Los resultados del Informe PISA han llegado junto a la vuelta al cole.

Los resultados del Informe PISA han llegado junto a la vuelta al cole. Álex Zea Europa Press

Actualidad

El último lujo será prestar atención

Publicada

Hay una escena que se repite estos días a la puerta de los colegios. Los niños entran cargados con mochilas, los padres se quedan unos segundos mirándolos y, casi inmediatamente después de despedirse de ellos, muchos miran el teléfono.

No hay que dramatizarlo. Probablemente sea un correo. Un WhatsApp. Una noticia. Algo que creen urgente porque alguien, en alguna parte, ha conseguido que aparezca iluminado en una pantalla.

Lo interesante es la contradicción. Buena parte de la vida adulta transcurre preocupada porque los niños no se concentran dentro de un sistema económico construido precisamente para que nadie lo haga durante demasiado tiempo.

Quizá por eso uno de los grandes privilegios del futuro no vaya a ser tener más información, sino ser capaz de ignorarla.

El verdadero lujo será prestar atención.

Los últimos datos de PISA ofrecen una fotografía difícil de pasar por alto. Entre 2015 y 2025, la comprensión lectora de los alumnos de la OCDE ha caído 28 puntos, una pérdida que equivale aproximadamente a un año y medio de aprendizaje. En matemáticas, el descenso ha sido de 22 puntos.

España no está fuera de esa tendencia. Solo el 68% de los estudiantes de 15 años alcanza al menos el nivel básico de competencia lectora, ligeramente por debajo de la media de la OCDE. Más inquietante resulta el otro extremo: apenas un 2% de los españoles llega a los niveles más altos de lectura, frente a un 6% de media en la OCDE.

Son los niveles en los que un adolescente es capaz de enfrentarse a textos largos, comprender ideas abstractas y distinguir hechos de opiniones utilizando indicios que no siempre están expresamente señalados.

No parece una habilidad menor precisamente ahora.

Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y nunca había sido tan importante saber desconfiar de ella.

La revolución que se está produciendo en las aulas no es únicamente la del teléfono móvil. Hay una criatura mucho más interesante sentada ya junto a nuestros hijos: la inteligencia artificial.

En España, el 54% de los estudiantes de 15 años dice utilizar chatbots de inteligencia artificial al menos una vez por semana para aprender, frente al 46% de media de la OCDE.

El 42% los utiliza para hacer una primera investigación sobre un tema; el 40%, para resumir un texto que debía leer; y el 33%, para redactar trabajos escritos. Sólo el 8% asegura que prácticamente nunca utiliza IA para ninguna de las tareas escolares analizadas por PISA.

Es difícil encontrar un experimento educativo de semejante magnitud realizado con tanta naturalidad.

En apenas tres años hemos puesto al alcance de millones de niños una herramienta capaz de resumirles el capítulo que no han leído, redactar la introducción que todavía no saben escribir, resolver la ecuación que deberían intentar comprender y sugerirles el argumento que aún no han tenido tiempo de pensar.

Sería absurdo responder a esto con nostalgia.

Las calculadoras no destruyeron las matemáticas. Wikipedia no acabó con la cultura. Google no terminó con la memoria y, desde luego, la imprenta tampoco destruyó el pensamiento, aunque hubo quien lo temiera.

La inteligencia artificial será una herramienta extraordinaria. Ya lo es.

Pero toda herramienta incorpora una tentación: dejar de hacer aquello que esta hace por nosotros.

Y ahí empieza una conversación mucho más interesante que la habitual pelea entre tecnófilos y apocalípticos.

Porque educar no consiste solamente en llegar a una respuesta correcta.

Consiste también en atravesar el incómodo territorio que existe antes de la respuesta.

Buscar. Equivocarse. Releer. Aburrirse. No entender. Volver atrás. Encontrar una palabra que no aparecía. Sostener durante unos minutos la frustración de no saber.

Durante mucho tiempo llamamos a todo eso aprender.

Ahora existe el riesgo de considerarlo una ineficiencia.

La investigación más reciente sobre educación e inteligencia artificial formula la advertencia con bastante claridad: utilizar inteligencia artificial generativa puede mejorar el resultado de una tarea sin producir necesariamente aprendizaje.

Cuando delegamos parte del esfuerzo cognitivo en herramientas generalistas, podemos entregar un trabajo mejor y, sin embargo, haber aprendido menos.

Es una paradoja espléndidamente contemporánea: podemos parecer más inteligentes sin habernos vuelto más inteligentes.

Y quizá no les esté ocurriendo solamente a los niños.

También los adultos dejan que el navegador los lleve a una calle que conocían, buscan el teléfono que antes recordaban, consultan inmediatamente un dato que hace algunos años habrían intentado recuperar de la memoria y empiezan a pedir a una máquina que redacte incluso las frases con las que quieren explicar lo que piensan.

No hay ningún pecado en ello.

La cuestión no es moral. Es muscular.

Las facultades humanas que dejamos de ejercitar se parecen bastante a los músculos: no desaparecen de golpe; simplemente se van volviendo menos necesarias.

Y después menos disponibles.

Hay otro dato de PISA que resulta revelador. El 29% de los alumnos españoles afirma que sus compañeros se distraen habitualmente utilizando dispositivos digitales durante la mayoría o la totalidad de las clases de ciencias.

Esos estudiantes obtienen, de media, 16 puntos menos en esas materias que quienes no describen esa distracción, incluso después de tener en cuenta las diferencias socioeconómicas entre alumnos y centros.

Eso no demuestra que un teléfono provoque por sí solo 16 puntos de pérdida. La educación rara vez permite causalidades tan cómodas.

Pero sí describe algo que cualquiera reconoce.

La distracción es contagiosa.

Para dejar de escuchar a un profesor ni siquiera hace falta sacar el propio teléfono. Basta con que alguien lo haga al lado.

Por eso España ha avanzado rápidamente en las restricciones. En 2025, el 86% de los estudiantes estudiaba ya en centros donde el móvil estaba prohibido en las instalaciones escolares; tres años antes eran el 67%.

En el conjunto de la OCDE, los alumnos de colegios con ese tipo de limitaciones tienen alrededor de un 13% menos de probabilidades de declarar distracción digital.

Pero sería demasiado cómodo declarar victoria dejando el móvil en una caja a las nueve de la mañana.

Porque los niños están creciendo en una sociedad en la que las personas más brillantes de algunas de las empresas más poderosas del mundo trabajan para conseguir que alguien mire una pantalla 30 segundos más.

Compiten contra colores, vibraciones, recompensas variables, vídeos que empiezan solos, titulares diseñados para provocar indignación y aplicaciones que conocen bastante bien cuánto tardamos en aburrirnos.

Y después le pedimos a un profesor, a las diez y cuarto de la mañana, que explique la fotosíntesis.

Tal vez el milagro sea que todavía alguien atienda.

Durante años hemos hablado de la desigualdad digital como la diferencia entre quienes podían acceder a la tecnología y quienes no.

Empieza a aparecer otra desigualdad más sofisticada.

La diferencia entre quienes pueden escapar de ella y quienes no.

Habrá niños con habitaciones silenciosas, libros, adultos disponibles, límites tecnológicos, profesores particulares, actividades al aire libre y familias capaces de comprar algo que cada vez será más caro: tiempo sin interrupciones.

Y habrá otros cuya vida entera suceda dentro de dispositivos diseñados para monetizar su atención.

Es posible que la próxima gran brecha educativa no separe a quienes tienen ordenador de quienes carecen de él.

Puede separar a quienes consiguen concentrarse de quienes no.

Por eso defender la atención no debería convertirse en una nueva batalla moral contra los adolescentes. Sería profundamente injusto.

Los adultos construyeron este mundo antes de entregárselo.

Compraron el primer teléfono, fotografiaron cada cumpleaños, contestaron mensajes durante la cena, consultaron el correo mientras alguien hablaba y luego empezaron a decirles que dejaran la pantalla.

Los niños tienen un talento extraordinario para detectar las doctrinas que los adultos no practican.

Pero los nuevos datos contienen también una noticia que interesa mucho más que cualquier lamento generacional.

El 90% de los adolescentes españoles dice sentirse parte de su colegio.

Es uno de los porcentajes más altos de todos los países analizados por PISA.

Conviene detenerse ahí.

Porque quizás explica por qué seguimos necesitando colegios incluso cuando todo el conocimiento imaginable cabe ya en un teléfono.

Un colegio no es solamente un lugar donde alguien transmite información.

Si fuera eso, probablemente Internet ya habría ganado.

Es un lugar donde otras personas requieren nuestra presencia.

Hay que escuchar a alguien que no hemos elegido. Esperar nuestro turno. Compartir espacio con quien piensa distinto. Hacer una pregunta sin conocer la respuesta. Defender una idea delante de otros. Equivocarse públicamente. Descubrir que uno no es siempre la persona más importante de la habitación.

Y, de vez en cuando, mirar por la ventana.

Durante generaciones, mirar por la ventana en clase fue la definición misma de distraerse.

Puede que pronto tengamos que reconsiderarlo.

Un niño capaz de permanecer diez minutos mirando unas nubes, siguiendo una conversación o leyendo cuatro páginas sin comprobar si algo reclama su atención estará realizando una actividad casi subversiva.

No deberíamos educar a nuestros hijos para competir con las máquinas.

Las máquinas ganarán muchas de esas competiciones.

Calculan mejor. Buscan más rápido. Almacenan más información. Empiezan incluso a escribir razonablemente bien.

Deberíamos educarlos precisamente en aquello para lo que una máquina no tiene prisa.

Prestar atención a otra persona.

Leer hasta el final.

Cambiar de opinión.

Dudar de una respuesta convincente.

Soportar unos minutos de aburrimiento hasta que aparezca una idea.

Quizá incluso escribir un texto sin saber todavía cómo va a terminar.

Hemos pasado siglos intentando que el conocimiento estuviera al alcance de todo el mundo. Sería una ironía monumental conseguirlo justo cuando empezamos a perder la capacidad de permanecer delante de él.

El futuro estará lleno de inteligencias.

Lo extraordinario será encontrar a alguien dispuesto a prestar atención.