La escritora Ana Ibáñez.

La escritora Ana Ibáñez. Javier Ocaña

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Ana Ibáñez, la neurocientífica que entrena tu cerebro: "La clave para concentrarse es seducirlo con algo placentero"

En su libro Neurociencia para la vida real explica los pasos para mejorar la concentración y manejar las emociones.

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Ana Ibáñez es neurocientífica especializada en neurociencia aplicada, con un enfoque práctico que lleva la investigación del cerebro al día a día y al alto rendimiento.

Su trayectoria, fuera del camino académico tradicional, combina ciencia rigurosa con experiencia trabajando con profesionales y deportistas de élite.

En Neurociencia para la vida real, presenta diez pasos para entrenar el cerebro, con estrategias basadas en la ciencia que permiten mejorar la concentración, gestionar emociones y tomar mejores decisiones, ofreciendo herramientas para un mayor bienestar y rendimiento en un mundo cada vez más exigente.

La neurocientífica, con sus libros.

La neurocientífica, con sus libros. Javier Ocaña

Vamos a hacer memoria. ¿En qué momento dejas de observar el cerebro como objeto de estudio y empiezas a tratarlo como algo que se puede entrenar directamente?

Para mí siempre ha sido intuitivo. Lo veo como una parte viva del organismo sobre la que podemos incidir. Merece atención, juego y experimentación.

Es muy complejo y sólo conocemos una pequeña parte, pero cuando actuamos de manera precisa obtenemos grandes resultados. Todo esto viene de la intuición, de saber escuchar, ver patrones y mantener la mente abierta.

La ciencia para mí es un ámbito de descubrimiento, un espacio vivo de curiosidad, aprendizaje y expansión.

Cuando una persona acude a ti, ¿qué ves primero? ¿Pensamiento, activación fisiológica o hábitos?

Nunca veo un problema sino un potencial. Ese es un aspecto muy importante del cerebro: no lo que falta, sino lo que puede llegar a hacer.

Me importa saber cómo está la persona, qué sufre y cómo lo expresa. En el fondo, qué está sintiendo, qué le falta, qué añora. Pero siempre les conduzco a otra pregunta: ¿qué quieres conquistar? ¿Qué es eso que no tienes ahora y quieres lograr?

Desde ahí empezamos a trabajar. Porque querer lograr algo muchas veces parece un sueño, algo imposible.

No todo lo que queremos es posible. ¿Cómo distinguir entre una meta realista y una que no lo es?

Es importante aclararlo: no todo lo que queremos es alcanzable. Sería demasiado naïf pensar que sí. Cuando te conoces y te escuchas, surge lo que llamo intuición de ti mismo: un conocimiento que une tus talentos con lo que ves en el mundo y te indica qué metas están a tu alcance.

No viene de la inconsciencia ni de proyecciones irreales, sino de un diálogo profundo con tu cerebro, cuya parte subconsciente sabe más de ti que tu mente racional.

Desde ese lugar es más fácil lograr objetivos. En el libro lo llamo “haz posible lo imposible”: convertir lo que hoy parece inalcanzable en algo posible, guiando bien tu sistema.

La primera técnica es que tu cerebro quiera hacerlo. Para eso, necesita razones poderosas: demostrarle que avanzar te lleva a un lugar mejor. Este órgano tiende a repetir lo conocido para mantenernos a salvo; lo nuevo genera dificultad. Visualizar claramente la situación y sus beneficios permite que tu cerebro empiece a trabajar a tu favor. El primer paso es querer.

Ana Ibáñez explica cómo el estrés puede ser beneficioso.

Ana Ibáñez explica cómo el estrés puede ser beneficioso. Javier Ocaña

Escucharse parece el punto de partida. ¿Tenemos realmente tiempo para hacerlo hoy?

No, y ese es uno de los principales escollos. Los problemas de salud mental han aumentado: no sólo los graves, también el desánimo o la sensación de vivir en un estado tendente a lo depresivo. Muchos estamos quemados, faltos de energía y confundidos.

Escucharnos permite que nuestro sistema perciba y oriente el día hacia lo que nos hace bien. Si no lo hacemos, vamos despistados y no sabemos qué pedirle a nuestro cerebro, y él tampoco nos da nada.

Una clave es calmarlo para que aparezca una escucha profunda, conectando con lo subconsciente. En nuestro laboratorio estudiamos cómo aumentar las frecuencias alfa de calma activa las conexiones cerebrales y mejora cómo se siente la persona.

Lo fundamental es que te escuches: aparecen ideas e imágenes importantes que el ruido del día a día ocultaba. Ese es el lugar más sano.

Dentro de los diez pasos que propones, uno apunta a generar pensamientos positivos y mantener la energía. ¿Cómo se puede entrenar al cerebro para lograrlo?

Es clave entenderlo. Nuestro cerebro fabrica pensamientos, negativos o positivos, según su nivel de energía. Cuando estamos cansados, con hambre o sueño, es más fácil generar los primeros; al descansar, oxigenarse o hacer deporte, activa áreas del córtex prefrontal que generan los segundos.

Lo interesante es que lo que ya ha fabricado, lo puede volver a hacer. Una técnica efectiva es cerrar los ojos y visualizar una situación pasada en la que sentiste la energía que quieres ahora, de forma muy vívida y sensorial: ver, escuchar, sentir la temperatura e incluso observarte desde fuera.

El cerebro tiene dificultad para diferenciar lo real de lo imaginado si lo haces con todos los sentidos. Así genera la misma activación que en la experiencia original. Asociarlo a música que conecte con ese estado potencia el efecto. Con práctica diaria, se vuelve automático: cuando necesitas energía, tu sistema la recupera y empieza a generarla.

Dices que la concentración no depende de la fuerza de voluntad. ¿Por qué nos cuesta concentrarnos?

Exige esfuerzo: el cerebro debe apagar estímulos y centrarse en uno. Además, hemos perdido el hábito: saltamos de una cosa a otra y no lo practicamos. La clave es seducirlo: hacer que concentrarse sea más atractivo que lo que está haciendo en ese momento.

Una forma de lograrlo es crear una transición: poner música antes de empezar, moverse un poco o generar ráfagas de frecuencia alfa que calman y facilitan la concentración. Así, al sentarte a trabajar, tu cerebro ya está preparado y relaciona la concentración con algo sensorialmente agradable.

¿Qué estímulos ayudan a crear ese entorno agradable para concentrarse?

Pequeños detalles: tomar algo, como un café, o usar olores, como una vela o esencia. Se trata de crear una “burbuja” de concentración placentera. Cuando el cerebro asocia esto con sensaciones agradables, le cuesta menos repetirla.

Revivir estos estímulos —por ejemplo, un aroma— ayuda a entrar de nuevo en ese estado. En el libro hay muchos ejercicios, y cada persona puede elegir los que mejor se adapten a ella.

La dopamina parece clave para impulsarnos hacia lo que queremos. ¿Cómo funciona este proceso?

Nos permite disfrutar antes de que algo ocurra: anticipa el placer. Cuando recuerdas una situación agradable o asocias una actividad, como concentrarte, la música o un entorno de bienestar, activas tu circuito dopaminérgico y tu cerebro se motiva para volver a ese estado.

Lo importante es usar la dopamina con equilibrio: si buscamos constantemente placer, el umbral sube y necesitamos más para motivarnos. La clave es combinar esfuerzo y recompensa de forma sana.

¿Puede el estrés ser útil si se gestiona bien?

Claro. No es malo en sí, depende de cómo lo manejamos. Todo empieza por la escucha: entender por qué te estresas.

Si el cerebro percibe un beneficio claro, el estrés se convierte en una herramienta para avanzar y desarrollarse. Pero cuando no hay “para qué” ni control del tiempo, se vuelve negativo: afecta sueño, energía y pensamientos.

Por eso hay que compensar: equilibrar esfuerzo y descanso, poner límites claros y saber cuánto durará la presión. Cuando el cerebro sabe que hay un final, gestiona mejor la situación y reduce el impacto negativo.

En el alto rendimiento, por ejemplo con Alcaraz, entrenar el cerebro puede no ser tan difícil como mantenerlo durante toda la temporada. ¿Cómo se mantiene ese nivel?

La clave es la flexibilidad cerebral. Carlos sabe escucharse y valora pasarlo bien, lo que le permite entrenar para la competición y, a la vez, ajustar su ritmo durante la temporada. Si algo le desajusta, se toma días para él, porque entiende la relación entre beneficio y tiempo dentro del estrés.

En alto rendimiento, aprender a escucharse es fundamental: hay una línea muy fina entre exigirse al máximo y caer en exceso de sufrimiento. Por eso entrenamos resiliencia y conexión con la sabiduría interna, también a nivel subconsciente.

Así, mantener el nivel deja de ser un problema: no sólo se entrena para jugar, sino que se construye un cerebro flexible, capaz de sostener tanto la presión de la competición como la rutina diaria de entrenamiento.

El sueño suele ser lo primero que sacrificamos. ¿Qué pasa en el cerebro cuando no dormimos bien?

Dormir mal tiene un impacto profundo: afecta incluso la estructura cerebral y la capacidad de regeneración. Durante el sueño, el cerebro descansa, se limpia y se reorganiza; sin esto, empeoran la energía, el estado de ánimo, la alimentación, la agilidad mental y la capacidad de concentración.

Además, aumenta la probabilidad de pensamientos negativos y episodios depresivos. Dormir bien es fundamental y se aprende haciéndolo de forma constructiva: hay que “seducir” al cerebro para que se relaje, usando el cuerpo, la respiración y los pensamientos previos de manera consciente.

Actividades que no exijan control y rutinas atractivas facilitan que el cerebro se desconecte y descanse plenamente.

Ibáñez, en su gabinete Mindstudio.

Ibáñez, en su gabinete Mindstudio. Javier Ocaña

En un contexto dominado por la inteligencia artificial, ¿cómo mantener el control y no perder lo humano?

La clave está en lo humano. La IA seguirá creciendo, así que no se trata de rechazarla, sino de ponerla en su lugar. Y para eso, primero debemos colocarnos nosotros: decidir cómo queremos vivir y qué queremos sentir.

La atención es finita, como una linterna: ilumina aquello a lo que atendemos. Si dejamos que la inteligencia artificial decida qué iluminamos, perdemos parte de nuestra humanidad. Se trata de usarla como herramienta, pero mantener la atención en lo humano: la presencia, las experiencias, la naturaleza, el cuerpo. Todo lo que vivimos físicamente influye en nuestro mundo emocional.

Las generaciones actuales aún tienen esa base, porque la han experimentado. El reto está en los más jóvenes, que pueden no haber vivido eso. Por eso, es responsabilidad de los adultos generar experiencias que conecten con lo humano.

Una vez que el cerebro lo ha vivido, busca ese equilibrio de manera natural, incluso frente a la tecnología. La clave es mantenerlo vivo: hacer que las personas sigan conectadas con lo humano.

Para terminar, volvemos a los 10 pasos que mejoran tu cerebro. ¿Cómo recomendarías adentrarse en tu libro?

Me gusta dar libertad: lee el índice y elige lo que más te atraiga. Aun así, empezaría por el primer capítulo, “hacer posible lo imposible”, que ofrece pautas simples y visuales para empezar a jugar con tu cerebro y superar bloqueos iniciales.

Al inicio hay un QR con listas de música que crean una “burbuja de cuidado mental”, guiando la actividad cerebral de estados activos a más calmados o meditativos.

Un aspecto clave es “hablarle” al cerebro: comunícale de manera positiva qué quieres lograr, usando palabras, pensamientos y sentidos. Si te cuesta ponerlo en palabras, hazlo emocionalmente: ¿qué quieres sentir? Alegría, calma, concentración… Así le das luz para llevarte hacia ese lugar.