Donald Trump se refleja en las gafas de sol de la jefa de gabinete de la Casa Blanca, Susie Wiles.

Donald Trump se refleja en las gafas de sol de la jefa de gabinete de la Casa Blanca, Susie Wiles. Jonathan Ernst Reuters

EEUU

'Cuchillos largos' en la Casa Blanca: los asesores de Trump pugnan por suceder a su jefa de gabinete tras las elecciones

Trump sondea en privado a sus aliados sobre un posible sustituto de Susie Wiles mientras lo niega en público.

A 18 días de unas midterms que se anuncian desastrosas para los republicanos, sus colaboradores ya se disputan un puesto que aún no está vacante.

Más información: Zacharia, la nueva portavoz de Trump, debuta con polémica: tropieza con sus respuestas y huye de la rueda de prensa

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Donald Trump consulta de forma discreta a sus asesores y allegados la posible sustitución de Susie Wiles como jefa de gabinete de la Casa Blanca, provocando una pugna interna entre varios aspirantes.

El entorno de Wiles se encuentra debilitado por escrutinios sobre conflictos de intereses que involucran a sus colaboradores de campaña y a los negocios de su propia hija.

A la tensión política se suma la dimisión de la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Katie Zacharia, apenas una semana después de ser nombrada directamente por el presidente sin consultar a Wiles.

Entre los potenciales sucesores figuran perfiles como Stephen Miller, Bill Pulte, Steve Witkoff o Jay Clayton, de cara a gestionar un contexto de desgaste político ante las elecciones legislativas.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habría pasado las últimas semanas preguntando a amigos, asesores y congresistas republicanos quién debería sustituir a Susie Wiles como jefa de gabinete de la Casa Blanca. Así lo aseguró este jueves el boletín Playbook de Politico, que cita a cuatro personas al tanto de esas conversaciones.

Uno de los cargos electos republicanos que recibió la llamada contó que era la primera vez que oía al presidente cuestionar en serio a Wiles. Trump lo negó de inmediato: "NOTICIA TOTALMENTE FALSA". Y añadió: "Susie Wiles es mi leal jefa de gabinete, la que más tiempo ha ocupado el puesto… y no es por casualidad".

El desmentido no ha frenado la carrera por uno de los puestos más poderosos de Washington, sin equivalente exacto en España: el jefe de gabinete controla la agenda del presidente, decide quién llega al Despacho Oval y coordina a toda la administración, a medio camino entre un ministro de la Presidencia y el director del gabinete de la Moncloa.

Wiles, de 69 años, fue nombrada en enero de 2025 tras dirigir la campaña que devolvió a Trump a la Casa Blanca.

Hija del comentarista deportivo Pat Summerall, Wiles empezó en política organizando la agenda de Ronald Reagan y forjó su fama en Florida, donde llevó a Rick Scott y a Ron DeSantis a la gubernatura del estado, si bien el segundo se distanció de ella nada más tomar posesión.

La revancha llegó en las primarias de 2024, cuando Wiles diseñó la estrategia que hundió a DeSantis frente a Trump. La noche electoral, el presidente la presentó como "la dama de hielo", alguien que prefiere quedarse al fondo del escenario.

Así se ha comportado desde entonces con la gran excepción de las once entrevistas que concedió a Chris Whipple para Vanity Fair, publicadas en diciembre de 2025. En ellas sostuvo que Trump, que no bebe, tiene una "personalidad de alcohólico", y el propio presidente le dio la razón poco después, al admitir que tiene un carácter "obsesivo y adictivo".

Sobre los papeles de Epstein, dijo que el vicepresidente J. D. Vance llevaba una década creyéndose todo tipo de teorías conspirativas. Wiles tachó el reportaje de ataque malintencionado y Trump, lejos de enfadarse, la respaldó.

No es esta la primera vez que se especula con su salida. En junio, el Daily Mail publicó que se marcharía tras las midterms, pero Wiles respondió en X: "Para que quede claro: no me voy a ninguna parte". Esta vez, los problemas de su entorno pueden ser demasiado incluso para ella.

The New York Times reveló a principios de mes que James Blair y Chris LaCivita, los estrategas que Wiles incorporó a la campaña de 2024 y que dirigen ahora la de las legislativas, cobraron cientos de miles de dólares por asesorar al Gobierno de la República Srpska, la entidad serbia dentro de Bosnia alineada con Moscú.

Trump amenazó en Truth Social con despedirlos "inmediatamente" si había conflicto de intereses; horas después, concluyó que no lo había.

Armas de papel

Los rivales de Wiles encontraron más munición en su propia familia: su hija Katie es socia de Continental Strategy, la firma que ejerce de lobby para la República Srpska en Washington, y apareció fotografiada durante una visita al territorio; este jueves, The New York Times añadió que había recorrido allí un gasoducto con un empresario energético de Texas.

Sus detractores, según Politico y el Washington Post, le han ido pasando a Trump todos los artículos críticos sobre los negocios de la familia y los colaboradores de su jefa de gabinete. "Se ha llevado por delante a mucha gente", resumió un estratega republicano.

Lo curioso es que las hostilidades las abrió el propio Trump la semana pasada, cuando ofreció la secretaría de prensa a Katie Zacharia, asesora de comunicación de su propia empresa de medios, sin consultar a Wiles.

La decisión se interpretó en la Casa Blanca como una desautorización y, según el Washington Post, tres aspirantes empezaron a postularse para sustituirla: Stephen Miller, subjefe de gabinete y arquitecto de la política migratoria; Bill Pulte, director de la agencia que supervisa la financiación hipotecaria, y Lee Zeldin, administrador de la Agencia de Protección Ambiental.

Un aliado de Trump lo describió así: la Casa Blanca es "el nuevo Salvaje Oeste".

De hecho, Zacharia no ha logrado aguantar ni una semana en tierras movedizas. La secretaria de prensa dimitió este viernes, siete días después de su nombramiento, tras una primera rueda de prensa caótica y una surrealista polémica sobre su título de abogada.

Kate Zacharia, secretaria de prensa de la Casa Blanca, en su primera comparecencia.

Kate Zacharia, secretaria de prensa de la Casa Blanca, en su primera comparecencia. Kevin Lamarque Reuters

Su estreno, el martes, duró menos de un cuarto de hora: respondió solo tres preguntas, de Breitbart, Fox y el Daily Mail, y, cuando le preguntaron si estaba colegiada, se puso a divagar sobre sus años residiendo en China.

Trump la había presentado en Truth Social como "abogada", pero Zacharia no había superado el examen que habilita para ejercer en Estados Unidos, algo que ella misma calificó después de "intrascendente".

La semana fue de mal en peor. La CNN desenterró antiguos mensajes suyos en redes sociales cargados de teorías conspirativas, varios funcionarios de la Casa Blanca describieron su estreno como "brutal" mientras se preguntaban cuánto duraría, y hasta en Fox News se plantearon serias dudas sobre su idoneidad.

El jueves, en una entrevista con el influencer de derechas Jack Posobiec, aseguró que en China "no tienen ni baños en condiciones", un comentario poco diplomático pocas semanas después de que Trump recibiera a Xi Jinping en la Casa Blanca.

De Witkoff al presidente de los Yankees

En lo que respecta a Wiles, el episodio admite una doble lectura: el nombramiento que Trump hizo a sus espaldas se ha desplomado en siete días, pero, a la vez, que la Casa Blanca se quede sin secretaria de prensa a menos de tres semanas de unas elecciones que se anuncian desastrosas es la pesadilla de toda jefa de gabinete.

La lista de sucesores que maneja Trump, según Politico, es de lo más heterogénea. Además de a Miller y a Pulte, incluye a su amigo y enviado especial Steve Witkoff, al expresidente de la Cámara de Representantes, Kevin McCarthy, al presidente de los Yankees, Randy Levine, y, desde este viernes, al director de Inteligencia Nacional, Jay Clayton.

Vladímir Putin saluda en el Kremlin a Steve Witkoff, enviado especial de Trump.

Vladímir Putin saluda en el Kremlin a Steve Witkoff, enviado especial de Trump. Alexander Kazakov Reuters

Cada nombre dibuja una Casa Blanca distinta: la del núcleo ideológico del movimiento MAGA, con Miller; la de los leales dispuestos a todo, como Pulte, o la de los amigos neoyorquinos del mundo de los negocios.

Trump conoce bien estas guerras. En su primer mandato tuvo cuatro jefes de gabinete, uno de ellos interino: Reince Priebus duró poco más de seis meses; John Kelly, general retirado de los marines, aguantó año y medio intentando poner orden; Mick Mulvaney nunca dejó de ser provisional, y Mark Meadows cerró la cuenta.

Kathryn Dunn Tenpas, investigadora de la Brookings Institution, calculó que el 34 % de los altos cargos de la Casa Blanca había salido o cambiado de puesto tan solo en el primer año, más del triple que con Barack Obama y el doble que con Reagan, que ostentaba hasta entonces el récord.

El caos llegó al extremo de que el secretario de Estado, Rex Tillerson, se enteró de su sustitución por Twitter.

La paz de los leales

Aquellas salidas seguían un patrón: muchos de los que se iban tenían una trayectoria propia a sus espaldas y, en algún momento, le habían dicho que no a alguna de sus decisiones. Jim Mattis dimitió como secretario de Defensa por la retirada de Siria, y Kelly acabó describiendo a su antiguo jefe como un fascista.

El segundo mandato se diseñó para evitar todo eso. Wiles lleva en el cargo más que cualquiera de sus cuatro predecesores, y Tenpas no registró en el primer año un solo despido entre los altos cargos de la Casa Blanca. Ella lo atribuye a una atención mucho más intensa a la lealtad. Dicho de otro modo, ya nadie se atreve a llevarle la contraria al presidente.

Pam Bondi, ex fiscal general de Florida, en un acto de campaña de Donald Trump.

Pam Bondi, ex fiscal general de Florida, en un acto de campaña de Donald Trump. Reuters

Esa fidelidad casi religiosa ha tenido un precio. Pam Bondi, la fiscal general encargada de perseguir a los enemigos del presidente, vio cómo un juez anulaba las acusaciones contra el exdirector del FBI James Comey y la fiscal general de Nueva York, Letitia James, porque el fiscal que las firmó ocupaba el cargo de forma ilegal.

Trump la destituyó en abril. En junio, quiso hacer a Pulte, un empresario inmobiliario sin experiencia en espionaje, director interino de Inteligencia Nacional; los demócratas bloquearon como protesta la renovación de la ley de vigilancia exterior y Trump acabó proponiendo a Jay Clayton.

Los secretarios del Gobierno de Trump, el equivalente a nuestros ministros, sí han ido cayendo: este año se han marchado Kristi Noem, de Seguridad Nacional; Pam Bondi, fiscal general; Tulsi Gabbard, directora de Inteligencia Nacional, y Lori Chavez-DeRemer, de Trabajo.

Ninguno de ellos, sin embargo, se ha ido dando un portazo, como hizo Mattis en 2018: Noem y Bondi fueron destituidas, y Gabbard dimitió por la enfermedad de su marido. En estos dos años, el papel de su gabinete —Wiles incluida— no ha sido frenarle, sino acompañarle.

Instrucciones para administrar un búnker

Quien suceda a Wiles, si finalmente se marcha, heredará a un presidente de 80 años, el de más edad en jurar el cargo, cuya salud lleva meses en entredicho por sus visitas a Walter Reed, sus manos amoratadas y sus cabezadas en actos oficiales.

Un hombre cada vez más imprevisible: según el Post, Trump no deja de quejarse de que nadie le defiende en público con suficiente vehemencia cuando pasó buena parte de septiembre supervisando las obras de su salón de baile e ignorando las encuestas internas que hundían a su partido.

En la misma dirección apuntan los sondeos publicados. Los demócratas aventajan a los republicanos en 8,6 puntos en el voto genérico al Congreso, según la media de Nate Silver del 15 de octubre, y Decision Desk HQ les da un 76% de probabilidades de recuperar la Cámara de Representantes.

Los propios asesores de Trump ven el Senado como una moneda al aire, con Kansas y Texas en juego. Una Cámara demócrata traería consigo a buen seguro citaciones e investigaciones sobre dos años de gobierno a golpe de decreto.

El próximo jefe de gabinete tendrá que gestionar a la vez la tentación de forzar las reglas electorales, como piden los sectores más radicales de MAGA con Steve Bannon al frente, y la resaca de una probable derrota, con un presidente poco dispuesto a dejarse fiscalizar.

Durante casi dos años, Wiles ha ordenado sin contradecir. Lo que se disputa ahora en el Ala Oeste es quién cerrará desde dentro la puerta del búnker… y si queda alguien capaz de abrirla.