Un perro.

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Confirmado por la Ley 17/202: las mascotas son seres sensibles y hay que regular su custodia tras la separación

En este tipo de procedimientos, los tutores de mascotas pueden encontrar ayuda en la asistencia de un perito veterinario.

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María Fernández Álvarez
Publicada
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Hubo un tiempo en que, cuando una pareja se rompía, el futuro del perro o del gato se resolvía casi siempre de manera improvisada considerándolo como un simple objeto: se lo quedaba uno, el otro renunciaba, o simplemente se imponía la solución más práctica. Pero la sociedad ha cambiado, y también la forma de mirar a los animales de compañía.

Hoy, una mascota no es un bien material ni una pertenencia cualquiera, sino un ser con capacidad de sentir y sufrir que forma parte de nuestro contexto familiar. Y esa realidad tiene ya reflejo en la manera de afrontar separaciones y divorcios.

Quien convive con un animal lo sabe bien pues un animal de compañía no ocupa simplemente un espacio en casa: ocupa un lugar en la vida cotidiana, en los horarios, en los gastos, en las vacaciones, pero, sobre todo, en el mundo afectivo y emocional de quienes lo cuidan.

Por eso, cuando una relación termina, decidir qué ocurrirá con estos seres vivos puede convertirse en uno de los asuntos más sensibles, complejos y a veces más dolorosos, de toda la ruptura. Durante mucho tiempo, este tipo de conflictos quedaban en una especie de limbo sin ningún tipo de regulación que permitiese valorar las necesidades propias de estos seres en este complejo contexto.

Sin embargo, hoy se asume cada vez con más claridad que el destino de un animal de compañía merece una atención específica. Incluso la modificación de la Ley 17/202, de 15 de diciembre, que reformó el Código Civil, la Ley Hipotecaria y la Ley de Enjuiciamiento Civil sobre el régimen jurídico de los animales reconoce que son seres vivos dotados de sensibilidad, estableciendo que es necesario considerar su naturaleza y establecer normas de protección específicas.

Actualmente, es necesario alcanzar un acuerdo entre las personas que se separan dejando establecido con quién vivirá la mascota, cómo se repartirán los tiempos de convivencia y quién asumirá los gastos de alimentación, atención veterinaria y demás cuidados habituales.

Es decir, ya no se trata de una cuestión menor o informal, sino de una parte más de la reorganización familiar tras la ruptura. Cuando ese acuerdo no existe, la situación puede acabar en manos de un juez.

Y ahí es donde resulta especialmente importante entender que no todo se reduce a una factura, a un documento de compra o al nombre que figure en el microchip. Esos datos pueden ser relevantes, sí, pero no siempre son suficientes para resolver el problema.

Lo que realmente importa es la vida real del animal, así como la resolución de aspectos esenciales para su salud y bienestar como quién se ha ocupado de él de forma habitual, quién ha atendido sus necesidades diarias, en qué entorno ha desarrollado su rutina y qué solución ofrece mayores garantías de estabilidad y bienestar.

En este tipo de procedimientos, los tutores de mascotas pueden encontrar en la asistencia de un perito veterinario cualificado la ayuda necesaria para aportar una valoración facultativa, objetiva e independiente sobre las necesidades del animal, su estado de bienestar, sus hábitos, su adaptación al entorno y las condiciones más adecuadas para su cuidado futuro.

Su papel resulta especialmente valioso y útil cuando existe controversia sobre cuál de las dos partes ofrece mejores condiciones para garantizar una vida estable, segura y acorde con las necesidades del animal. Ese cambio de enfoque dice mucho sobre la evolución de nuestra sociedad.

Mostrando una realidad cada día más evidente pues una mascota no puede tratarse como una cosa más que simplemente se reparte sin contemplar sus necesidades vitales, tanto de salud física como emocional.

Hay un componente afectivo indiscutible, pero también una dimensión de responsabilidad y cuidado que exige mirar más allá de la mera titularidad formal. Además, las soluciones adoptadas no siempre tienen por qué ser definitivas.

La vida cambia y con ello las necesidades, así como las posibles soluciones: cambian los domicilios, los horarios, las situaciones económicas, la disponibilidad de tiempo e incluso la salud de las personas y del propio animal.

Por eso, la participación y regulación de estas necesidades a partir de una valoración pericial especializada resulta, yo diría, totalmente esencial pues lo que en un momento parecía la mejor respuesta puede dejar de serlo más adelante.

Lo importante es que la decisión siga siendo razonable y responda a la realidad de cada caso. En el fondo, el debate sobre la custodia de las mascotas revela algo más profundo que un simple conflicto doméstico. Habla de cómo entendemos hoy los vínculos familiares, de la importancia emocional de los animales en nuestras vidas y de la necesidad de buscar soluciones menos rígidas y más humanas.

Cuando una pareja se separa, no solo se reparten casas, tiempos o recuerdos, sino que, a veces, también se discute sobre un ser vivo que ha formado parte del proyecto común siendo esencial entender cuál es el impacto de esta ruptura para el animal y cómo podemos minimizar su impacto a través de un asesoramiento profesional cualificado e independiente.

Y quizá por eso la pregunta ya no debería ser únicamente "¿de quién es la mascota?", sino otra mucho más sensata: "¿qué decisión protege mejor su bienestar y encaja de forma más justa en la nueva realidad familiar?".

Ahí está, probablemente, la verdadera respuesta y a partir de esta situación podemos entender la importancia de la pericia veterinaria en la obtención de las mejores soluciones