La gente hace cola en una tienda de Sabaneta.

La gente hace cola en una tienda de Sabaneta. Marco Bello Reuters

Mundo INFLACIÓN

Venezuela, el país donde el dinero no vale nada

Los controles, la escasez de productos y el aumento en la impresión de billetes han hecho que la economía venezolana sea por tercer año consecutivo la campeona mundial en inflación con un 190%.

27 diciembre, 2015 01:22
Pablo López Hurtado Patricia Marcano

Noticias relacionadas

“Esto no puede ser”. Una mujer exclama al mirar el cartel que está en el supermercado. En él se lee que un kilo de cebolla cuesta 1.307,25 bolívares. Para ella, empleada de una empresa de mantenimiento, su sueldo mensual equivale a siete kilos de la hortaliza. Y eso que durante 2015 el salario básico de los trabajadores en Venezuela ha aumentado hasta en cuatro oportunidades. Pero a todas luces ha sido insuficiente.

Hace un año el coste de la cebolla era de 100 bolívares el kilo. Pero en agosto de 2013 se podía conseguir en 25 bolívares. Ese año Nicolás Maduro asumió la presidencia del país y desde entonces el aumento de la tasa de inflación ha signado su mandato y ha sido un factor clave en la caída de su popularidad (25% de aceptación).

El Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros ha calculado que la “canasta alimentaria familiar” se ubica en 79.255,26 bolívares. Es decir, una familia de cinco miembros necesita 8,2 salarios mínimos para poder acceder a los productos básicos como cereales, frutas, leche, queso huevos, carnes, entre otros. Este índice ha subido en 400% en los últimos 12 meses.

La perdida del poder adquisitivo del salario es una constante en los últimos tiempos. Los venezolanos pasaron de tener el mayor poder de compra de la región, entre 1980 y 1997, a ocupar la novena posición en América Latina, según las estimaciones que hace el Fondo Monetario Internacional para 2016.

La banca de inversión Barclays Capital estima que la caída del poder adquisitivo está en 40% en los últimos tres años, la más alta de toda la historia del país. Eso quiere decir que son menos productos los que la gente puede llevar a sus hogares. De cada diez bolívares, casi la mitad se ha esfumado.

José Almeida, dueño de un abasto en La Florida, Caracas, tiene 54 años en el país desde que llegó de Portugal. En todo este tiempo se ha dedicado a comerciar víveres y no recuerda una crisis económica como la actual. Afirma que la gente no compra en la misma cantidad que antes y asegura que debe ajustar los precios de los productos cada semana. “La inflación es una locura. Nunca visto”.

A pesar de ello, el Gobierno venezolano se ha encargado de controlar los importes de los productos a través de la Ley de Precios Justos, vigente desde 2014, y ha creado la Superintendencia de Precios Justos con la misión de supervisar y fiscalizar el “análisis, control y regulación de costos y determinación de márgenes de ganancias y precios”.

Según la administración del presidente Nicolás Maduro, el país vive una “guerra económica” impulsada por factores de poder externos e internos que pretenden derrocarlo. Para ello ha utilizado como ejemplo el sabotaje que el sector privado chileno hiciera contra el gobierno de Salvador Allende, poco tiempo antes del golpe militar liderado por Augusto Pinochet en 1973.

“Debemos iniciar un conjunto de acciones para darle un golpe y destrozarle el espinazo a la estrategia de guerra económica”, ha dicho Maduro ante las cámaras de televisión en mayo de este año, pero sus acciones en nada han podido mejorar la situación económica.

A los controles de precios se suma el control cambiario. En Venezuela existen tres tasas oficiales en las que se cotiza el dólar: una a 6,3 bolívares, para importar alimentos y medicinas; una a 13 bolívares, para las personas que viajen al exterior; y otra a 199 bolívares, para importar el resto de los productos. Todas las divisas son manejadas por el Estado, que a discreción las debe asignar a los distintos sectores del país, después de varios trámites burocráticos.

Pero en la práctica estos mecanismos no han funcionado, porque los controles, que fueron implantados hace casi 14 años por el fallecido presidente Hugo Chávez, han servido para estimular la corrupción. En el mercado negro cada dólar se cotiza en torno a los 840 bolívares y eso ha alimentado a la “hipermafia”, según la interpretación dada por economista Ángel García Banchs en el foro “Coyuntura 2015”, organizado por Econométrica. Para él, acciones gubernamentales como la impresión de dinero inorgánico y la política de endeudamiento, no son viables para “sacar la economía a flote”, mucho menos en momentos en que el petróleo, principal fuente de ingresos del país, pasa por una caída en sus precios. Por primera vez en los últimos 11 años el crudo venezolano se cotiza en 29,17 dólares por barril.

La gente, por su parte, ha encontrado en el mercado negro una forma de subsistir. Muchas personas han abandonado sus puestos de trabajo para convertirse en “bachaqueros”, como se le conoce a los que se dedican a buscar y comprar los escasos productos regulados. Los “bachaqueros” se encargan de vender la mercancía con sobreprecio a quienes tienen mayor capacidad adquisitiva o menos tiempo para hacer las interminables filas en los supermercados. Esta actividad ilegal representa un ingreso que puede triplicar lo que gana un trabajador regular.

Así se ven 1.000 euros comprados en el marcado negro.

1000 euro in bolivar venezuelaniviva il socialismo

Posted by Paolo Barrai on martes, 25 de agosto de 2015

Más controles = mayor escasez = mayor inflación

El deterioro de la situación económica ha provocado que los venezolanos cambien sus hábitos. Según las últimas cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE), el consumo de carne de res cayó 13% entre 2012 y 2014 y el de pollo 9%. Lo mismo sucede con el pescado, el arroz, el pan de trigo, las pastas alimenticias, los huevos, entre otros tantos alimentos aportadores de energía y proteínas. El consumo de leche, por ejemplo, fue 51,1% menor con respecto a 2013.

En un recorrido por diferentes mercados de Caracas se pudo constatar que la forma de adquirir los productos también ha cambiado. Muchas personas ahora compran los tomates o los plátanos por unidad, en lugar de comprarlos por peso, como se hacía antes. Lo mismo sucede con el jamón york o el queso que algunos piden por lonchas. Los huevos, cuando se consiguen, también son vendidos al detal.

Esta circunstancia corresponde a una disminución en la producción nacional y a su correspondiente aumento en los precios de los productos, que muchas veces son vendidos sin reparar en las regulaciones. Los alimentos básicos, cuyo precio es muy controlado por el Gobierno, son más difíciles de conseguir. La escasez de productos esenciales ha superado el 60,7%, según la empresa Datanálisis, que destaca que en rubros como el aceite vegetal, café, carne de res o harina de maíz es mayor al 90%.

Al respecto no existen cifras oficiales actualizadas, ya que el Gobierno ha decidido no hacer públicos los índices de inflación, de desabastecimiento o las cifras del INE desde finales de 2014.

Otras instituciones, sin embargo, han hecho estudios independientes. La Encuesta de Condiciones de Vida 2014, realizada por la Universidad Simón Bolívar, la Universidad Católica Andrés Bello y la Universidad Central de Venezuela (UCV) revela que 80% de los consultados ha reportado dificultades para adquirir sus alimentos y 11% de las personas come dos o menos veces al día.

Sary Levy, exdecana de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UCV, explica la gravedad de la suma de inflación más escasez: “Si no tienes un producto porque no se consigue, cuando aparece no preguntas cuánto vale, simplemente lo pagas, y llega un momento en el que no te acuerdas cuánto valía”.

En su opinión la sociedad venezolana entiende que los controles generan escasez y la escasez genera inflación. “Lamentablemente se sigue aplicando la misma política, razón por la cual no saldremos de esto”, dice.

No quiero ese dinero

El índice de precios al consumidor en Venezuela es el más alto del mundo, y es así desde hace tres años. Por ello el dinero en los bolsillos de los trabajadores pierde su valor con cada día que pasa. Nadie quiere tener bolívares y la gente tiende a deshacerse de la moneda. Por eso compran activos.

Ronald Santamaría, administrador recién graduado, utiliza su tarjeta de crédito para comprar whisky. Lo compra por cajas cada vez que puede. Con ello protege su dinero. El licor está cada día más caro y dura mucho tiempo sin dañarse. En casa tiene docenas de botellas que venderá en el momento oportuno. Quizás para las celebraciones de año nuevo. Con el dinero “engordado” comprará otros productos que le permitirán, por lo menos, mantener el valor de lo invertido inicialmente.

Según la firma Ecoanalítica, la inflación en Venezuela en 2015 supera el 190%, pero las tasas de interés de financiamiento anual para las tarjetas de crédito están entre 17% y 29%. Esa brecha hace del préstamo un mecanismo para que las personas se protejan de los efectos de la inflación.

Algunos compran electrodomésticos, otros prefieren comprar motocicletas y muchos buscan la forma de comprar dólares en un país donde estas transacciones se hacen en el mercado negro, ya que el Estado controla y fija las tasas de cambio.
La economista Sary Levy explica que este fenómeno dificulta todo el proceso de producción y de intercambio económico y se convierte “en un elemento que destruye las economías profundamente”.

Muchos billetes que valen poco

En Venezuela el billete de mayor denominación es el de 100 bolívares. Si se le pregunta a alguien en la calle dirá que “el dinero no vale nada”. En la actualidad, no es posible comprar muchas cosas con un billete de 100. Una taza de café, tal vez. Una lata Coca Cola, por ejemplo, cuesta 140 bolívares, la tarifa mínima en un taxi alrededor de 350 y una entrada para ir al cine 430 bolívares. Y en unos días todo esto va a aumentar.

Los cajeros automáticos están programados para dar hasta 6.000 bolívares, pero en ocasiones algunos dan sólo 600. Las largas filas para retirar dinero son habituales; una persona tiene que hacer varias operaciones para poder comprar algo después. Un almuerzo popular, por ejemplo, no baja de 700 bolívares. También es común que una persona tenga que ir a varios bancos en busca de efectivo, porque muchas veces los cajeros automáticos se quedan sin dinero.

A modo de broma, el diputado electo Henry Ramos Allup decía al finalizar la campaña electoral para las elecciones parlamentarias, que para los candidatos era mejor repartir billetes de 20 bolívares que volantes de papel.

Para junio de 2015 el Banco Central de Venezuela había duplicado la cantidad de billetes de 100 bolívares. Este año se colocaron en circulación 1.859,2 millones de piezas, comparado con los 909,5 millones de junio de 2014.

En un comunicado emitido por la Academia de Ciencias Económicas se resalta que lo que califican como una “política monetaria expansiva y permisiva” ha multiplicado 10 veces la liquidez monetaria desde el 31 de diciembre de 2010 “sin que se haya aumentado el crédito bancario a la inversión reproductiva”. Según los académicos, un tercio de la liquidez se origina en el financiamiento del BCV al flujo de caja de Petróleos de Venezuela, la empresa estatal más importante del país. Para ellos Venezuela está al borde de la hiperinflación, lo que implicaría un aumento de 50% mensual en los índices de precios al consumidor. Y todo parece indicar que, sin correctivos urgentes, los tres dígitos de inflación alcanzados durante el año que termina serán tan sólo un buen recuerdo muy pronto, en 2016.