Anne-Aymone Giscard, en un posado para Magas.
Anne-Aymone Giscard, la primera dama con mayor poder en el Elíseo: "Brigitte Macron me pidió consejo"
La esposa del presidente francés Valéry Giscard d’Estaing pidió despacho propio y se diferenció de sus antecesoras con una agenda más relevante.
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Anne-Aymone Giscard d’Estaing (París,1933) fue la primera mujer de un presidente de la república francesa en reclamar un despacho propio en el Elíseo. Quería tener más representación que sus antecesoras. Sin embargo, continuó viviendo en su casa.
El palacio no estaba acondicionado para una familia numerosa y quería que sus cuatro hijos adolescentes mantuvieran una vida lo más normal posible.
Allí constató que ninguna institución respondía específicamente a los casos de violencia infantil. Para llenar ese vacío y combatir esa lacra creó la Fundación por la Infancia, que dirigiría durante 35 años.
Fue primera dama de Francia en los 70.
En 1974, la llegada a la sede oficial de la presidencia de un joven y brillante exministro de finanzas, Valéry Giscard d’Estaing, trajo a una Francia tradicional un soplo de aire fresco y un nuevo estilo de comunicación política, muy influido por Kennedy.
Un cambio, no una ruptura, para modernizar el país, y grandes avances sociales eran la prioridad del nuevo presidente de la República.
Durante su septenio, entre muchas otras medidas, se creó el primer ministerio para los asuntos de la mujer, se despenalizó el aborto, se financió la píldora anticonceptiva, se estableció el divorcio por mutuo acuerdo y la baja por maternidad experimentó avances significativos.
VGE (acrónimo de Valéry Giscard d’Estaing) “ha sido siempre —escribía Paco Umbral— la misma cosa: derecha progresista, alta burguesía ilustrada, sprit y esbeltez de Francia".
Uno se imagina a un brillante y seductor VGE, con enorme confianza en sí mismo y a una inteligente y observadora Anne-Aymone, con los pies en el suelo y sin autocomplacencia… Una unión que duraría 68 años.
Sauvage de Brantes es su apellido de soltera. Desciende por parte materna de una amante del duque de Berry y de un magnate con fortuna de origen cubano, de los Terry que emigraron a Cádiz durante la persecución religiosa en Irlanda por parte de los ingleses.
Los adversarios políticos apelaban a su origen social para atacarla. Lo cierto es que es elegante y distinguida. En las fotografías de aquella época se la ve maravillosamente vestida de Chanel, Dior, Courrèges, Cardin, Scherrer…
Afirma que le gusta arreglarse y tener cosas bonitas, pero cuando era primera dama eso “era más bien una obligación profesional, pues también tenía que representar la costura francesa”.
Su discreción, su sobriedad y su vocación de servicio responden a un tipo de educación. Le pregunto si cree que son valores de un mundo pasado.
“Espero que no hayan pasado del todo —contesta—, pero es cierto que también eran valores militares. Mi abuelo y mi padre estaban en el Ejército y, por lo tanto, tenían una vocación de servicio al país".
Su padre combatió en la Resistencia. Fue deportado por los alemanes al campo de concentración Melk-Mauthausen y murió de tifus en 1944. Ella tenía 11 años.
A veces, la prensa cae en clichés. Uno es la timidez de Anne-Aymone. Pero, frente a mí, tengo a una mujer firme. En sus memorias, su marido escribió que ella “no le temía a nada”, que “tenía una gran fortaleza de espíritu” y “podía afrontar las pruebas más difíciles sin dar señales de debilidad”.
Aduce que más que tímida es reservada, que se crio “en una familia en la que no se expresaban mucho los sentimientos, con esa influencia inglesa de never complain, never explain (nunca te quejes, nunca des explicaciones)".
Aymone es un nombre de origen germánico que alude a la protección del hogar. Vive entre París y un chateau con explotación agrícola y forestal en la antigua provincia de Turena, su pays d’origine. Allí están enterrados su hija y su marido.
Ha venido a Madrid para asistir al bautizo de su segundo bisnieto hispanofrancés. La familia es una de sus grandes alegrías. Hoy por la mañana ha visitado las Colecciones Reales. Mañana, tras la celebración, vuelve a París.
Tiene una genética y un cutis envidiable. Una voz quebradiza de discurso claro y fluido. Estamos sentadas en uno de esos sofás en los que te hundes y cuesta levantarse. Terminada la entrevista, le tiendo discretamente la mano, pero, con disciplina militar y algún esfuerzo, se levanta sola. Así de bien está a los 93 años.
Anne-Aymone Giscard, en un momento de la entrevista-
Un recuerdo de la infancia…
Hay uno muy marcado. Tenía ocho años. Mi padre fue nombrado embajador de Francia en Lisboa. Dejamos el país, que estaba ocupado por los alemanes, en plena guerra y llegamos a Portugal, que era un lugar en paz. Esa fue una época de mi vida realmente bendita.
Usted se casó muy joven, con 19 años. Su marido, Valéry Giscard d’Estaing, tenía 26. ¿Qué le atrajo de él?
Él era uno de los jóvenes más brillantes de su generación. Con 26 años ya había servido en el ejército y combatido contra los alemanes en la 2ª Guerra Mundial. Después cursó unos estudios de manera extremadamente sobresaliente. Además, era muy guapo.
Y cuando sus hijos se hicieron mayores, ¿qué cualidades personales valoraba más en él?
Era alguien que se interesaba por todo y muy atento con la familia.
Usted llegó al Elíseo como primera dama sabiendo que quería tener un papel diferente…
Resulta que había conocido a las anteriores: primero a Madame de Gaulle, durante varios años; y luego a Madame Pompidou, siendo su marido primer ministro y luego presidente. Eso me permitió reflexionar sobre el papel que llevaban a cabo. No quería hacer lo mismo que ellas.
¿Y qué quería hacer?
En primer lugar, ser más independiente y, además, sentirme útil. Era realmente una oportunidad excepcional para poder hacer cosas que sirvieran a las demás.
¿Que usted reclamara despacho propio causó un gran revuelo?
Así es. Era algo insólito, fuera de la tradición. Pero, como había participado en la campaña electoral de mi marido y había desempeñado un papel importante en ella —tenía una oficina y gente que trabajaba conmigo—, me parecía totalmente normal continuar así.
Cuando Macron fue elegido presidente, su mujer, Brigitte, le pidió a usted consejo sobre el papel que debía desempeñar como primera dama. ¿Qué le dijo?
Que no podía dárselo. Cada uno tiene su personalidad, sus elecciones e intereses personales. Por lo tanto, era ella quien debía definirlo.
La primera dama está siempre en el punto de mira. ¿Cómo soportaba la presión? En un reportaje, una periodista decía que quizá el más exigente con usted era su marido.
Lo era con todo el mundo. Quería que Francia fuera representada por los mejores. Eso era, realmente, algo que le importaba mucho.
Un amigo me dice hay que agradecer a su marido que el chef Bocuse creara la Sopa de Trufas Negras VGE. ¿Era un gourmet?
Sí, le gustaba rendir homenaje a todo lo excelente, en cualquier ámbito (sonríe).
Durante su mandato viajó por toda Francia para conocer de cerca el país.
En efecto. En los prácticamente siete años que duró la presidencia, casi todos los meses pasaba dos o tres días en un departamento francés para conocerlo a fondo y contarle luego a mi marido cómo eran las cosas en provincias.
¿Qué destacaría de estos viajes?
Lo bella y variada que es Francia. Y lo agradables que eran, en términos humanos, las personas que conocí. He mantenido la amistad con algunas de ellas durante años.
¿Ha seguido participando en la vida pública tras la salida del Elíseo?
Fui concejala en un pueblo de Auvernia. Me gustó mucho, pero eso fue prácticamente toda mi contribución a la vida pública.
A sus 92 años, la francesa hace repaso de su vida pública.
En 1977, creó la Fundación por la Infancia. ¿Por qué eligió esta causa social?
En el Elíseo recibía mucho correo. Cuando algunos franceses no encontraban una solución a sus problemas, pensaban en la esposa del presidente como último recurso. Así que me escribían para pedirme ayuda.
Me di cuenta, junto con mis colaboradores, de que, cuando se trataba de ayudar a niños que habían sido víctimas de violencia, violaciones, incesto..., no sabíamos a quién acudir. No había realmente ninguna institución que pudiera responder a estas cosas horribles.
Gracias a mi marido, que donó los beneficios de su libro Democracia francesa, pude crear esta fundación que presidí durante 35 años.
Hoy es usted presidenta de honor.
Sí, pero eso no significa nada.
¿Cuáles son los mayores obstáculos que ha encontrado en estos 35 años de trabajo?
La violencia contra la infancia es algo muy difícil de conceptualizar, porque resulta inconcebible. Por eso resulta muy difícil a los niños hacerse entender y a los adultos escuchar. Pensamos que había que hacer estudios, contratar a personas competentes y establecer protocolos de cómo apoyar a nuestra infancia.
Hoy en día, ¿cuál es el mayor problema acerca de la violencia infantil?
Por desgracia, veo que los problemas no han cambiado. Es difícil saber por qué. Hay personas, instituciones, ministerios, asociaciones, etc., que trabajan periódicamente para concienciar y sacar a la luz estos problemas.
Pero, muy pronto, la atención se desvía y las cosas siguen igual. Aunque la toma de conciencia sea mayor, sigue siendo muy precaria.
La legalización del aborto, la financiación de la píldora anticonceptiva, el divorcio por mutuo acuerdo son logros del mandato de su marido. ¿De dónde provienen sus ideas en este ámbito?
Creo que surgieron de la observación de lo que estaba pasando. Por ejemplo, en lo que respecta al aborto, yo había realizado trabajo social en zonas pobres y había observado los apuros en los que se encontraban algunas mujeres que tenían muchos hijos y carecían de medios para acoger más.
Otras mujeres de clases más acomodadas podían ir a Inglaterra, Suiza o Bélgica para solicitar un aborto. Por lo tanto, me parecía una enorme injusticia. De hecho, mi marido quiso reparar esa situación.
¿Y cómo influyó su feminismo en el de su marido y viceversa?
No sé si yo, personalmente, influí en lo que él pensaba o hacía. Estaba muy atento a que las mujeres pudieran ocupar un lugar más importante. Le parecía indispensable otorgarles nuevos derechos.
Resulta que me casé muy joven y, como mi padre había fallecido, heredé un poco de dinero, por lo que pude tener una cuenta bancaria a los 20 años. Pero, en aquel entonces, la mujer no podía abrirla sin el permiso del padre o marido. Ahora nos parece algo tan inverosímil.
Afortunadamente, han cambiado mucho las cosas.
Sí, y creo que en ese sentido España es formidable. Al mismo tiempo, no estoy segura de que la paridad deba ser obligatoria. Es casi despectivo para las mujeres.
El año pasado, el Gobierno español propuso garantizar el derecho al aborto en la Constitución, algo que ya ha hecho el parlamento francés. ¿Qué opina?
Se ha hecho en Francia, pero no parece ser un tema adecuado para la Constitución. Esta es, al fin y al cabo, algo muy jurídico, y no se pueden incluir en ella todos los derechos de todas las personas.
Ha estado casada durante 68 años. Como en todas las relaciones, hay momentos difíciles y momentos felices. ¿Cuáles fueron unos y otros, en su caso?
Creo que los peores fueron después de que Valéry perdiera la reelección, en 1981. Para él fue muy duro y para mí también. Por desgracia, en Francia, en ese momento, hubo una especie de voluntad política, por así decirlo, de ocultar todo lo que él había hecho.
Por ejemplo, cuando íbamos de viaje, las embajadas francesas tenían orden de no recibirnos. Ahora se le está empezando a redescubrir, a rendir homenaje, pero ha llevado mucho tiempo.
¿Y los más dulces?
Los momentos pasados en familia, por supuesto, y luego los viajes, descubrir otros países.
¿Destacaría alguno de ellos?
Es difícil decirlo, ¡hay tantos lugares maravillosos! Pero durante varios años, en los 80 y 90, íbamos todos los veranos a un foro organizado por el expresidente de los Estados Unidos, Gerald Ford, que reunía a políticos y empresarios.
Era interesante, pero además se celebraba en un lugar muy bonito en Colorado, en las Montañas Rocosas. Así que, cuando terminaba, alquilábamos un coche y nos íbamos los dos a visitar los estados del centro de Estados Unidos, que son magníficos desde el punto de vista de la naturaleza y el paisaje. Y nos liberábamos de todas las preocupaciones, tanto políticas como de otro tipo.
Usted ha declarado que los siete años que pasó en el Elíseo fueron un periodo intenso, pero quizá no feliz. ¿En qué medida el poder cambia a las personas?
Sin duda, lo hace. Creo que es muy difícil escapar de ello, porque todos los que están alrededor también se benefician un poco del aura de quien está en el poder.
Y, por lo tanto, hay una tendencia a evitar decir cosas difíciles. No creo que sea algo deliberado por su parte, sino algo natural. Y eso acaba creando una especie de círculo que te aísla del resto.
¿Sigue usted la actualidad? ¿Qué opina de la situación mundial? ¿Y Europa?
¡Ay! En prácticamente ninguna región del mundo reina la paz. Es muy preocupante.
Europa era el gran sueño de mi marido. Se ha logrado mucho, pero, por desgracia, sigue habiendo mucho egoísmo nacional, pequeños intereses de cada uno que hacen que no avancemos tanto como deberíamos, sobre todo en este momento en el que Europa debería estar unida y ser fuerte.
¿Qué le gusta hacer normalmente?
Me gusta mucho leer y la vida en el campo, donde paso la mitad del tiempo. Disfruto de la naturaleza, los árboles, las plantas, la jardinería...
¿Qué está leyendo?
Leo un poco de todo, novelas... Depende de las circunstancias. El año pasado hice un crucero por Islandia, así que me interesé por los países nórdicos. Y, desde entonces, he leído todos los relatos de las exploraciones polares, que son apasionantes. Ahora he vuelto a cosas más normales (se ríe).
¿Cómo le gustaría que la recordaran?
Mire, no me corresponde a mí decirlo. Espero que mi familia me recuerde como una buena abuela (sonríe).
Anne-Aymone Giscard vive feliz rodeada de sus nietos y bisnietos.
¿Y qué destacaría de esta etapa de su vida?
He tenido mucha suerte, porque estoy muy rodeada de mis hijos, mis nietos y mis bisnietos. Eso me da mucha alegría.
¿Cuál es el secreto de su buena forma física y mental?
Supongo que es una cuestión de herencia genética. Además, llevo una vida muy sana. Voy al campo, respiro aire fresco, disfruto de la naturaleza. Creo que eso me mantiene en forma.
¿Y de la salud mental?
Me sigo interesando por lo que pasa, me gusta hablar con los jóvenes…
¿Qué le hubiera gustado hacer o ser si hubiera nacido hace 30 años?
Nunca he reflexionado sobre ello (dice sonriendo sorprendida). Nunca.