Sor Juana Inés de la Cruz.

Sor Juana Inés de la Cruz.

Mujer Pasiones sáficas

Sor Juana Inés de la Cruz era lesbiana: los polémicos poemas de amor a la virreina que lo confirman

En 'Señoras ilustres que se empotraron hace mucho', la académica Cristina Domenech revela la biografía lésbica de eminencias como la monja intelectual. 

26 noviembre, 2020 01:07

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Ya en 2019, la académica malagueña Cristina Domenech -que orienta su tesis a la literatura histórica desde una perspectiva queer- publicaba su libro Señoras que se empotraron hace mucho (editorial Plan B), donde exploraba la vida artística, intelectual, militante y sentimental de lesbianas emblemáticas desde el siglo XVII hasta el XX. Pioneras, rebeldes y geniales. Ahí una pintora en el siglo XX que tuvo que pedir un permiso especial para poder ir con pantalones al campo cuando trabajaba bocetando animales. Ahí una estrella mediática antigua que ayudó a ganar una guerra con su ropa interior. Ahí una cantante de ópera en el siglo XVII que se metió en tantos berenjenales que el rey de Francia tuvo que perdonarle la vida. Dos veces.

Prácticamente a todas ellas la investigadora las sacó del olvido gracias a su formación en Estudios Ingleses, porque, como ella misma dice, “el mundo de la historia sáfica sigue desplegándose mayoritariamente en inglés”. Pero en esta ocasión ha hecho algo distinto: en su nuevo trabajo Señoras ilustres que se empotraron hace mucho (Plan B) lo que hace es escrutar -también desde un punto de vista más íntimo y solemne- las biografías sexuales de “bolleras históricas”, de grandes referentes LGTBIQ conocidos por todos: de Emily Dickinson a Frida Kahlo pasando por Tamara de Lempicka y yendo a parar en Virginia Woolf.

Hay aquí un gran trabajo de investigación en el que Domenech ha tratado de diferenciar el grano de la paja en esas biografías convulsas y descacharrantes y ha apartado los datos falsos y las contradicciones sospechosas. Les ha sacudido la leyenda y ha ido a escuchar a las mujeres que latían tras el mito, siempre con su prosa fresquísima y cercana, burbujeante, coloquial, afable. Ella dice en el prólogo que ese lenguaje la aleja del ensayo, pero en realidad consigue algo realmente ambicioso: hacer de la historia y la literatura una alcanzable necesidad que nos explica también nuestras propias vidas.

La peor del mundo

Sin embargo, nos centraremos en uno de sus personajes analizados, la interesantísima Sor Juana Inés de la Cruz, una mujer brillante que resultó problemática para su tiempo y que tuvo que pedir perdón -no sin cierto desafío, no sin cierta ironía- por ser “la peor del mundo”. Y nos detendremos en ella, precisamente, porque no ha dejado de cuestionarse su lesbianismo. “Es curioso, porque la conversación académica sobre su posible orientación sexual es bastante escasa -aunque la conversación académica sobre su figura en general es gigantesca-“, escribe la autora.

“Existe, por supuesto, pero muchísimos académicos pegan un golpe de volante nada más rozar el asunto (…) Para esto, Sor Juana de la Cruz es un personaje verdaderamente mágico: en cuanto alguien insinúa que le gustaban las mujeres, se abren las nubes y cae un señor del cielo para decirte que eso es imposible”, apostilla, con retintín y gracia, la doctoranda.

Y deja claras sus intenciones: “Yo he venido aquí a decir que a sor Juana le gustaban las mujeres”. Reconoce que no tiene “ninguna prueba concluyente de que Juana tuviese relaciones románticas o sexuales con ninguna mujer”, pero que eso “no será óbice, cortapisa ni valladar para que os explique por qué Sor Juana es parte indiscutible de la cultura sáfica”.

No es la única que lo piensa, claro. En 2017 se publicaba Un amar ardiente (editorial Flores Raras) bajo la coordinación de Sergio Téllez-Pon: se trataba de una revisión de su obra a partir de su relación afectuosa con la virreina de México María Luisa Gonzaga Manrique de Lara, condesa de Paredes y protectora de la lucidísima autora. Un guiño similar les hizo Luis Antonio de Villena en Amores iguales. Antología de la poesía gay y lésbica (La esfera de los libros, Madrid, 2002).

"Yo adoro a Lisi"

“Yo adoro a Lisi, pero no pretendo / que Lisi corresponda mi fineza; / pues si juzgo posible su belleza, / a su decoro y mi aprehensión ofendo”, escribía Sor Juana, al modo de los poetas que prefieren no consumar su amor, que se encuentran más en el deseo que en la satisfacción. Cuenta Domenech que Juana, siendo muy joven, ingresó en la corte por su coco prodigioso a petición del virrey como dama de compañía de la virreina Leonor Carreto. “Juana se dio cuenta pronto de que la corte no era lo suyo. Demasiadas intrigas, demasiados tejemanejes, demasiada hipocresía, y, sobre todo, demasiadas propuestas de matrimonio cuando lo único que ella quería era seguir con sus estudios”, relata.

“Así que, a pesar de su posición privilegiada y su prometedor futuro, Juana decidió meterse a monja. Meterse a monja es una opción históricamente popular entre las señoras que no querían tocar a un hombre ni con un palo de veinte metros, así que mentiría si digo que me pilla con la guardia baja. Por supuesto, esta decisión no tiene que implicar bollerismo, sólo indica que a Juana los señores le daban igual bastante fuerte y que toda su atención estaba dirigida a seguir cultivando su mente”, escribe Cristina.

Cuando nuestra protagonista tenía poco más de treinta años, Leonor fue sustituida por una nueva virreina, María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga -aquí su querida-: “Supone un pico de intensidad bastante severo en su vida. Juana la llamaba ‘Lisi’ por el afecto que le profesaba y supongo que también por economía, y escribió para ella medio centenar de poemas intensísimos que describen lo sublime que es su amor por Lisi, lo mucho que le gusta ser de Lisi, lo irracional que es su amor por Lisi, lo potente que está Lisi, etcétera”, desarrolla la escritora, con garbo.

La autora reconoce que es posible que, “siendo la protegida de la condesa, casi podría decirse que era el trabajo de Juana alabar su bondad, belleza y gracias de la forma que más le gustara a la virreina para conservar su favor”. Pero distingue entre los poemas que le dedicó a la primera virreina y los que le dedicó a la segunda. Suponiendo que en ambos casos hubiese un componente de peloteo, subraya la investigadora que, en los que le escribió a María Luisa, “algunos hablan de sus virtudes, pero otros hablan de discusiones, de celos y de desacuerdos, y evocan más las observaciones de un cortejo”.

Mecenas y añorada

María Luisa se convirtió en su gran apoyo y en la gran mecenas de su arte, “haciéndole encargos que iban más allá de los escritos religiosos y villancicos que formaban gran parte de su producción por recomendación de su mentor”. Juana produjo poesía, obras de teatro y prosa y ahondó en sus conocimientos musicales, científicos y astronómicos.

Ojo, que cuando María Luisa acabó su mandato y tuvo que volver a España se llevó con ella un retrato de sor Juana y un asilo, ambos regalos de la propia Juana, “que es algo totalmente heterosexual que se hace normalmente”, alega, con sorna. “Se dice que los atesoró hasta el final de sus días y que en España hizo todo lo posible por dar a conocer la obra de sor Juana”.

Sor Juana continuó su carrera defendiendo el mundo femenino y su potencial y expresó su propia experiencia como mujer en búsqueda de conocimiento “y su capacidad para encontrar belleza y filosofía en tareas consideradas tan bajas y mundanas -y femeninas- como meterse en la cocina a freír un hueco”. Una de las frases más célebres de su furibunda carta a Respuesta a sor Filotea de la Cruz fue “si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”.

'Prueba de fuego' lésbica

Lo que defiende Domenech en su texto es que no concibe “cómo puede leerse su obra sin apreciar que las pasiones de Juana siempre estaban orientadas hacia lo femenino”. “Y me parece terrible que un señor y una señora en cualquier momento de la historia se tosan vagamente encima y se dé por sentado que se amaban, por si yo vengo con cincuenta poemas de amor sáfico en la mano, me pedirán pruebas concluyentes, como si fuera esto CSI: Nueva España. El amor heterosexual se presupone, pero para admitir que una mujer en la historia pudo enamorarse de otra, necesitamos una confesión jurada, doce justificantes médicos y un cuerno de unicornio liofilizado”.

Apunta, para terminar, con mucha inteligencia, que “la pasión y la entrega no necesitan ser carnales para justificar su propia existencia, y pasión y entrega hay de sobra en ese medio centenar de poemas que superan con creces las alabanzas que cabe esperar entre una protegida y su mecenas”.