Otelo Saraiva de Carvalho, en una imagen de archivo de abril de 2017.

Otelo Saraiva de Carvalho, en una imagen de archivo de abril de 2017. Efe

Obituario

Saraiva de Carvalho, guionista, protagonista y director de la 'Revolución de los Claveles'

25 julio, 2021 20:49

En su nombre estaba escrita su vocación teatral: Otelo. Hasta sus últimos días, aseguró que desde niño quiso ser actor y que lo suyo era el teatro. Lo aplicaba a todo lo que hacía. No es de extrañar que en una entrevista de 2008 se proclamara a sí mismo como “el autor del guión, del decorado, el protagonista y el director” de una función para la que “no necesitaba apuntador”. Se refería a la revolución del 25 de abril de 1974, que acabó con 48 años de régimen salazarista, la dictadura más larga del siglo XX en Europa Occidental.

El niño Otelo no pudo cumplir su sueño de ser actor porque su abuelo le tenía guardado otro destino: la milicia. Hizo carrera primero en la entonces colonia de Angola y luego en Guinea Bissau, de donde volvió a la metrópoli en 1973 con la idea del golpe metida en la cabeza.

Con sólo 38 años, consiguió sublevar a su país. Planificó la acción apenas tres semanas, lo justo para calcular los movimientos de los militares fieles al régimen. La noche del 24 de abril de 1974, se encerró con seis oficiales y una rudimentaria emisora de radio en un puesto de mando clandestino en la ciudad de Lisboa. Corrieron las cortinas para no ser descubiertos por los vecinos y pusieron en marcha la revolución. Él mismo eligió la señal convenida para el levantamiento, la canción prohibida de José Alfonso Grândola Vila Morena. A Saraiva le gustaba por el verso "O pobo é quem mais ordena". El periodista amigo Carlos Albino la hizo sonar en Radio Renascença en el momento justo.

"La revolución está en la calle"

A las cinco de la mañana, una llamada telefónica del director de la policía secreta alertó al dictador Marcelo Caetano: “Presidente, la revolución está en la calle. Sólo 12 horas después, Caetano accedía entregar el poder al general Spínola, mando de confianza de los rebeldes. A las 13.30 horas del 26 de abril, Saraiva de Carvalho pudo abandonar junto con sus compañeros el clandestino puesto de mando y pasear libremente, entre vítores y aplausos, por las calles de Lisboa. La revolución había triunfado sin disparar un solo tiro y los cañones de los fusiles y los tanques se llenaron de claveles. No cabía mayor romanticismo.

"El 25 de abril –confesaría años después- fui el hombre más feliz del mundo. Cumplí un sueño de juventud que fue más allá de un sueño. Tengo el orgullo de haber participado en el derrumbe del poder fascista y el orgullo de no haberme contaminado por el poder. Porque yo no quería el poder para mí, lo quería para el pueblo".

Formó parte de la Junta de Salvación Nacional, que rigió el país en su camino hacia la democracia. Pero pasado el entusiasmo inicial, pronto empezarían las disputas entre los vencedores: los socialistas de Mario Soares, los comunistas de Álvaro Cunhal, los maoístas, los conservadores,… Hasta que los enfrentamientos llegaron a la calle durante el llamado verano caliente de 1975.

Huelguistas de la construcción, apoyados por los comunistas, asediaron el Parlamento y cortaron todos los suministros a los diputados constituyentes. Saraiva de Carvalho, siempre a la izquierda y a favor de llevar la revolución al extremo, manifestó su apoyo a los huelguistas, se mostró partidario de un modelo de “democracia directa y participativa y de que el poder recayera sobre las asambleas populares bajo la vanguardia de obreros y campesinos”. Un programa que fue calificado por los historiadores de "anarcopopulista".

El prestigio revolucionario se extendió por todo el mundo. El propio Fidel Castro le rindió homenaje en aquel verano de 1975. El líder cubano lo calificó de “héroe de la revolución portuguesa contra el fascismo, el imperialismo y la reacción”, mientras los asistentes al acto coreaban “Cuba, Portugal, unidos vencerán”. En los delirios revolucionarios –aún estamos en plena guerra fría-, ya se imaginaba un bastión comunista como Cuba en el lateral de la Península Ibérica, en la misma puerta occidental de Europa.

Saraiva había sido nombrado, por sus méritos en la lucha contra la dictadura, jefe del Comando de Operaciones Continentales (COPCON), un cuerpo especial del ejército creado específicamente para combatir los conatos contrarrevolucionarios. Le tocó abortar en marzo de 1976 el intento de golpe de António de Spínola, reformista de derecha alarmado con la deriva izquierdista que había tomado el país. El halo de Saraiva, como guardián de las esencias revolucionarias, no hacía más que crecer.

Pocos meses después, el gobierno de Pinheiro de Azevedo, apoyado por los socialistas de Soares, desarmó el COPCON, dejando al Partido Comunista sin ningún control sobre las fuerzas armadas. Saraiva, siempre por libre, no hizo nada para evitarlo, lo que provocó la ruptura definitiva con los comunistas.

Llegaba el momento de intentar la vía política. Logró aglutinar partidos dispersos de la extrema izquierda, pescando en los caladeros de la oposición armada a la dictadura y en los diversos movimientos contra el ingreso del país en la OTAN. En 1976, concurrió a las elecciones presidenciales, pero sólo logró un 16 % de los votos. Volvió a intentarlo cuatro años después, al frente de una plataforma alternativa, pero no consiguió más que un exiguo respaldo que no llegaba al uno y medio por ciento. Estaba claro que la vía electoral no era lo suyo o que el país aún no estaba preparado para sus arriesgados postulados.

En la década de los 80, fue vinculado con los atracos y asesinatos del grupo terrorista llamado Fuerzas Populares 25 de Abril (FP-25), brazo armado de una organización maoísta liderada por el héroe revolucionario. Pese a que siempre negó su participación y atribuyó su acusación a una maniobra del partido comunista, fue condenado en 1984 como autor moral. Un amplio movimiento pidió sin éxito su indulto. Su pena fue reducida por su condición de héroe de la revolución de los claveles después de haber pasado cinco años en prisión.

En cuanto a su vida privada, el escritor y periodista Paulo Moura desveló en su biografía Otelo, el revolucionario (2012) que el militar portugués era bígamo, lo que causó no poco escándalo en el país. Se había casado muy joven, sin llegar nunca a separarse. Y, más tarde, en los años 80 cuando estaba en la cárcel, tuvo una segunda esposa: “De lunes a jueves vive en una casa; viernes, sábado y domingo los pasa en la otras”, se puede leer en el libro.

Saraiva siempre ha mantenido su carácter de emblema de la revolución. Dio conferencias y explicó sus ideas por activa y por pasiva, entre aclamaciones y vítores, convirtiéndose en un personaje muy influyente, incluso fuera de su país donde es un referente de los nuevos partidos de izquierda. Nunca se arrepintió de la revolución pese a que creía que resultó incompleta. El niño que quería emular a Robin Hood –su personaje favorito-, siguió persiguiendo la utopía de la democracia directa, sin partidos. “Los hombres –dijo- tienen que luchar por las utopías porque cualquier avance social ha sido conseguido por grandes luchas históricas desde que el hombre es hombre, y nos han permitido llegar hasta donde estamos.”

Otelo Nuno Romão Saraiva de Carvalho nació en Lourenço Marques, Mozambique, el 31 de agosto de 1936 y murió en Lisboa el 25 de julio de 2021, a los 84 años.

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