Miguel Ángel López y Juan Rueda, empleados de Casa Aranda.
Casa Aranda, el templo de los churros en Málaga desde 1932: "Sin turistas no tendríamos 45 empleados, sino 10"
Juan Rueda, el encargado, explica que la materia prima que se usa en las cafeterías de la marca es la misma que hace más de 90 años.
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Ha sobrevivido a una Guerra Civil, a una dictadura, a una transición, a una pandemia y a un apagón. Juan Rueda, el encargado, explica que la clave del éxito del negocio es mantener la misma materia prima que se utilizaba en los años 30. Eso repercute en que la clientela recuerde su infancia al morder cada churro; aunque reconoce que los cambios en las instalaciones y la maquinaria son esenciales.
Casa Aranda se fundó por necesidad, la de una ciudad en carestía de comida y productos básicos. Antonio Aranda, su fundador, decidió ayudar a los malagueños aportando su granito de arena y creando este templo que sigue en el mismo lugar de siempre, solo que ahora con dos locales más: el de calle Alhóndiga y calle Santos.
Cada semana hacen inventario de cuántos kilos de café se venden. “La logística semanal es exigente: el pedido incluye desde sacos de harina y azúcar hasta doce cajas de descafeinado y 40 kilos de café en grano, un volumen de suministro considerable que requiere un control riguroso”.
Rueda lleva 22 años trabajando en Casa Aranda. Entró gracias a un compañero. Lo hizo por necesidad tras fallecer su padre. En 1981 comenzó su incursión en el mundo laboral, previo consentimiento de su madre.
“Cada persona que viene aquí es con convenio, se cobran todas las horas”, defiende Rueda, y añade una anécdota: “Unos coreanos vinieron un día porque querían aprender a hacer churros. Trajeron incluso regalos. El jefe se mostró reacio porque aquello no era tan fácil: para ponerlos a hacer churros había que contratarlos primero y luego enseñarles a hacer la masa”.
La masa es otro de los misterios de Casa Aranda que se puso a prueba en la pandemia. “Cuando se decretó el estado de alarma, tuvimos que guardar un poco de la masa madre del último día. Se la llevó un churrero a su casa con sacos de harina e ingredientes para que no se perdiera. Mantenía en su casa la misma de 1932 para que, al volver, el malagueño estuviera conectado con el sabor original”.
Los turistas son quienes han abrillantado la economía de Casa Aranda. “Económica y laboralmente, el turismo nos viene bien; Málaga es un 80% hostelería”. La oferta se debe adaptar también con el tiempo. Si antes no había más cafés que los sombras, nubes o solos, ahora la demanda pasa por los latte macchiato o el capuchino. Y hay que servirlos.
“El turismo está ganando la partida al cliente tradicional en el centro. El de toda la vida sigue viniendo, pero no tanto como antes. Las tertulias entre los de siempre cada vez se hacen menos; pero si no, ¿cómo mantienes a 45 empleados si no hay turistas? No seríamos 45, sino 10”.