Pilotos ucranianos operan un interceptor tipo Sting con el que tratan de derribar un dron ruso en pleno vuelo cerca de la frontera, en la región de Kharkiv

Pilotos ucranianos operan un interceptor tipo Sting con el que tratan de derribar un dron ruso en pleno vuelo cerca de la frontera, en la región de Kharkiv María Senovilla.

Europa

24 horas en las trincheras con los interceptores ucranianos que pueden proteger los cielos de Europa de los drones rusos

Mientras Rusia perfecciona sus drones para que sean cada vez más letales, Ucrania sigue desarrollando nuevas contramedidas low cost para detenerlos.

EL ESPAÑOL se adentra en el frente de combate, cerca de la frontera rusa, para ver cómo funcionan.

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Las claves
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Los interceptores ucranianos Sting han revolucionado la defensa antiaérea, permitiendo neutralizar la mayoría de los drones rusos que atacan ciudades como Járkiv.

Estos dispositivos son mucho más económicos y precisos que otras opciones, con un coste de 1.500 euros frente a los 50.000 euros de los drones enemigos que logran derribar.

Las condiciones de vida de los pilotos en las trincheras son extremas, pero su labor es crucial y la efectividad de los interceptores depende del equipo humano que los prepara y opera.

La guerra de drones en Ucrania está marcando el futuro de la defensa militar europea, mientras otros países aún priorizan armamento tradicional sobre tecnologías no tripuladas.

Pasadas las siete de la mañana derriban su primer objetivo del día, un dron ruso Molnya que iba directo a la ciudad de Járkiv.

Los cuatro pilotos ucranianos, que trabajan con interceptores modelo Sting, lo celebran como si su equipo de fútbol hubiera marcado un gol: se abrazan, levantan los puños y se felicitan. Pero detrás de esa emoción está el alivio de saber que acaban de salvar vidas civiles.

Estamos muy cerca de la frontera con Rusia, y es una zona de paso para todo tipo de drones: de reconocimiento y también de ataque, como el que acaban de derribar.

“La mayoría se dirigen a Járkiv, pero también pueden ir a Poltava o a Kiev”, explica Zenya, uno de los pilotos ucranianos, que pertenecen a la Brigada Khartiia de la Guardia Nacional.

La aparición de los interceptores ha cambiado por completo la defensa de los cielos en Ucrania. También ha obligado a Rusia a cambiar la estrategia de sus ataques.

Antes la táctica del Kremlin consistía en saturar a las defensas antiaéreas ucranianas con enjambres de cientos shaheds (drones kamikaze capaces de portar hasta 90 kilos de explosivo).

Ahora esa táctica ya no es tan efectiva, porque los interceptores son capaces de neutralizar la mayoría de los enjambres. Y Vladímir Putin ha tenido que volver a emplear misiles de forma masiva para seguir destruyendo las ciudades ucranianas.

“La última línea de defensa empezó a utilizar interceptores hace menos de un año, y hemos conseguido mejorar significativamente la cifra de objetivos neutralizados”, continúa Zenya.

“Además, son mucho más baratos en comparación con otros proyectiles antiaéreos, y mucho más precisos que los grupos móviles de defensa”, añade el joven.

El coste de un Sting es de aproximadamente 1.500 euros, y es capaz de derribar un Shahed de 50.000 euros o incluso un dron de reconocimiento de varios cientos de miles.

Pero los interceptores no se utilizan sólo para detener los ataques contra las ciudades. También se han convertido en una contramedida fundamental para las tropas ucranianas en el frente de combate.

“Los drones enemigos también operan contra nuestras posiciones aquí”, advierte Zenya. Y por eso los ejércitos de medio mundo ya se están interesando por esta tecnología.

Bajo tierra

Media hora después de haber derribado el Molnya, el ingeniero de drones que trabaja con los pilotos –y que responde al nombre de combate Nick– entra a la trinchera con platos de papel en los que hay huevos fritos, salchichas y una rebanada de pan. Zenya prepara vasos de café con leche para todos, y se disponen a desayunar.

Un piloto de drones interceptores prepara uno tipo Sting para una misión de combate cerca de la frontera con Rusia, en la región de Kharkiv

Un piloto de drones interceptores prepara uno tipo Sting para una misión de combate cerca de la frontera con Rusia, en la región de Kharkiv María Senovilla

Comen en la misma trinchera que utilizan para pilotar los interceptores. También duermen ahí los cuatro miembros del equipo, en literas encajadas como piezas de Tetris. Es un cubículo angosto, frío y húmedo, excavado bajo tierra a una profundidad considerable.

Aunque las nuevas tecnologías han transformado las armas –que cada vez son más sofisticadas y precisas–, las condiciones de vida en las trincheras siguen siendo de una dureza extrema para los combatientes. Pero la guerra, que no para ni de día ni de noche, no les deja demasiado tiempo para pensar en ello.

Mientras llega el siguiente aviso por radio, el ingeniero prepara otra remesa de interceptores. Hay que colocar la batería y el cableado en cada uno de ellos, con sumo cuidado, porque cada Sting lleva medio kilo de C4 con un alto poder explosivo.

Cuando están armados, se llevan a un lugar adecuado para que despeguen. Todo tiene que estar listo para poder alzar el vuelo en segundos cuando les llamen.

Un piloto de drones interceptores prepara uno tipo Sting para una misión de combate cerca de la frontera con Rusia, en la región de Kharkiv

Un piloto de drones interceptores prepara uno tipo Sting para una misión de combate cerca de la frontera con Rusia, en la región de Kharkiv María Senovilla

Tras observar su trabajo, la conclusión es clara: la efectividad de los interceptores depende del equipo humano que los prepara, los coloca para el despegue y los pilota después. A pesar de los saltos tecnológicos que se van sucediendo, y de la creciente implementación de la IA, sin soldados no funciona nada en el frente de combate.

Cuando un nuevo dron ruso se aproxima al sector que controla este equipo, los pilotos se ponen en marcha con rapidez. No cogen los fusiles, ni tienen cerca cañones o morteros. Su equipo de trabajo está formado por un control remoto –como los que se usan para las consolas de videojuegos–, varias tablets y dos pantallas.

“La mayor dificultad ni siquiera es pilotar el interceptor, sino detectar y localizar el objetivo cuando va desplazándose por el aire. Por eso es importante que haya junto a ti un buen guía que se oriente rápida y correctamente sobre el terreno, y ayude a localizar el objetivo durante el combate”, explica Timoha, otro de los pilotos. Por eso trabajan en binomios.

La telaraña del frente

Mientras Gosha y Zenya pilotan de nuevo, desde su trinchera, se escuchan explosiones a lo lejos. No parece preocuparles; para ellos, la parte más peligrosa del trabajo es la de llegar hasta la posición de combate sin que un FPV ruso localice su vehículo e intente cazarlos.

Un interceptor ucraniano modelo Sting alza el vuelo para neutralizar un dron ruso que ha cruzado la frontera por la región de Kharkiv

Un interceptor ucraniano modelo Sting alza el vuelo para neutralizar un dron ruso que ha cruzado la frontera por la región de Kharkiv María Senovilla

Durante el trayecto hasta la posición de combate, avisan de que hay ataques rusos en otros puntos del país. Desde Odesa a Kiev, también están bombardeando Zaporiyia y Donetsk. Pero el conductor que se dirige a la posición de los interceptores no piensa en ninguno de esos lugares.

Con cada metro que avanzamos el aire parece hacerse más denso, y aunque serpenteamos por caminos que discurren entre la vegetación, un dron de reconocimiento con cámara térmica podría detectar el vehículo sin problema. Es una lotería.

“Nosotros no podemos hacer rotaciones frecuentes, porque cada entrada y salida del frente supone un gran riesgo para los conductores y el resto del equipo”, reconoce Nick cuando hablamos sobre este tema, horas más tarde.

“Ahora aguantamos varias semanas sin rotar, pero con más personal en el puesto, para que podamos turnarnos y no haya ningún piloto solo volando”, añade.

De hecho, para poder acceder a las trincheras y ver cómo trabajan, las instrucciones son muy claras: “Se entra en mitad de la noche, tienes que quedarte 24 horas allí, y te sacamos también en medio de la noche”, espeta el comandante que autoriza la presencia de EL ESPAÑOL en la línea del frente.

El equipo formado por Nick, Zenya, Timoha y Gosha es sólo uno de los ocho que opera en ese cuadrante. Son miles más los que están desplegados a lo largo de la línea del frente, tejiendo una suerte de telaraña que intenta cubrir todo el cielo de Ucrania.

Aun así, es casi imposible interceptar todos los drones rusos –que ahora también vuelan con motores a reacción que alcanzan los 600 kilómetros por hora–. Por eso la nueva defensa antiaérea necesita cada vez más pilotos. También ingenieros, y logística para colocarlos en sus posiciones de combate.

Las barbas del vecino

Aunque la realidad de la guerra se está librando a golpe de dron en estos momentos, y las amenazas de Putin ya traspasan las fronteras de la Unión Europea –que ha sufrido ataques en Polonia y Rumanía–, en los planes armamentísticos de países como España se sigue contemplando invertir en armamento pesado más que en interceptores.

Comprar carros de combate –que han quedado prácticamente en desuso en el frente de Ucrania–, o vehículos acorazados que quedarían reducidos a cenizas en los primeros compases de una hipotética guerra de drones, no parece la mejor idea. Al menos, mientras vayamos con retraso en la adquisición de capacidades para trabajar con vehículos no tripulados.

Y España no es el único país que tiene este desfase. Cambiar la producción de toda la industria europea de la defensa no es algo baladí; y tampoco lo es cambiar la concepción de la guerra de los estamentos militares en el corto plazo.

A los ucranianos, en cambio, no les ha quedado más remedio que adaptarse deprisa. Y tendrán que seguir haciéndolo, porque hemos entrado en una nueva fase del conflicto en la que con enjambres de pequeños drones FPV –que cuestan 500 euros cada uno– se puede diezmar en cuestión de semanas la flota de vehículos de cualquier brigada desplegada a menos de 20 kilómetros de la línea de contacto.

Si fueron capaces de diseñar interceptores como los Sting, tal vez encuentren la manera de parar a los FPV también.

Ucrania se ha convertido en la avanzadilla que está testando las nuevas armas de guerra del siglo XXI. Cada vez más baratas, más letales y más difíciles de parar. Y el resto de los países de Europa debería mirar con más interés lo que sucede en este campo de batalla, porque cuando las barbas de tu vecino veas pelar…