es el que tiene que dar permiso para que entre la ayuda internacional y que siempre ha visto con enorme recelo todo progreso en las condiciones de vida de los palestinos.

Es verdad que Israel, junto a otros treinta y cuatro estados, entre ellos prácticamente la totalidad de los países árabes, apoya la Junta de Paz, pero la idea de que la Autoridad Palestina acabe gestionando tantos recursos no les atrae en absoluto.

Aparte, está la cuestión de la legitimidad. ¿Qué autoridad tiene la llamada Junta de Paz para tomar tantas decisiones y en nombre de quién?

Más allá del evidente deseo de invadir las competencias de la ONU para honor y gloria del propio Trump, será complicado convencer a los inversores de que gasten su dinero en unos proyectos que dependen de que una administración colocada a dedo por Estados Unidos y sus socios árabes convenza a los terroristas de que su lucha es absurda y, a la vez, venzan todos los miedos israelíes.

Europa no entra en el juego

El mundo árabe ha hecho de la independencia del pueblo palestino su gran bandera política durante casi ochenta años.

Hay una generación, encabezada por el príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed bin Salmán, y por el presidente de los Emiratos Árabes Unidos, Mohammed Bin Zayed —MBS y MBZ, en la jerga diplomática internacional— que cree que esa es una cuestión que hay que dejar atrás y que el futuro está en la colaboración con Israel y en la anexión por medios económicos y no militares de los territorios actualmente ocupados, aunque eso suponga dejar a los gazatíes en un limbo.

En términos geopolíticos, el hecho de que Trump esté impulsando una plataforma al margen de las Naciones Unidas y que cuente para ella con líderes sin ningún pedigrí democrático —los únicos países europeos que se han unido son la Hungría de Viktor Orbán y la Bielorrusia de Aleksandr Lukashenko— resulta preocupante.

Estamos ante, poco más o menos, una "internacional de los autócratas" con líderes como el argentino Javier Milei, cuyo único activo en la cuestión palestina es simplemente caerle bien a Trump.

El hecho de que los asientos permanentes en esta Junta, que no sabemos qué atribuciones se va a arrogar, se vendan al mejor postor ya lo dice todo de la intención humanista del proyecto.

Puede que sea el camino hacia la paz en Palestina, pero una paz basada en el dominio, o, como le gusta decir a Trump "una paz mediante la fuerza", lo que deja a las sociedades liberales un poquito más solas.