Mi familia es de Ceuta. Algunos familiares todavía viven allí. Y ni que decir tiene que estoy muy orgullosa de ellos. Como tantos otros ceutíes, observan cómo la ciudad se ha convertido en una especie de pecera, un lugar donde las limitaciones para viajar, cruzar o simplemente llevar una vida normal han acabado generando una sensación de encierro difícil de explicar a quien no la vive de cerca.
A los nacidos en Ceuta se les conoce como caballas. En Málaga, boquerones. Curiosamente, ambas identidades tienen algo en común: vienen del mar. Son peces acostumbrados al movimiento, a las corrientes, a recorrer espacios abiertos. Sin embargo, hoy la imagen que me viene a la cabeza no es la de un pez nadando libremente en el Mediterráneo, sino la de un pez observando el océano desde detrás de un cristal. Caballas en una pecera.
Hay algo que no aparece en las estadísticas, ni en las noticias, ni en las redes sociales. Es la sensación diaria de vivir sin saber cuándo podrás recuperar la normalidad. El desgaste silencioso de quien observa cómo su mundo se va haciendo más pequeño.
Porque una ciudad no son solo sus calles. Son las posibilidades que ofrece a quienes viven en ella. La capacidad de moverse, de viajar, de visitar a la familia, de aceptar una oportunidad laboral o simplemente de cambiar de aire cuando la rutina aprieta.
Imaginemos por un momento que esto sucediera en nuestras ciudades. Que salir de Madrid, Málaga, Sevilla o Cáceres se convirtiera en una carrera de obstáculos. Que visitar a nuestros padres, a nuestros hijos o a nuestros amigos dependiera de trámites, incertidumbres o costes que para el resto de ciudadanos no existen. Que cualquier desplazamiento exigiera una planificación extraordinaria para algo tan cotidiano como ir a comprar, acudir a una cita médica o pasar un fin de semana fuera.
Al principio lo viviríamos con resignación. Después aparecería la frustración. Más tarde, el cansancio. Y, finalmente, una sensación difícil de describir: la de sentir que tu vida transcurre entre límites que otros ni siquiera perciben.
Porque ese es otro de los dramas de Ceuta. Quien la conoce sabe que es una ciudad extraordinaria. Tiene el mar, la mezcla de culturas, una identidad única y una belleza que sorprende a quien la visita por primera vez.
Las Murallas Reales y su foso navegable, único en España, recuerdan a cada paso la importancia estratégica de una tierra situada entre dos continentes. Desde el Monte Hacho, el Estrecho se despliega en toda su inmensidad. Hacia poniente, Benzú conserva la fuerza de una naturaleza casi salvaje. Las playas del Chorrillo y la Ribera guardan los recuerdos de innumerables veranos ceutíes. El Parador ofrece algunas de las mejores vistas de la ciudad y la Plaza de Abastos sigue latiendo al ritmo de los pescaderos, comerciantes y vecinos que convierten lo cotidiano en parte de su alma. Y, presidiendo el corazón espiritual de la ciudad, se encuentra Nuestra Señora de África, patrona de Ceuta, una figura profundamente ligada a la historia, las tradiciones y los sentimientos de generaciones de ceutíes.
No es un lugar del que sus habitantes quieran escapar. Lo doloroso es sentir que no pueden entrar y salir con la normalidad con la que vive el resto de españoles.
Una pecera no deja de ser una pecera porque tenga una vista magnífica. El pez puede contemplar el océano a través del cristal, pero sigue chocando contra sus límites.
Y eso genera una inquietud constante. La sensación de que el mundo sigue avanzando mientras uno permanece observándolo desde detrás del cristal. La sensación de ver barcos partir hacia otros destinos sabiendo que para ti el viaje es mucho más complicado. La sensación de que decisiones que para otros forman parte de la rutina, para ti requieren un esfuerzo extraordinario.
Con el tiempo, el problema deja de ser únicamente la limitación física. Aparece algo más profundo. El agobio de no saber cuánto durará. La ansiedad de depender de circunstancias ajenas. El cansancio de tener que justificar continuamente por qué algo tan sencillo como moverse de un lugar a otro se ha convertido en un problema.
Vivimos en la época de mayor desarrollo tecnológico de la historia. Disponemos de videollamadas, inteligencia artificial, comercio electrónico, redes sociales y plataformas que nos conectan con cualquier rincón del planeta en cuestión de segundos. Nunca fue tan fácil estar conectados.
Podemos trabajar desde cualquier lugar, hablar con cualquier persona y acceder a cantidades infinitas de información. Desde una pantalla podemos recorrer ciudades que no visitaremos, contemplar paisajes que no pisaremos y conversar con personas situadas a miles de kilómetros.
La tecnología nos ha regalado ventanas al mundo, pero la ventana real, desde la que ver el mar, tiene que estar cerrada en Ceuta.
Ninguna videollamada sustituye un abrazo. Ninguna red social sustituye una comida familiar. Ningún avance tecnológico puede reemplazar la libertad de decidir dónde quieres estar mañana.
Quizás por eso la imagen de los caballas en una pecera resulta tan poderosa. Porque no habla solo de Ceuta. Habla de una necesidad profundamente humana, la de vivir sin sentir constantemente las paredes a nuestro alrededor.
Los caballas, con suerte, observan el mar cada día. Lo tienen delante. Y, sin embargo, muchas veces ese horizonte parece tan lejano como si estuviera al otro lado del mundo.
Esa es la contradicción más dolorosa de una pecera, poder ver el océano sin poder nadar libremente en él.
Este artículo nace pensando en mi familia, pero podría estar dedicado a cada uno de los ciudadanos de Ceuta. A quienes siguen resistiendo la incertidumbre sin perder el amor por su tierra. A quienes continúan construyendo su vida entre dificultades que muchos ni siquiera imaginan.
Peces conectados. Peces observando el mundo. Peces privados de libertad.