Donald Trump y la primera dama, Melania Trump, dan la bienvenida al presidente chino, Xi Jinping en el Jardín Sur de la Casa Blanca.

Donald Trump y la primera dama, Melania Trump, dan la bienvenida al presidente chino, Xi Jinping en el Jardín Sur de la Casa Blanca. Evan Vucci Reuters

Asia

Cumbres reducidas, salas de descanso y bajas de última hora: Xi alimenta las dudas sobre su salud tras reunirse con Trump

El equipo del presidente chino acortó su cumbre en Washington y pidió una sala de la Casa Blanca para que descansara entre eventos.

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Á. Escalonilla
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El equipo de Xi Jinping solicitó una sala de descanso privada en la Casa Blanca y canceló un almuerzo de trabajo para permitir que el mandatario descansara.

La agenda de la cumbre bilateral entre Donald Trump y Xi se redujo a unas pocas horas, un formato inusualmente corto para este tipo de visitas de Estado.

Ausencias de última hora, como en la gala de los BRICS, y la rigidez física de Xi alimentan los rumores sobre el estado de salud del presidente chino de 73 años.

La falta de un sucesor designado en el Partido Comunista convierte la opacidad sobre la salud del líder en un motivo de preocupación por la estabilidad del país.

Donald Trump desplegó a principios de septiembre la alfombra roja en la escalinata de la Casa Blanca para recibir a su homólogo chino, Xi Jinping, que había disfrutado a su llegada a la Base de la Fuerza Aérea Andrews de una salva de 21 cañonazos, un sobrevuelo de aviones de combate y un bombardero, y un regalo en forma de estatua de bronce de un águila calva.

A Xi le esperaba una intensa agenda diplomática de tres días para abordar las relaciones de las dos principales superpotencias. El programa contemplaba una reunión bilateral en el Despacho Oval, un recorrido por las dependencias de la Casa Blanca, una ceremonia del té en el Salón Rojo, una breve visita a los Archivos Nacionales y una cena de Estado.

No estaba Xi para tantos trotes. Su equipo había pedido una habitación privada dentro del Ala Oeste para que pudiera descansar entre cada evento apuntado en la agenda, según adelantó The Wall Street Journal citando a varias fuentes de la Administración estadounidense.

Ni siquiera su jefe de gabinete, Cai Qi, tenía permiso para acceder a la sala. Sólo podía acompañarlo su esposa, Peng Liyuan, soprano, cantante folclórica y gran estrella nacional mucho antes de conocer a su marido y convertirse en primera dama.

Un mes antes de la cumbre, el entorno de Xi había declinado celebrar un almuerzo de trabajo entre Trump y Xi para el 24 de septiembre, el único día completo de la visita de Estado. Alegaron que el presidente necesitaba más tiempo para descansar. Tanto, que hizo un parón de cinco horas durante una cumbre que apenas duró dos días.

Voces como Dennis Wilder, exdirector senior para China en el Consejo de Seguridad Nacional y actual profesor de estudios asiáticos en la Universidad de Georgetown, reconocieron que la petición de disponer de sala de espera no tenía precedentes en este tipo de reuniones.

"Nunca hicimos nada parecido, esto es inusual", aseguró en declaraciones al Wall Street Journal el citado Wilder, quien puede presumir de haber organizado para la Administración de George W. Bush las visitas a la Casa Blanca del primer ministro japonés Junichiro Koizumi, el primer ministro australiano John Howard y el presidente chino Hu Jintao, predecesor de Xi.

A Wilder también le resultó llamativo lo reducido de la agenda, y es que la sesión bilateral de los dos líderes en la Casa Blanca el 24 de septiembre comenzó cerca del mediodía y terminó a primera hora de la tarde. "Eso es sorprendentemente corto para una cumbre de este tipo", apuntó.

Después, Xi abandonó el recinto de la Casa Blanca y no regresó hasta la cena de Estado esa misma noche, en la que también participaron líderes empresariales estadounidenses, como el CEO de Nvidia, Jensen Huang, y el CEO de Tesla, Elon Musk.

Lo inusual de la solicitud alimentó los rumores sobre la salud del presidente chino, de 73 años, porque la anécdota se sumó a las imágenes de su llegada. Mientras bajaba las escalerillas del avión de forma lenta y rígida, Xi no soltó en ningún momento la mano de su esposa. Un guion que repitió dos días después al subir los escalones de los Archivos Nacionales.

El presidente de China, Xi Jinping, y su esposa, Peng Liyuan, desembarca en la Base Conjunta Andrews, Maryland.

El presidente de China, Xi Jinping, y su esposa, Peng Liyuan, desembarca en la Base Conjunta Andrews, Maryland. Kevin Lamarque Reuters

Otro episodio reciente que dio alas a las especulaciones ocurrió en el marco de la cumbre de los BRICS en Nueva Delhi, unos días antes de viajar a Washington. Xi se ausentó de la gala en el último minuto y su lugar lo ocupó el veterano ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi. Un gesto que sorprendió al tratarse de su primera visita a India en siete años.

Según las fuentes citadas por el Wall Street Journal, se ausentó porque no se sentía bien. Una versión que se apresuró a desmentir la agencia de prensa india PTI, que informó de que el presidente chino había "regresado a la habitación de su hotel para descansar".

Estos episodios sacan a relucir una máxima histórica del régimen de Pekín: la salud del mandatario más poderoso desde Mao Zedong se custodia como el secreto de Estado mejor guardado, hasta el punto de que una simple cena cancelada puede hacer saltar todas las alarmas.

La opacidad cobra ahora una dimensión mucho más peligrosa porque, después de blindar su permanencia vitalicia en 2018 y negarse a ungir a un sucesor a la cabeza del Partido, Xi ha dejado al gigante asiático sin un relevo claro, convirtiendo cualquier síntoma de flaqueza en una amenaza directa a la estabilidad del país.

"El problema del sistema chino es que no existe un proceso de sucesión establecido y creíble", explicaba en este sentido Minxin Pei, profesor del Claremont McKenna College de California y editor de la revista trimestral China Leadership Monitor. "Si el máximo líder se encuentra debilitado física o mentalmente, el sistema difícilmente puede permitirse una crisis".

Xi hace sus propios cálculos, como demostró su anómala conversación con el presidente ruso Vladímir Putin captada por un micrófono abierto durante un desfile militar celebrado en Pekín en septiembre de 2025.

En aquel intercambio imprevisto, ambos reflexionaban abiertamente sobre los avances en los trasplantes de órganos y la posibilidad de extender la vida humana hasta los 150 años, y Xi llegó a afirmar que tener "70 años es todavía ser un niño". Hay quien duda.