En 2005 yo era el primer ejecutivo de una empresa de componentes para automoción y abrimos una planta en Tánger. Sigue funcionando. Desde allí se exportaba sin aranceles a la Unión Europea, y desde 2006 a Estados Unidos, con costes laborales que competían con China a catorce kilómetros de Tarifa, a tres horas de Málaga en coche.

Muchos hablaban español de ver Canal Sur y TVE, y había una clase media incipiente de ingenieros de Estado seleccionados por estricto concurso de mérito. Jóvenes muy bien formados e inteligentes. Fue una decisión industrial.

En La Odisea sostuve que los grandes conflictos no se libran por lo que dicen sus himnos, sino por rutas, puertos y recursos, y que Helena es siempre la excusa. Ceuta fue Helena. Miles de personas, muchas de ellas menores, empujadas contra una valla o nadando junto a un espigón, son un drama humano que nadie debe banalizar, y también la mejor moneda de presión que existe: barata, reversible, negable y televisiva. ¿Se acuerdan de los tanques sin uniformes ni insignias que entraron en Crimea? ¿Se acuerdan de la Marcha Verde?

El presidente del Gobierno habló de un «ataque a la integridad territorial de España» y su ministro prometió devolver a «cada última persona» que hubiera entrado irregularmente. No se ha cumplido.

Europa reaccionó dividida, como siempre. Ruben Andersson, profesor en Oxford, lo resume: externalizar el control a Turquía, Libia o Marruecos «crea un incentivo para que los terceros países provoquen crisis y se ofrezcan a resolverlas».

Hemos pagado a un vecino para que guarde la puerta, y el vecino ha aprendido que la puerta vale más abierta que cerrada. Quien abre esa espita no habla de migración: habla del Sáhara, de Canarias, de minerales, pesca y energía, de Argelia y de baterías.

Subcontratar la frontera no es nuevo. En 376 los godos, empujados por los hunos, pidieron asilo en el Danubio; en 378 destrozaron al ejército romano en Adrianópolis, y en 382 Teodosio los asentó como federados: tierras a cambio de servicio militar. El limes pasó a estar habitado por quienes cobraban por defenderlo, y cuando el pago fallaba, el mercenario sabía contar.

Alarico saqueó Roma en 410, y en 476 Odoacro, jefe de unos federados a quienes se negó el tercio de las tierras, depuso a Rómulo Augústulo. Cuando llegó la hora del cobro, no hubo nadie más a quien llamar.

Las taifas repitieron la lección. Roto el califato hacia 1031, se quedaron con la riqueza y sin ejército, y pagaron parias que financiaron durante décadas a Castilla y Aragón; hasta el Cid sirvió años a la taifa de Zaragoza.

En 1085 Alfonso VI entró en Toledo, que le pagaba; Sevilla, que también pagaba, llamó a los almorávides, que vencieron en Sagrajas y acabaron después con las taifas que los habían llamado. Dos veces se vendió la seguridad, y las dos veces el comprador perdió la casa.

La lección: cuando le pagas a otro para que guarde tu frontera, le entregas también la llave y el calendario del cobro. Hoy pagamos a Rabat, Ankara y Trípoli en créditos, inversiones, cooperación y silencio para que contengan lo que no queremos contener. Es legítimo, pero se paga en soberanía: el pagador pierde la capacidad de decir que no. Esa es la lógica de Ceuta.

Y el problema no es solo español: la Unión Europea se lo está haciendo encima. En una década ha pagado más de 50.000 millones de euros en contención migratoria y transferencias a Turquía, Marruecos o Libia, más de la mitad de Horizonte Europa, 95.500 millones para siete años de ciencia e innovación. Todo el Consejo Europeo de Investigación, unos 16.000 millones, equivale a lo que pagamos en un solo periodo a Turquía y al Norte de África por hacer de dique. Mientras Estados Unidos y China invierten en inteligencia artificial y computación cuántica, Europa financia a sus guardianes.

Si hay algo que los medios occidentales cuentan mal es que el mismo hecho se lee de forma radicalmente distinta según quién lo mire. He leído estos meses a los centros de pensamiento de fuera de nuestro marco atlantista (papilla), y conviene ponerlos sobre la mesa, atribuidos a quien los dice.

Washington y Tel Aviv. Para RAND y el Washington Institute, reconocer la soberanía marroquí sobre el Sáhara, empujado por los Acuerdos de Abraham, evita un «Estado fallido bajo influencia argelino-rusa» en el Atlántico. Desde 2021, Marruecos ha comprado a Israel más de 1.500 millones de dólares en drones, antiaéreos Barak MX y ciberinteligencia como Pegasus.

Nuestro principal vecino del sur está armado y vigilado con el material de un tercero, y en 2022 supimos que el móvil del presidente del Gobierno había sido infectado con Pegasus. Ya que el Gobierno no se atreve, nos remitimos a Ignacio Cembrero, periodista y víctima de Pegasus, y a Forbidden Stories y Amnistía Internacional, que identificaron miles de números seleccionados por los servicios marroquíes, entre ellos de personalidades españolas.

Moscú. El RIAC ve en Marruecos a un socio pragmático que no se sumó a las sanciones tras Ucrania. Argelia es el aliado histórico del Kremlin, pero con Rabat hay negocio: hasta 1,6 millones de toneladas anuales de diésel con descuento, algo insólito para un país sin refinerías operativas, además de amoníaco para OCP y trigo. De ahí mi cautela con el gasóleo que nos llega desde Marruecos: probablemente sea de origen ruso, aunque nadie oficial lo confirma. Para Moscú, lo que Rabat hace con Madrid es «chantaje diplomático oportunista».

Pekín. Para el CICIR y el SIIS de Shanghái, Marruecos es una plataforma de nearshoring: producir a costes del Sur Global y exportar «Made in Morocco» aprovechando los tratados de Rabat con Estados Unidos y la Unión Europea, sin los aranceles dirigidos contra China. Gotion, BTR y CNGR invierten en Kénitra para fabricar baterías con fosfatos marroquíes, y Tanger Tech proyecta una ciudad industrial de dos mil hectáreas junto al Estrecho. Es la puerta trasera legal de la que hablan los analistas, y es la lógica exacta que me llevó a mí, en 2005, a Tánger, solo que con otra bandera.

El mundo árabe y el Sur Global. El ACRPS de Doha, el MIPA de Rabat y el CODESRIA de Dakar aportan la mirada desde abajo: cuestionan la solución al Sáhara, ven la alianza con Israel como un pacto de élites impopular y la relación con Europa como una dependencia asimétrica.

Casi un tercio de los jóvenes está en paro y muchos «votan con los pies». Estadios para el Mundial de 2030 mientras se descuidan hospitales y escuelas, prensa crítica neutralizada, disidentes procesados. No he podido contrastarlo todo, pero un régimen bajo presión es un socio que puede necesitar, de vez en cuando, una crisis fuera de sus fronteras.

Leídas juntas, estas cuatro miradas dicen algo que ningún comunicado oficial admite: nadie es neutral, todos quieren a Marruecos de su lado, y ninguno de ellos es España.

Hay otra mitad del tablero que casi nunca sale en nuestras conversaciones. Argelia es el principal contrapeso a Marruecos y el proveedor por el que España debería apostar con más decisión, y la hemos tratado como una molestia. Cuando giramos en marzo de 2022 hacia el plan marroquí para el Sáhara, Argel congeló el comercio durante unos treinta y dos meses. Se reabrió en noviembre de 2024, y en marzo de 2026 el ministro de Exteriores fue a Argel a relanzar el Tratado de Amistad de 2002.

Pekín no ha esperado. Si en Marruecos se instala como fábrica, en Argelia hace la Franja y la Ruta clásica: hidrocarburos con Sonatrach, la Gran Mezquita, el hierro de Gara Djebilet, con más de 3.500 millones de toneladas de reservas, los fosfatos de Tébessa y el puerto de El Hamdania. Las dos llaves maestras del Magreb en el mismo bolsillo. Muy listos estos chinos. La conclusión para España es incómoda: tenemos el Medgaz, la cultura y décadas de relación con Argelia, y lo sacrificamos por una paz con Rabat que, como se ve en Ceuta, no era ninguna paz.

Al oeste de Canarias hay un fondo marino que España reclamó ante la ONU en 2014 como plataforma continental ampliada. Marruecos objetó, y en 2020 aprobó leyes que proyectan su zona económica sobre las aguas del Sáhara y se solapan con la nuestra. En el monte Tropic hay costras de ferromanganeso con telurio, cobalto y tierras raras: una de las pocas oportunidades de reducir la dependencia de China, que controla el 80 % del refinado. Explotarlo a cuatro mil metros no es viable hoy y tiene riesgos ecológicos graves. Pero el valor de un recurso está también en poder decidir quién y cuándo.

El último intento serio de mirar nuestro mar fue el de José Manuel Soria, y acabó con su dimisión por los Papeles de Panamá en 2016. Un ministro francamente mejorable, sí. ¿Pero quién filtró oportunamente el dosier panameño? ¿A qué propósito y bandera obedecía? Hoy ni siquiera tenemos reglas: ningún plan vigente contempla los minerales marinos, y la eólica flotante canaria sigue sin subasta.

El comercio con Marruecos se vende como un éxito: en 2025 España exportó unos 12.500 millones de euros e importó unos 10.250. Parece sano. No lo es, porque las cestas no pesan lo mismo: lo que vendemos se compra en otra parte; lo que compramos no se sustituye en un trimestre. El 87,7 % de los pimientos importados es marroquí, y el 43,6 % del tomate. Llega gasóleo, con el origen que ya he comentado. Sanciones bumerán. Hay que ser melón. Y los mazos de cables: 2.376 millones en 2025, nuestra primera importación desde Marruecos. Mi planta formaba parte de esa historia. Lo que fue una ventaja para una industria es hoy una dependencia estructural de un país entero.

Ahora llegan las baterías, que pesan en el coste del coche mucho más que los mazos. Gotion proyecta en Kénitra hasta 100 gigavatios hora con costes bajos y fosfatos propios, mientras Sagunto y Figueruelas compiten con energía cara. El pulso se libra en Bruselas, en el EU Industry Act: Marruecos quiere que sus baterías cuenten como origen europeo, lo que abriría el paraguas comunitario a las multinacionales chinas instaladas allí.

Un caballo de Troya para seguir desindustrializando Europa con ayuda europea. No me extrañaría que la excursión a las playas de Ceuta sirviera también para esto. «Venga, Úrsula, métenos como made in Europe para el coche eléctrico y yo no mando más gente de excursión…»

Madrid, mientras, a lo suyo. En enero de 2023 la Eurocámara condenó a Marruecos por la persecución a periodistas y el espionaje con Pegasus, y los 17 eurodiputados socialistas españoles votaron en contra, rompiendo la disciplina de su grupo. La pauta se repitió con el Marocgate y con los acuerdos que incluían al Sáhara.

Hay además una economía que no sale en Eurostat. La informal ronda entre el 30 y el 40 % del PIB, y el hachís puesto en Europa supera, según la UNODC, los 12.000 millones de euros anuales, que se blanquean en el inmobiliario, la hostelería y la logística del norte. Vayan a Tánger y vean. Al otro lado, nuestras empresas: Acciona gestionará treinta años la desaladora de Casablanca, 800 millones de euros. En estos grandes proyectos, a ambos lados del Estrecho, suele haber jugosas mordidas. Permanezcan atentos. Ojalá me equivoque.

Marruecos necesita nuestra energía, nuestro crédito, nuestra logística, las remesas, la Operación Paso del Estrecho y nuestro voto en Bruselas. Podríamos cortar el gas del gasoducto invertido, inspeccionar al cien por cien en Algeciras, congelar los créditos del FIEM y de CESCE o exigir las sentencias del TJUE sobre el Sáhara. Pero cada palanca tiene su bumerán: control migratorio relajado, fin de la cooperación antiterrorista, represalias comerciales. Somos rehenes mutuos. El problema es que uno lo gestiona como una partida de póker, y el otro como un lelo.

Hay medidas que se pueden tomar.

Diversificar. Los proveedores ya existen. Túnez suministra a la UE 2.346 millones en mazos, y Rumanía, Serbia, Hungría y Ucrania completan el mapa con costes por hora de 10 a 15 euros frente a los 27 de España. Argelia, Mauritania y Senegal no producen mazos, hay que decirlo, pero sirven en gas, pesca, energía y patrullas en origen. Y las baterías, dentro de la UE.

Una alianza multipolar. Dejar de mirar solo a Rabat: restablecer la alianza energética con Argel, reforzar la cooperación con Mauritania, principal punto de salida hacia Canarias, y promover misiones europeas en el Sahel para que Marruecos no se venda en Washington como el único gendarme de la región. Y condicionar con transparencia los créditos públicos a nuestras constructoras en el exterior.

Una política industrial para nuestra zona económica exclusiva. Un marco legal propio para los recursos del fondo marino, una campaña pública de evaluación, la subasta de eólica flotante que pide el Gobierno canario y una posición firme y pública ante la ONU.

Que el tránsito pague. La directiva europea de 2022 permite cobrar por kilómetro a todos los camiones pesados, sin discriminar por nacionalidad, y el que cruza España camino de Francia también paga. Alemania recaudó casi 13.000 millones en 2024. España renunció al pago por uso en 2023. ¿Somos ricos?

Fronteras serias contra las narcolanchas. Aquí sí soy duro: tolerancia cero. Las lanchas de alta velocidad están prohibidas desde 2018 y el petaqueo es delito desde abril de 2026. Falta autorizar expresamente el uso graduado de la fuerza sobre casco y motores, con protocolo y garantías: alto, persecución, apresamiento, inutilización de motores y decomiso. Es el talón de Aquiles de Marruecos y nuestra mayor vergüenza.

Formar en origen y contratar desde el principio. La contratación en origen movió a 25.767 temporeras en 2025. Hay que construir encima: becas y formación profesional en origen en electricidad, mecánica, albañilería o informática, para que quien venga lo haga con un contrato en el bolsillo. Becar a menores pobres para que se queden en su país con sus padres formándose y cuando lo hayan hecho y sean mayores puedan venir con un contrato pero no con un pasaporte.

Y la nacionalidad, sin ingenuidad. Ninguna nacionalidad española a quien conserve la suya. En una década, más de 400.000 personas de origen marroquí se han nacionalizado españolas renunciando formalmente a su pasaporte. Pero Marruecos exige un dahir para perder la condición de súbdito, y aquí nadie verifica la renuncia. Resultado: una doble nacionalidad de hecho que nuestra ley dice no admitir. Hay que exigir certificado de baja o acordarlo con Rabat. Lo contrario es fingir. Y no se regalan pasaportes: diez años de residencia legal sin antecedentes penales, con evidencias de arraigo y sin doble nacionalidad.

Vuelvo a Tánger. Roma pagó a sus federados, las taifas pagaron sus parias, y los dos acabaron en manos de sus guardianes. Cuando abrimos aquella planta pensábamos que ganábamos un coste. Lo que ganábamos era un vecino con quien, nos guste o no, compartimos trabajadores, inversiones, mar, gas, diésel, pescado, minerales, hachís, cables, baterías, coches, aceite de oliva, tomates, fosfatos, obras de desaladoras y secretos, y a quien le hablan a la vez Washington, Tel Aviv, Moscú y Pekín, cada uno con sus propios intereses. Hoy los cableados de Tánger y los frutos de Ketama están en media Europa. Ceuta fue solo un aviso.