Un caza taiwanés Mirage 2000-5 aterriza en la base aérea de Hsinchu.

Un caza taiwanés Mirage 2000-5 aterriza en la base aérea de Hsinchu. Efe

Asia

China aprovecha la crisis de Taiwán como ensayo para una posible invasión antes de 2035

Xi Jinping sabe que su guerra no es contra Taiwán sino contra EEUU. Tal vez, en términos económicos, también contra Japón.

9 agosto, 2022 03:42

En 2017, 2019 y 2021. Hasta tres veces ha expuesto públicamente el presidente chino Xi Jinping su intención de que, para 2050, China sea una "gran potencia socialista moderna". Un proceso de modernización en el que se incluye la anexión de Taiwán, sea por las buenas o por las malas. El plan tiene otra fecha clave: 2035, año en el que dicha modernización debería haberse completado a nivel interno.

Como esas cosas no se hacen de un día para otro -y cuando se intenta hacer así, sale mal, que le pregunten a Putin- es de temer que el ejército popular chino esté haciendo algo más que responder a una supuesta agresión externa con sus ejercicios en Taiwán. Probablemente esté adelantando una estrategia ya pensada para más adelante.

Desde la democratización de Taiwán en los años noventa, Pekín ha jugado con la oferta de "un país, dos sistemas". Básicamente, consistiría en otorgar una autonomía a la isla parecida a la que otorgó en su momento a Hong Kong, a cambio de que las autoridades taiwanesas aceptaran su integración en la República Popular China, unificando por fin su territorio. El problema de esa promesa es que Taiwán ha visto lo que ha pasado en Hong Kong, cómo sistemáticamente las promesas de apertura se han visto traicionadas y cómo, después de la represión estudiantil de 2019, la pandemia ha servido para cortar aún más los lazos de la antigua colonia británica con Occidente.

Si a eso le sumamos las declaraciones recientes del embajador chino en París, hablando de una "reeducación" de los taiwaneses una vez se produzca la unificación, es lógico que la vía diplomática esté completamente estancada. Aunque Xi confiaba en poder influir de alguna manera en los comicios de 2024, a los que no podrá presentarse la actual presidenta, Tsai Ing-wen, los hechos recientes demuestran que la vía militar parece la escogida por Pekín... y que, si se cuenta con la unificación para 2035, tal vez el incidente Pelosi le haya venido de maravilla para ir probando cosas.

Las seis zonas del bloqueo

En declaraciones al New York Times, ex primer ministro australiano y presidente de la Asia Society, Kevin Rudd, citaba los primeros años de la década siguiente como los más peligrosos para Taiwán. "Nos vamos acercando a la fecha objetivo y probablemente Xi Jinping siga vivo". Vivo y quién sabe si en el poder. Después de verano, se enfrentará a una nueva reelección en el Congreso Nacional sin ningún opositor a la vista. De conseguir la confianza del Comité Central del Partido Comunista Chino, seguiría en el poder al menos hasta 2027, cuando todavía cuente con 74 años, menos de los que tiene actualmente Joe Biden o los que tendrá Donald Trump si se presenta a las siguientes elecciones.

Lo que estamos viendo estos días hay que entenderlo por tanto como un ensayo de hasta dónde puede llegar militarmente la República Popular China en Taiwán y a la vez como una prueba de resistencia a los aliados del gobierno nacionalista, que están asistiendo perplejos a esta crisis de verano que nadie esperaba.

De entrada, se ve que China no está ensayando la invasión ni el ataque, sino el bloqueo. Un bloqueo similar al que la Unión Soviética quiso ejercer sobre Berlín Occidental en 1948, con la salvedad de que aquí ni siquiera se podrían mandar aviones como se hizo entonces.

Fuente: Ministerio de Defensa Nacional de la República de China, elaboración propia

Fuente: Ministerio de Defensa Nacional de la República de China, elaboración propia

Pekín se ha marcado como objetivo controlar seis puntos muy concretos de la isla de Formosa: dos al norte de Táipei, junto a las islas Senkaku; otros dos al sur de Kooshiung, junto al Canal Bashi y otros dos al este y el oeste de la isla, bordeando las áreas territoriales japonesas por un lado y el propio Estrecho de Taiwán por el otro. De esta manera, se estrangula por completo la isla y se acaba con su comercio y su turismo. No es probable que esta situación vaya a durar mucho tiempo, pero sí que quedará en el recuerdo de los taiwaneses como anticipo de lo que puede suceder más adelante.

El difícil papel de EEUU

Obviamente, de mantener la presión y la amenaza, EEUU tendría que intervenir... y junto a EEUU el resto de sus aliados en la zona: Japón, Australia, Corea del Sur, Singapur o Malasia. No sabemos hasta dónde quiere llegar Xi en esta ocasión, teniendo en cuenta que tiene la excusa diplomática a su favor y que es perfectamente consciente del difícil momento por el que pasa la gran superpotencia mundial.

EEUU vive una compleja situación interna desde hace años. Prueba de ello es que ni siquiera dos demócratas como Nancy Pelosi y Joe Biden, que han peleado juntos en mil batallas, han conseguido ponerse de acuerdo en esta.

Por si eso fuera poco, en el terreno puramente militar, EEUU ya está comandando la ayuda internacional a Ucrania para resistir la invasión rusa. Aunque no ha mandado tropas a la zona y no ha comprometido en exceso su arsenal con los envíos de armas, el gasto es inmenso: hasta 4.000 millones de dólares en ayudas directas salidas de su presupuesto, más las distintas aportaciones de organismos internacionales a los que pertenece. Recordemos que el país viene de dos trimestres consecutivos con crecimiento negativo, lo que invita a pensar en una inminente recesión.

Xi sabe que su guerra no es contra Taiwán sino contra EEUU. Tal vez, en términos económicos, también contra Japón. Sabe, a su vez, que puede jugar a su antojo la baza norcoreana y que cualquier amago de apoyar a Putin en Ucrania sería visto con verdadero pánico por Occidente. Ahora bien, no tiene prisa.

Quedan 13 años para el objetivo de "rejuvenecimiento nacional" y 28 para la supuesta consolidación del "socialismo moderno" como potencia mundial. Puede dejar que la isla se cueza en su propio jugo durante más tiempo y que en EEUU sigan las peleas entre septuagenarios que tanto recuerdan a la URSS de los años ochenta.

Probablemente, intuya que, después de la administración Biden, Donald Trump o alguno de sus protegidos llegará a la Casa Blanca. En ese caso, también intuirá que, por mucho que Trump odie a la República Popular China y haya hecho de ese odio un activo electoral, las metas del multimillonario se entienden en clave interna: controlar su país como el dictador que siempre ha querido ser.

Trump no es un idealista sino un hombre de hechos: si ve problemas, se apartará, suponen en Pekín. El asunto es llegar preparados a ese día. Nancy Pelosi se lo ha puesto en bandeja, pero la contundencia y la precisión con la que Xi Jinping ha puesto en marcha su plan invita a pensar que no es algo precisamente improvisado.