Isabel San Sebastián tiene una sólida trayectoria en la ficción histórica.

Isabel San Sebastián tiene una sólida trayectoria en la ficción histórica. Esteban Palazuelos

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Isabel San Sebastián 'revive' la Reconquista en su nuevo libro: "Compramos paz a cambio de tributos, como antes"

La escritora publica La venganza del apóstol, de su saga sobre la Edad Media, y reflexiona sobre cómo se utiliza la historia hoy.

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Isabel San Sebastián es una de las voces más reconocibles de la divulgación histórica en España, con una trayectoria que combina periodismo, ensayo y novela.

A lo largo de los años, ha construido una sólida obra en la ficción histórica, especialmente con su saga sobre la Reconquista, iniciada con La visigoda y continuada con títulos como Astur, La peregrina o La temeraria.

En La venganza del apóstol, retoma ese universo para adentrarse en uno de los episodios más simbólicos de la Edad Media peninsular, combinando rigor histórico y emoción narrativa en una historia que pone el foco en las personas que vivieron y dieron sentido a ese tiempo.

Una mirada al pasado que, en su caso, dialoga de forma directa con el presente, con reflexiones sobre cómo se utiliza la historia hoy, su peso en el debate público y la necesidad de comprenderla sin simplificaciones.

El título La venganza del apóstol sugiere una reparación simbólica de un agravio histórico. ¿Te interesaba más esa idea que el propio enfrentamiento?

Me interesaba el valor simbólico de las campanas. Durante la ocupación musulmana fueron prohibidas porque representaban la voz de Dios, y las de Santiago, además, la del apóstol, patrón de España.

Que Almanzor llegara a Compostela, destruyera la ciudad y se las llevara es un hecho de enorme carga simbólica. La novela recorre desde las Navas de Tolosa hasta la reconquista de Córdoba y la devolución de esas campanas.

El título puede parecer agresivo, pero en el siglo XIII la mentalidad era distinta: más directa, más extrema. Era una lucha a vida o muerte. Santiago, el 'hijo del trueno', no era un apóstol apacible. De ahí esa 'venganza', entendida más como restitución.

Llevas años recorriendo la Edad Media peninsular. ¿Qué lugar ocupan las Navas de Tolosa?

Es un episodio clave, nuclear en la historia medieval española y también europea. Si los reinos cristianos no hubieran frenado al Imperio almohade allí, el rumbo de España —y quizá de Europa— habría sido muy distinto.

Hablamos de un imperio extremadamente radical, que no sólo sometió Al-Ándalus, sino que aspiraba a expandirse más allá. La batalla fue decisiva.

Desde el punto de vista narrativo, lo tiene todo: heroísmo, dificultades, inferioridad numérica y deserciones como la de los cruzados francos. Pero, sobre todo, fue una empresa colectiva: reyes, nobles, órdenes militares y milicias concejiles, gente común.

He preferido centrarme menos en la táctica y más en la emoción de quienes estuvieron allí, en su espíritu y en esa convivencia de mundos distintos. Para un escritor, es un episodio de enorme potencia.

La escritora, con su nuevo libro, 'La venganza del apostol'.

La escritora, con su nuevo libro, 'La venganza del apostol'.

¿Hay una idea de fondo que atraviese toda la saga o cada libro responde a una pregunta distinta?

Sí: la determinación de los cristianos hispanos por recuperar lo que había sido la España visigoda. Ese es el hilo conductor.

Después, cada novela tiene su propia identidad. En La venganza del apóstol, la idea central es la superación personal frente a las limitaciones y los prejuicios. Y aparece también un elemento nuevo: la esperanza, esa capacidad de cambiar lo que parece imposible.

Cuando se habla de la historia de España, ¿crees que hoy se utiliza más como argumento que como conocimiento?

En la actualidad, se está utilizando como munición política, lo cual me parece lamentable. Se retuerce con fines ideológicos, electorales y de manera cortoplacista.

Por parte de algunos sectores —especialmente de cierta izquierda— se insiste en que debemos pedir perdón por todo, renegar de nuestras hazañas y flagelarnos por episodios como la Reconquista o América.

Y, por otro lado, también hay sectores de la derecha que trasladan hechos históricos al presente sin contexto. Ninguna de esas posturas ayuda a comprender la historia.

A mí me interesa la historia de España porque es la de mi país y porque, desde el punto de vista literario, es incomparable: está llena de episodios épicos y de personajes extraordinarios.

¿Te preocupa más el desconocimiento del pasado o la seguridad con la que se opina sobre él?

Me preocupa más la tergiversación del pasado. Hay mucha gente que opina con seguridad sobre todo sin tener conocimiento suficiente. Vivimos en un mundo de 'todólogos'.

Yo procuro no hacerlo, salvo en el ámbito que conozco bien. Llevo veinte años estudiando y novelando la historia medieval de España, trabajando con fuentes y crónicas.

Por eso, lo que más me preocupa es que se hable de historia sin conocerla y que, además, se utilice trasladándose al presente sin rigor. Eso es muy peligroso.

Dices que llevas 20 años estudiando historia. ¿Qué importancia tiene realmente conocerla?

Es fundamental, porque la historia es una maestra extraordinaria. En el caso de España, especialmente en la Edad Media, ofrece lecciones muy claras que no aprendemos.

Una de ellas es que unidos somos fuertes y divididos débiles. Es una constante desde los visigodos hasta hoy.

Otra lección clave es que la paz que se compra a cambio de tributos dura poco y es indigna. Cuando los musulmanes hispanos, las taifas, pagaban parias a los reyes cristianos, estaban pagando con oro el acero que las iba a destruir. Eso es una constante.

Y ahora estamos haciendo lo mismo: estamos comprando paz, nacional o nacionalista, a cambio de tributos. Es una dinámica que no perdura, es indigna y supone, en el fondo, tirarse piedras contra el propio tejado.

Con este panorama, ¿hacia dónde vamos?

No lo sé. Ahora mismo, hacia un abismo. Se están poniendo en riesgo los cimientos de nuestra democracia, construidos con mucho esfuerzo durante la Transición, y que hoy están siendo golpeados constantemente.

Además, nos dirigimos hacia una situación económica complicada: los jóvenes no pueden independizarse ni acceder a una vivienda y tienen sueldos bajos.

Por otra parte, profesiones fundamentales, como la de los médicos, están mal remuneradas mientras proliferan figuras que viven de opinar sin especialización.

Es un modelo de sociedad potencialmente explosivo, que puede generar consecuencias graves.

Retomando la novela histórica, ¿existe hoy mayor exigencia ideológica hacia los autores?

El prejuicio ideológico en España siempre ha existido. Habrá quien no lea mis libros por quién soy y quien los compre por afinidad. En ese sentido, está equilibrado.

No creo que haya cambiado mucho ni la exigencia ideológica ni la del lector. Lo que sí ha cambiado es el mercado editorial: hay mucha autoedición y un exceso de títulos, lo que dificulta que el público discrimine.

Eso nos obliga a ser más exigentes. Una novela histórica requiere investigación, conocimiento y trabajo. No consiste en recopilar datos de internet o herramientas como ChatGPT y ensamblarlos sin más.

Es un proceso que exige rigor y esfuerzo, y que, al menos en mi caso, nunca he delegado en ese tipo de recursos.

¿Ha cambiado tu visión de la historia de España a lo largo de estos años?

Sin duda, y para mejor. Estoy infinitamente agradecida a todas esas generaciones de cristianos hispanos que se empeñaron en recuperar nuestra identidad.

Sé que hoy en día está muy mal hablar de identidad, parece que eres un racista. Yo jamás en mi vida lo he sido, pero me alegro profundamente de que millones de hombres y mujeres lucharan para situarnos en el contexto de la Europa cristiana que hoy es la Europa latina, democrática, donde hay igualdad, libertad y democracia.

España es el único país que completó ese proceso de desislamización, y el coste humano fue enorme. Cuando te adentras en el sacrificio y el sufrimiento, no de una o dos generaciones, sino de cuarenta, la admiración es inmensa.

Por eso he querido novelarlo poniendo el foco no sólo en reyes o nobles, sino en la gente común que sostuvo ese proceso y de la que sabemos muy poco.

¿Te sientes más historiadora del relato o narradora de la historia?

Más narradora. No soy historiadora, aunque me documento mucho. Me interesa construir historias y dar vida a personajes.

La historia debe ser contexto, no una enciclopedia: mis novelas buscan que el lector la viva, como una máquina del tiempo. Y esa vocación de contar historias la heredé de mi padre, que nos las inventaba cada noche.

En un momento en el que todo es rápido y el consumo de contenido es inmediato, ¿qué papel tiene la novela histórica?

El de permitir disfrutar de lo profundo. Veo series, como todo el mundo, pero no es comparable a la lectura. Un libro te permite reflexionar, adentrarte en la historia y vivirla desde dentro, mimetizarte con los personajes y sus experiencias.

Quizá influya también la edad: crecí leyendo y nunca he dejado de hacerlo. Pero la experiencia de la lectura es incomparable, a nivel cognitivo y emocional.

Luego está el término creadores de contenido. Me cuesta entenderlo. Un escritor es un escritor, un periodista es un periodista. ¿Qué significa exactamente eso de 'contenido'?

Un libro implica trabajo: documentación, imaginación y escritura. Puede ser mejor o peor, pero hay un oficio detrás. Lo otro es otra cosa. Respeto las nuevas formas de comunicación que usan nuestros hijos y nietos, pero no es mi mundo.

La temeraria tuvo un impacto importante. ¿Fue por el personaje o por tu forma de contarlo?

No lo sé, no soy la más indicada para valorarlo. Pero creo que nunca se había contado a esa reina así: de forma humanizada, desde dentro.

En la nota de autora ya decía que no iba a ser objetiva ni hacer una biografía al uso. Le tengo cariño por lo que sufrió, por cómo fue tratada en vida y después de su muerte, y quise redibujarla con una mirada más luminosa, sin tergiversar los hechos.

La novela sigue teniendo recorrido: se reedita y ha vendido cerca de 70.000 ejemplares. En España, eso es importante. Y no es la única: La visigoda y Astur también se siguen reeditando, porque forman parte de una saga. De hecho, La venganza del apóstol ha salido con una primera tirada de 35.000 ejemplares, que es una cifra considerable.

Hoy Doña Urraca se presenta como ejemplo, pero seguimos otros modelos muy distintos.

Mi juicio —y es políticamente incorrecto, pero lo pienso así— es que hemos pasado de un extremo a otro. De borrar a las mujeres de la historia a ensalzarlas por el hecho de serlo.

Y ni una cosa ni la otra. Hubo mujeres decisivas que fueron borradas por cronistas hombres, casi siempre clérigos y con una mirada misógina.

Las ignoraron o las distorsionaron. Después hubo un intento de igualdad real, pero hemos pasado casi sin transición a una lógica de cuotas o valoraciones automáticas por razón de sexo.

Y eso tampoco es igualdad. Lo importante es mismos derechos, mismas responsabilidades y reconocimiento de los méritos.

En España tendemos siempre al péndulo.

San Sebastián, en el salón de su casa.

San Sebastián, en el salón de su casa. Esteban Palazuelos

Hablando de La venganza…, ¿cuál dirías que es tu peor emoción?

La impaciencia, sin duda. Es muy mala para quienes me rodean y para mí misma, porque puede llevar a cometer errores.

¿Y la mejor?

El cariño, la capacidad de amar, especialmente hacia los niños, porque te enseñan mucho y te hacen crecer por dentro. Es un amor que sana.

Fui muy madre, muy entregada a la maternidad dentro de lo que me permitía el periodismo, y eso forma parte esencial de mi identidad. Primero a mis hijos y ahora también a mis nietos.

Para cerrar, volvemos al principio: ¿cuándo pensaste que esto podía convertirse en una saga?

No lo hice. Mi primera novela fue La visigoda, casi por casualidad, como un desafío.

Un amigo, José Luis Balbín, me habló de una inscripción en Pravia sobre los 'reyes holgazanes' y de aquella historia. Le dije que era perfecta para una novela, y me animó a escribirla. La hice en cuatro meses, casi como un juego, en el sótano de esta casa en obras.

Tuvo éxito y empezó a reeditarse. Después surgió Astur, como precuela. Más adelante aparecieron otras ideas de forma natural, como La peregrina, a partir del Camino de Santiago.

Pero no pensaba en una saga hasta mucho después. Fue durante la presentación de Las campanas de Santiago, en Córdoba, cuando dije que la Reconquista merecía ser novelada entera. El público aplaudió y se puso en pie.

Y así empezó todo.

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