Retrato de la investigadora.

Retrato de la investigadora. Cedida

Protagonistas

La experta en IA Ana Reyes: "El coste de HODIO va a ser enorme y hay que preguntarse si su impacto puede justificarlo"

La catedrática de la URJC explica qué cabe esperarse de la herramienta y pide garantías de transparencia que velen por los derechos de la ciudadanía.

Más información: Revisores humanos e IA: así funcionará HODIO, el sistema de Sánchez para vigilar las redes usando tecnología de LaLiga

Publicada

El pasado 11 de marzo, Google registró un pico de búsquedas algo inusual: los españoles no dejaban de teclear la palabra "hodio" en el buscador. ¿Se habían vuelto locos? ¿Desde cuándo "odio" se escribe con hache? Son preguntas que podría haberse hecho cualquier técnico de Trends, la plataforma que registra las tendencias del famosísimo navegador. Pero no.

La cuestión es que, aquel día, el presidente Pedro Sánchez anunciaba una de sus novedades estrella en 2026: una herramienta institucional que promete medir el hate en redes sociales. Acrónimo de Huella del Odio y la Polarización, HODIO se concibe como un sistema de monitorización que analizará la toxicidad de plataformas como X, Instagram o TikTok.​​

Sobre el papel, el objetivo parece claro: identificar mejor los discursos nocivos, presionar a las tecnológicas para que actúen en defensa de la ciudadanía y proteger a colectivos vulnerables en un entorno donde una canción, un meme o un chiste viral pueden terminar en una causa judicial o, incluso, arruinando vidas y carreras.

Pero el tipo de tecnología sobre la que se construye HODIO es la misma que ya se utiliza en campañas políticas, estudios de mercado y proyectos de neurociencia aplicada. En ese cruce entre ciencia y Estado surgen las incógnitas: ¿qué pueden ver estas herramientas sobre nosotros?, ¿quién decide qué mensaje traspasa la línea roja?​

Para responderlas están expertos como Ana Reyes, que lleva años dentro del laboratorio donde hoy entra el Gobierno. Es catedrática de Comercialización e Investigación de Mercados y se ha especializado en el estudio del comportamiento del consumidor digital a través de la extracción de datos con IA y el análisis biométrico con tecnologías de neurociencia.​

El odiómetro de Sánchez

"Conozco bien lo que se pretende lograr con HODIO. Científicamente, es una plataforma para hacer algo similar a lo que hacemos nosotros: aplicar algoritmos y sacar conclusiones, sólo que aquí el foco está en los discursos nocivos, lo que lo hace todo más complejo", adelanta la experta. El matiz, subraya, es quién está al mando y con qué reglas.​

En este sentido, la herramienta se presenta como un indicador oficial que analizará la prevalencia del hate y su amplificación en contenidos públicos de las plataformas, y publicará un informe semestral con un ranking que señalará a las mismas por nivel de exposición al mismo.

Lo hará, insiste el Gobierno, uniendo técnicas de IA y revisión humana basada en criterios académicos e internacionales, con respeto a los derechos fundamentales. Sobre el papel, su ambición es convertirse en una especie de huella de carbono que hará visible qué redes concentran más toxicidad y hasta qué punto sus algoritmos contribuyen a extenderla.​

Para Reyes, el planteamiento tiene lógica, pero abre muchas preguntas. La primera: ¿cómo se aproxima uno al odio en internet? "Hay dos formas de trabajar. O extraes datos de todos los perfiles y los analizas para ver qué se dice, o usas listas de palabras y expresiones que previamente has relacionado con ello. Ambas son complicadas", dice.

La segunda duda es económica. "Desde el punto de vista científico, costaría mucho diseñar un sistema que identifique el hate de forma eficiente y que, al mismo tiempo, se mantenga en unos límites razonables de coste y complejidad", admite. Recuerda que las extracciones son "carísimas" y, para ello, cita un ejemplo que ella misma puso en práctica.

Retrato de Ana Reyes, investigadora y catedrática en la URJC.

Retrato de Ana Reyes, investigadora y catedrática en la URJC. Cedida

"Hace poco, en Espejo Público, hice un test para extraer en una plataforma creada por mí misma lo que se había dicho en el último mes en dos redes sobre Sánchez y Feijóo. Sólo esa extracción puntual costó 50 euros. Imagina lo que supondría aplicar esos algoritmos de forma continuada a toda la población o a todo el discurso que hay sobre el odio", cuenta.

X, concretamente, era una de las plataformas que más usaban los científicos antes de 2020 porque su API permitía un acceso muy sencillo y gratuito. "Ahora, cada vez que quieres hacer una extracción, te pueden pedir unos 300 euros por conectarte, así que hemos dejado de utilizarla tanto. Más que una prohibición absoluta, lo que hay son barreras económicas", explica.

En el caso de HODIO, no es la primera vez que el Gobierno pone en marcha herramientas vinculadas a la ciudadanía: ahí están la Cartera Digital, la conocida Radar Covid o la no tan exitosa Me Toca, promovida por Igualdad para repartir de forma corresponsable las tareas domésticas y de cuidados, que supuso aproximadamente 200.000 euros.

"El coste va a ser enorme y hay que preguntarse si se justifica por el impacto real que puede tener", apunta la especialista sobre uno de los puntos clave del debate, al que, además, suma la cuestión de las garantías. "Deberán ser muy claros con el objetivo, sobre qué se va a extraer y qué se va a hacer con ello", advierte.

¿Redes seguras o controladas?

"Para que hubiera una honestidad real, deberían publicarse, de forma controlada y respetando la ley, las bases de datos anonimizadas y los procedimientos, de forma que otros expertos pudieran verlos como en una revisión por pares. Esa lógica de método verificable es la que garantiza la objetividad en la ciencia y se debería trasladar al gobierno", insiste.

A su juicio, para que el sistema sea realmente justo, ha de contar con un comité de personas independientes, con alta cualificación y sin vinculación política directa, que supervise el diseño, los algoritmos y su interpretación. "Su papel sería el de asegurar que los resultados no se instrumentalizan para conseguir objetivos partidistas", defiende.

La catedrática también ofrece su opinión personal sobre la puesta en marcha de un proyecto con esta finalidad desde el Ejecutivo: "La libertad de expresión y el anonimato tienen su lado bueno y malo. Hay un equilibrio delicado entre protección y libertad que cualquier intervención gubernamental debe cuidar".

Paralelamente a HODIO, el Gobierno ha anunciado que tipificará como delito la manipulación de algoritmos y la amplificación de contenido ilegal, con la mirada puesta especialmente en X, alegando que los discursos nocivos en la plataforma han aumentado un 50% desde la compra de Elon Musk. En febrero, el magnate acusó de "traidor" al presidente del Gobierno.​​​

Reyes no entra a valorar cruzadas políticas ni económicas porque la visión que aporta es la técnica, en la que es una experta: "Asesoro a políticos con IA para ayudarles a conectar mejor con sus audiencias. Por eso, he creado la primera plataforma de escucha social pensada para ellos, altos directivos o personas expuestas a la opinión pública".

La lógica siempre es la misma: elegir una unidad de análisis —una persona, partido, tema como "inmigración" o "vivienda"—, extraer contenidos públicos asociados y analizarlos con algoritmos de sentimientos, palabras y hasta emojis: "He entrenado el programa para entender discursos políticos, pero las marcas lo hacen desde hace mucho para saber qué dicen de ellas".

Los políticos miran a la IA

Así se identifican las valoraciones que predominan cuando se habla de cualquier asunto, quién las impulsa y qué tono emocional las rodea.​ En este sentido, la investigadora percibe un interés creciente de los políticos, incluso de distintas ideologías, por este tipo de plataformas para entender qué piensa la opinión pública en el plano digital.

"Internet tiene una influencia real en las personas. Para impactar con un mensaje necesitas repetirlo muchas veces: no es lo mismo ver un anuncio en televisión mientras haces otras cosas que recibir estímulos constantes cuando pasas seis horas al día en Instagram o TikTok. La capacidad de impacto ahí es mucho mayor", destaca.

Y añade: "Entender las redes es clave y a muchos dirigentes les llama la atención, pero la aproximación suele ser cautelosa: no se usan estas metodologías a lo loco. Trabajan con expertos que les guían para no convertirlas en manipulación, porque eso dañaría sus marcas políticas a largo plazo. Necesitan asegurarse de que se hace en buenas manos".​

Pero la tecnología entraña riesgos cuando se usa indebidamente. Como prueba de ello, el escándalo de Cambridge Analytica, que usó datos de perfiles de Facebook para dar asistencia analítica a las campañas de Ted Cruz y Donald Trump en las elecciones de 2016. Ella misma recuerda aquella polémica como un ejemplo de lo que nunca se debería permitir.

La plataforma fue igualmente acusada de interferir en el referéndum del Brexit, si bien la investigación concluyó que no intervino más allá de ciertas indagaciones iniciales: "El caso puso sobre la mesa hasta qué punto se puede microdirigir el discurso político cuando tienes suficiente big data y algoritmos entrenados, y la necesidad de regular sus usos".

Ana Reyes ante el objetivo.

Ana Reyes ante el objetivo. Cedida

Más allá de la política de partidos, su grupo ha aplicado estas mismas metodologías para leer la conversación social: "En 2018, por ejemplo, hicimos una investigación con el hashtag del Día Mundial del Medio Ambiente: extrajimos todo lo que se decía en Twitter con el objetivo de ver qué temas interesaban más y menos en relación con los ODS".

También, cuenta, "en 2020 analizamos el #MeToo, recopilamos los tuits relacionados y los analizamos con algoritmos. A partir de ahí pudimos estudiar la identidad colectiva que había tras el movimiento y su impacto". Ese tipo de estudios también permitiría hallar, ejemplifica, "discursos misóginos, negacionismos y etiquetas que surjan contra colectivos".

Desde esta mirada, HODIO encaja en una idea más amplia: usar los datos como puente entre la conversación ciudadana y la agenda política. "Estas herramientas, bien usadas, pueden ayudar a entender mejor las preocupaciones sociales y a conectar la realidad cotidiana de la población con la de quienes toman decisiones", valora.

Las redes son puentes entre los temas que hoy irrumpen en el debate público y que mañana podrían debatirse en el Congreso o acabar creando etiquetas, como ocurrió con la palabra 'mena' hace unos años. En este sentido, Reyes hace hincapié en que uno de los mayores poderes de esta tecnología es la de predecir comportamientos futuros.

"Cuando extraemos big data podemos usar lo que sabemos sobre los comportamientos pasados de los usuarios para averiguar a quiénes van a votar o cuánto gastarán en navidades", destaca. Sin embargo, el Gobierno asegura que este sistema, basado en el ya existente FARO con tecnología de LaLiga, no tendrá acceso a mensajes privados ni a información personal.

Tecnología y emociones

Ana Reyes cree que el contexto en que surge HODIO no es casual, sino fruto de una ola de polarización que inunda internet: "Las personas estamos llenas de sesgos y uno de ellos es el de confirmación: tendemos a rodearnos de personas que opinan como nosotros, seguimos a perfiles afines y consumimos contenidos que refuerzan nuestra posición".

Y añade: "En lugar de hablar con tres amigos con opiniones diferentes para 'arreglar el mundo', lo hacemos con tres millones de personas que comparten nuestro discurso, y eso nos da la falsa sensación de que todo el mundo piensa igual. Por eso, creo que es más importante que nunca que existan organismos objetivos que ofrezcan una visión neutral basada en datos".​

La catedrática de la URJC también enlaza la discusión sobre HODIO con el impacto cotidiano de las redes. Esas métricas no sólo sirven para medir mensajes nocivos: también ayudan a entender cómo nos afectan los entornos digitales en nuestra vida diaria.

En 2025, coordinó un proyecto con la Sociedad Española de Neurología para analizar qué sienten las personas en torno a la mesa y cómo influyen factores como el uso de pantallas. "Hallamos que cuando usamos el móvil al comer, nuestra alegría desciende un 232% y ese efecto se multiplica por cuatro entre los 19 y los 35 años", destaca.

Antes, ya había llevado esta lógica al terreno del arte. Otro de sus proyectos más reseñables es el que ha desarrollado con el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Quirónsalud y la Universidad Rey Juan Carlos para medir las emociones que provoca el arte. Un centenar de personas vieron 125 obras mientras equipos biométricos registraban sus reacciones.

De ese experimento salió una colección digital que permite navegar por los cuadros según la emoción predominante y ha llevado a Quirónsalud a instalar en sus hospitales las obras más positivas. "Mujer en el baño, de Roy Lichtenstein, es la más alegre, con un 91,8%", señala.​

En este escenario, la misma tecnología que permite leer cuándo sentimos alegría, sorpresa o aversión tiene el potencial de convertir a HODIO en un termómetro para tomar la temperatura del hate, obligar a las plataformas a asumir más responsabilidad y alumbrar políticas mejor informadas, o puede llevar a todo lo contrario. El tiempo lo dirá.

Radiografía del hate

Según el último boletín trimestral del Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia (OBERAXE), entre octubre y diciembre de 2025 se detectaron 120.990 mensajes nocivos en redes, una media de 1.300 al día, tras un pico excepcional de 331.817 en el trimestre anterior condicionado por los sucesos de Torre Pacheco.

El informe marca un hito porque, por primera vez, Facebook, Instagram, TikTok y YouTube han aportado datos sobre retirada proactiva: contenidos que eliminan antes incluso de recibir denuncias de usuarios. Gracias a esa moderación preventiva, han borrado una media anual del 41% de los mensajes reportados.

El boletín detalla quiénes son las principales dianas: el 67% de los comentarios racistas se dirigieron a personas originarias del norte de África o magrebíes y un 25% fueron islamófobos; un 5% de este odio fue antisemita, con picos ligados a la guerra en Gaza. Un 16% de los contenidos utilizan emojis o códigos visuales para esquivar filtros.

En el ámbito económico, destacaron los generados tras el desalojo en Badalona de 400 inmigrantes de un centro educativo abandonado. Y otra parte destacable del hate se concentró en el fútbol, con picos de ataques contra jugadores como Lamine Yamal y Vinícius Júnior.