Imagen de archivo de una mujer relajándose en el mar.

Imagen de archivo de una mujer relajándose en el mar. iStock

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Vacaciones 'JOMO'

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Hay una escena que se repite cada verano y que, sospecho, dentro de unos años servirá para explicar mejor nuestra época que cualquier tratado sobre redes sociales.

El camarero deja un arroz en el centro de la mesa. Todavía humea. El punto es perfecto. Sin embargo, nadie come. Cinco teléfonos sobrevuelan el plato buscando el mejor ángulo, alguien mueve la copa porque hace sombra, otro pide que nadie toque el alioli y un niño, que aún no ha aprendido las reglas de este tiempo, alarga el tenedor.

Una voz le detiene: "Espera, que falta la foto". El arroz puede enfriarse. La publicación, no.

Todos hemos tenido veranos FOMO. Yo también. Todos hemos sentido esa necesidad casi infantil de contar dónde estábamos, de enseñar el hotel, el paseo, la cala escondida que dejó de serlo en cuanto apareció en Instagram, el desayuno con vistas o la puesta de sol que acabamos contemplando a través de la pantalla del móvil.

Durante demasiado tiempo confundimos compartir la vida con necesitar que la vida fuera compartida.

Hace unos años aprendimos una palabra para describir esa ansiedad. FOMO. Fear of Missing Out. El miedo a perderse algo.

La sospecha de que la mejor conversación sucede en otra mesa, de que la playa más bonita está siempre un poco más lejos y de que las vacaciones de los demás, vistas desde el sofá o desde la oficina, tienen inevitablemente mejor luz que las nuestras.

Bastaba abrir una red social para convencerse de que el verano propio siempre era un poco menos verano.

Pero, casi sin hacer ruido, ha empezado a aparecer otra tribu. No anuncia un retiro digital. No publica una fotografía desde el aeropuerto acompañada de una frase solemne sobre la necesidad de desconectar. Simplemente desaparece.

Sus perfiles dejan de moverse durante días, a veces durante semanas, y cuando vuelven no traen un álbum de imágenes perfectamente editadas. Traen otra cosa. Descanso.

También para eso alguien ha inventado un nombre. JOMO. Joy of Missing Out. La alegría de perderse las cosas. Sonreí al descubrirlo porque necesitábamos unas siglas en inglés para explicar algo que nuestros padres practicaban con absoluta naturalidad: irse de vacaciones sin que nadie supiera demasiado dónde estaban.

Confieso que siento una simpatía especial por los del JOMO estival. No porque sean mejores personas ni porque vivan al margen de este tiempo. Al contrario. Muchos de ellos pasan el resto del año exactamente igual que todos nosotros. Escriben, opinan, publican, responden, comparten, enseñan, fotografían, comentan. Viven en la plaza pública.

Quizá por eso, cuando llega agosto, sienten una necesidad casi física de cerrar la puerta. No para huir del mundo, sino para volver a escucharlo.

Hay escenas que empiezan a despertar en mí una ternura extraña. Parejas contemplando un atardecer de espaldas al horizonte porque buscan el contraluz perfecto.

Niños que aprenden demasiado pronto que el helado no empieza cuando llega a la mesa, sino cuando termina la sesión de fotos.

Amigos capaces de repetir cuatro veces una entrada en el agua porque la primera no quedó suficientemente espontánea. Todos hemos hecho alguna de esas cosas.

Lo inquietante no es haberlas hecho. Lo inquietante es haber dejado de encontrarlas raras.

Las vacaciones siempre fueron una conquista del tiempo. Ahora corren el riesgo de convertirse en una producción audiovisual.

Acumulamos miles de fotografías que apenas volveremos a mirar y, mientras tanto, dejamos escapar cosas mucho más difíciles de conservar.

El sonido de los cubitos golpeando un vaso al caer la tarde, una conversación que se alarga sin mirar el reloj, el olor de un libro recién abierto, la felicidad casi olvidada de descubrir que el teléfono lleva horas en otra habitación y el mundo, contra todo pronóstico, ha seguido funcionando perfectamente sin nosotros.

Tal vez el verdadero lujo haya cambiado de sitio. Ya no consiste en viajar más lejos, encontrar la playa secreta o reservar la mesa imposible.

El auténtico privilegio empieza el día en que dejamos de levantar acta de nuestra propia felicidad. Cuando comprendemos que algunas cosas no mejoran porque las vea más gente, sino precisamente porque solo pertenecen a quienes estaban allí.

Septiembre volverá con su ruido de siempre. Regresarán las reuniones, las opiniones, los mensajes marcados como urgentes, las fotografías y esa costumbre tan contemporánea de contar constantemente dónde estamos.

Ya habrá tiempo para todo eso. Pero ojalá nos quede algo de ese verano silencioso, del que no necesitó testigos, del que no pedía cobertura porque estaba demasiado ocupado sucediendo.

Quizá ese sea, al final, el verdadero significado de las vacaciones JOMO. No desaparecer del mundo. Desaparecer, por unos días, del escaparate. Porque hay veranos que se publican. Y hay otros, los mejores, que simplemente se recuerdan.