El debate sobre la vivienda en España suele partir de una premisa que pocas veces se cuestiona, millones de personas deben vivir cerca de donde trabajan.

A partir de ahí, el diagnóstico parece evidente. Si las oportunidades laborales se concentran en unas pocas áreas metropolitanas, la población también lo hará. Y cuando empleo y población convergen en los mismos lugares, la presión sobre la vivienda se dispara.

Los efectos son visibles en buena parte de las grandes ciudades: alquileres cada vez más elevados, precios de compra inaccesibles para muchos jóvenes, infraestructuras saturadas y horas perdidas en desplazamientos.

La respuesta habitual consiste en aumentar la oferta residencial. Construir más viviendas, agilizar licencias o movilizar suelo disponible. Son medidas necesarias, pero quizá no suficientes. Porque existe una pregunta previa que rara vez se plantea, ¿es inevitable que tanta gente tenga que vivir en las mismas ciudades?

El teletrabajo introduce una variable que altera la lógica actual.

Si una parte de los empleos puede desarrollarse a distancia, aunque solo sea parcialmente, la relación entre lugar de residencia y lugar de trabajo deja de ser tan rígida. La oficina ya no determina necesariamente dónde debe vivir una persona.

Y eso abre una posibilidad que España apenas ha explorado: utilizar el trabajo remoto como herramienta de descentralización demográfica. Si además se dieran incentivos a las empresas para promoverlo, estoy segura de que volveríamos a la época dorada de hace unos años. Por supuesto, si hay que hacer reuniones presenciales cada cierto tiempo o promover un espacio de coworking donde más población haya teletrabajando (por ejemplo, si las empresas eligieran tres ciudades básicas para descentralizar recursos), estas ayudas podrían ser un apoyo a estas medidas.

Durante décadas hemos intentado llevar empleo a territorios que pierden población. Sin embargo, en muchos casos la realidad económica hace difícil atraer grandes industrias o crear nuevos polos empresariales. No todas las provincias pueden convertirse en Madrid o Málaga. Pero quizá no sea necesario.

Si el empleo puede viajar digitalmente, también puede hacerlo el trabajador.

Muchas ciudades medias y provincias del interior ofrecen viviendas más asequibles, menor congestión, tiempos de desplazamiento reducidos y una calidad de vida que millones de personas valorarían positivamente. Sin embargo, continúan perdiendo población porque las oportunidades laborales siguen concentradas en otros lugares. El problema, por tanto, no siempre es la falta de vivienda. En muchos casos, es la falta de empleo.

Y ahí el teletrabajo permite desacoplar dos variables que históricamente han permanecido unidas. La cuestión deja de ser únicamente dónde se generan los puestos de trabajo y pasa a ser dónde desean vivir las personas. Las personas buscan también cercanía familiar, acceso a servicios públicos, un entorno seguro, oferta cultural, ocio, naturaleza, conectividad digital y una vivienda que no absorba la mayor parte de sus ingresos. La vivienda es necesaria, pero rara vez es suficiente.

Sin embargo, el verdadero debate va más allá de la vivienda y del trabajo. Tiene que ver con cómo las sociedades se adaptan a las transformaciones tecnológicas.

Las empresas están aprendiendo a convivir con la inteligencia artificial. Han comprendido que no basta con incorporar un nuevo modelo o una nueva herramienta. La clave está en rediseñar procesos, crear mecanismos de gobernanza, gestionar riesgos diferentes e integrar nuevas capacidades en su forma de operar.

Con el teletrabajo ocurre algo parecido.

Muchas organizaciones siguen analizándolo como un beneficio laboral o una concesión puntual al empleado. Pero, en realidad, representa una transformación estructural.

Igual que la inteligencia artificial desacopla determinadas tareas de la intervención humana directa, el teletrabajo desacopla, en muchos puestos de trabajo, el lugar donde se vive del lugar donde se trabaja.

Las empresas que están obteniendo valor de la IA no son necesariamente las que cuentan con la tecnología más avanzada, sino aquellas que han sabido integrar esa tecnología en sus procesos, definir nuevas formas de supervisión y adaptar su organización a una realidad distinta. Quizá debamos aplicar la misma lógica en otros ámbitos. Muy digitales, muy avanzados, pero seguimos pensando como años atrás. Y me da que no hemos aprendido nada de los años pasados para mejorar los venideros.

La pregunta ya no es si un profesional está sentado en una oficina concreta cinco días a la semana. La pregunta es si dispone de la tecnología, los procesos, la conectividad y los mecanismos adecuados para generar valor desde cualquier ubicación.

Si hemos aceptado que una reunión puede celebrarse entre personas situadas en distintos países, que un proyecto puede desarrollarse sobre plataformas colaborativas en la nube o que sistemas de inteligencia artificial pueden operar de forma distribuida para organizaciones globales, resulta cada vez más difícil defender que la presencia física permanente deba seguir siendo el principio organizativo dominante para todos los empleos de oficina.

La transformación digital no consiste únicamente en adoptar nuevas tecnologías. También implica aprovechar sus consecuencias.

Y una de las más relevantes puede ser precisamente la capacidad de distribuir mejor el talento, la población y las oportunidades económicas por el territorio.

Y en España, damos vueltas y más vueltas y debatimos cómo repartir mejor la vivienda mientras sigue concentrando el empleo. Quizá el debate sobre la vivienda no deba limitarse a cuántas casas necesitamos construir y quién. Aunque todo esto ha empezado con un ejemplo que no ha sido el mejor escogido, viendo el histórico en el BOE (por empezar por un lugar público y real).

Quizá también debamos preguntarnos por qué seguimos organizando buena parte del mercado laboral como si la presencia física permanente fuera imprescindible, incluso en actividades que pueden desarrollarse desde cualquier lugar.

En una economía cada vez más digital, el futuro no pasa únicamente por mover empresas de una ciudad a otra. Pasa por permitir que las personas puedan elegir dónde vivir sin renunciar a las oportunidades profesionales. La tecnología ya ha demostrado que es posible.

La verdadera cuestión es si estamos dispuestos a aprovecharla.

¡Hasta siempre MariCarmen!

"Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.” Rebelión en la granja (George Orwell)