"Eso a Vivas, pregúntele". Esa fue la respuesta de Pedro Sánchez cuando le preguntaron por los centenares de menores que siguen sin tutela en las calles de Ceuta. Cuatro palabras para un problema que exige un presidente. No encuentro una definición más precisa que la del título: desvergüenza objetiva.
Cuando empiezo a escribir este texto, ha pasado más de mes y medio desde los acontecimientos de Ceuta que el propio presidente del Gobierno calificó como una «violación de la integridad territorial» de España.
En un anterior artículo, al cumplirse tres semanas de la crisis, advertí del riesgo de que aquella situación terminara convirtiéndose en un hábito. Pero lo cierto es que la situación, lejos de mejorar, empeora día tras día.
Me había propuesto no escribir sobre Ceuta otra vez, pero la respuesta del presidente que inicia el texto me ha hecho cambiar de opinión. Ya sé que los más cafeteros se acogerán a tecnicismos administrativos para justificar esta ignominia. Los tibios se referirán a la falta de "empatía vertical" que caracteriza al personaje. Y yo no me resisto a calificar esa respuesta de absoluta falta de vergüenza.
¿Cómo se atreve? Él, que desde el día 31 de julio no ha tenido tiempo de llamar al presidente de Ceuta para preguntarle, aunque fuese por la salud. Él, que se fue tres semanas de vacaciones a Lanzarote, y pensaba ampliarlas una semana más. Él, que no se atreve a llamar a las cosas por su nombre ─salvo el primer día─ y que muestra una docilidad ante Marruecos imposible de explicar de una forma razonable.
Él, que sitúa a finales de año el horizonte de estabilización y pide paciencia a quienes llevan semanas soportando las consecuencias. Como si la paciencia de los ceutíes fuera un recurso inagotable.
Al hablar de la situación de Ceuta, ya me referí al general Sun Tzu y a las técnicas del asedio. Eso es lo que es hoy Ceuta, una ciudad asediada desde dentro por el desorden de unos 13.000 inmigrantes descontrolados, según la estimación de Vivas, y asediada desde fuera por la incapacidad política para ponerle fin.
Estamos asistiendo a hechos muy graves que parecen no importar a nadie del Gobierno ni de los partidos que lo sustentan: las personas heridas con machetes y navajas de grandes dimensiones, las agresiones sexuales de distinto grado y violaciones de mujeres y niñas; testimonios sobre explotación sexual de niñas a cambio de comida; los múltiples casos de sarna, varicela, tuberculosis, que exigen vigilancia, atención y condiciones de alojamiento adecuadas; delitos medioambientales o contra la naturaleza, como los vertidos de materias fecales y basuras en las playas o la muerte de una cría de delfín. Y en medio de este panorama, el ministro del Interior habla de "inseguridad subjetiva".
Vivas ha puesto sobre la mesa los expedientes del 112. No son sentencias ni pueden confundirse con la estadística de delitos, pero tampoco son estados de ánimo. Si el Gobierno considera que no reflejan lo ocurrido, que aporte los datos que los desmientan.
A lo anterior se añade la presión sobre los servicios públicos y sobre los efectivos desplegados, como los policías nacionales y los guardias civiles obligados a trabajar horarios imposibles, en condiciones deplorables ─basta recordar las fotos que hemos visto de las literas de los policías en comparación con las literas de los centros de inmigrantes─. En la asistencia sanitaria, CEMSATSE denuncia que el sistema ha sobrepasado su capacidad operativa. La ministra de Sanidad, en cambio, vuelve a negar que exista colapso sanitario.
Ya veremos qué ocurre con el sistema educativo ─que junto con Melilla corresponden al Gobierno central─, con colegios custodiados por soldados y seguridad privada, con maestros y profesores sometidos a presiones insospechadas.
Otra cuestión es el decreto de ayudas a Ceuta, recientemente aprobado, en el que la partida más cuantiosa se dedica a la comida y servicios de los inmigrantes; mientras que las empresas ceutíes siguen denunciando el perjuicio económico sufrido en agosto, que se prolonga durante septiembre.
La navaja de Hanlon aconseja no atribuir a la maldad lo que puede explicarse por la estupidez. A la vista de lo ocurrido, querría pensar que el número de decisiones y actos estúpidos del Gobierno fuese muy superior al de actos malvados, pero lo cierto es que cada día me cuesta más pensar así.
¿Qué va a ocurrir con los inmigrantes ubicados en las playas cuando lleguen los temporales de Levante en el otoño? Que llegarán seguro. Y ¿dónde van a ser alojados?
¿A qué cabeza, escasamente amueblada, se le ocurre resolver una emergencia instalando un campamento en una infraestructura estratégica, contra el criterio de su Autoridad Portuaria? La ley permite al ministro autorizar determinados usos pese a esa oposición. Lo que no permite es sustituir la justificación técnica por la voluntad política. Tener competencia para decidir no convierte cualquier decisión en sensata.
A este episodio se añade el cese, según las informaciones publicadas, del abogado del Estado que había expresado reservas en el Consejo de Administración. El Gobierno debería explicar también esa decisión.
¿A qué otra cabeza se le ha podido ocurrir que era buena idea echar la culpa de no haber informado en la cadena de mando a un jefe de Gabinete del delegado del Gobierno en Ceuta? ¿Acaso pensaban que esta persona se iba a comer el marrón calladito, estando ya una jueza de la Audiencia Nacional investigando los hechos?
Y para completar este grupo de imbecilidades, ¿quién pensaría que publicando los informes del CNI y del resto de órganos de información de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, se iba a tranquilizar la situación cuando se ha puesto en evidencia que había suficiente información para haberse anticipado?
Los avisos no se limitaban a las comunicaciones internas. Entre el 26 y el 29 de julio, la prensa local dedicó cuatro portadas consecutivas al aumento de las entradas y a las peticiones urgentes de medios y de una respuesta institucional. Esa información era pública antes del 30 de julio. ¿Cómo se valoraron esas advertencias y qué decisiones se adoptaron?
Acabamos de enterarnos por fuentes policiales y JUPOL, que el delegado del Gobierno en Ceuta, Miguel Ángel Pérez Triano, ordenó por teléfono el 30 de julio "no actuar y abrir las puertas". Los mandos policiales trasladaron la instrucción a los seis agentes destinados en la frontera del Tarajal. ¿Maldad o imbecilidad?
El mes de vacaciones en Japón de Diego Rubio, asesor principal del presidente, puede ser la causa del error estratégico. O quizá sea que, como no es miembro del partido, quieren cargar a esta persona la responsabilidad, en plan fusible.
En su discurso ante el Parlamento Europeo, la presidenta de la Comisión Europea ha declarado que Ceuta es frontera de la Unión Europea, porque "Ceuta es España, Ceuta es Europa y Europa estará ahí para vosotros", en una declaración de respaldo mucho más clara y contundente que la mayor parte de las expresadas por el Gobierno español.
Atender la emergencia humanitaria no excluye esclarecer las causas de la crisis ni explicar las decisiones adoptadas.
¿Por qué el empeño del Gobierno no está centrado en resolver el colapso de la ciudad, ni en el diagnóstico objetivo de sus causas, sino en crear un clima de opinión focalizado en la emergencia humanitaria de los ocupantes que duermen hacinados en las playas? Lo que parece importar, en mi opinión, es diluir la evidencia de un ataque híbrido marroquí contra la integridad territorial de España.
Solo parece preocupar el dichoso relato, en lugar de esforzarse en minimizar los estragos y corregir los fallos lo más rápidamente posible: acelerar las devoluciones, afianzar la seguridad de los ceutíes, reformar las leyes de inmigración y blindar las fronteras en prevención de nuevos asaltos.
El Gobierno puede discutir las cifras, las competencias y hasta los adjetivos. Lo que no puede hacer es exigir paciencia mientras reparte culpas. Ceuta no necesita un presidente que señale a Vivas, sino uno que responda por sus propias decisiones. La inseguridad podrá parecerle subjetiva al ministro. La obligación de gobernar no lo es. Y la desvergüenza de escurrir el bulto, tampoco.