El domingo, en el estadio MetLife de Nueva Jersey, España levantó su segunda Copa del Mundo: un 1 a 0 a Argentina en la prórroga, con gol de Ferran Torres. Donald Trump entregó el trofeo de oro de dieciocho quilates flanqueado por el primer ministro de Canadá y la presidenta de México, sus dos socios anfitriones. Sonrisas, himnos, la foto de familia del continente unido por el fútbol.

Al día siguiente, lunes, el mismo presidente descargaba una nueva andanada arancelaria sobre Canadá —un 50 % a una lista de productos que va del whisky a los palos de hockey— y apretaba a México para «blindar» Norteamérica frente a China. Poner vallas al campo. Porque el taxista de Toronto, nacido en Lahore o en Guadalajara, seguirá instalando en su móvil la aplicación que mejor y más barata le funcione, le pese a quien le pese.

El rey va desnudo. Su fuerza solo existe mientras no la usa.

Conviene recordar 1806. Napoleón, dueño de Europa e incapaz de doblegar a «la nación de tenderos», firmó el Decreto de Berlín y, un año después, el de Milán: cerró el continente al comercio británico para estrangular a Londres sin disparar un tiro. Salió al revés. No arruinó a Gran Bretaña —que mandaba en el mar, el verdadero cuello de botella—, sino a los puertos aliados de Francia; disparó el contrabando; encareció el azúcar y el café a los propios franceses, y lo obligó a invadir España, nuestra Guerra de la Independencia, y Rusia en 1812 para hacer cumplir un bloqueo que nadie respetaba. Las dos campañas que lo enterraron nacieron de sostener el arma económica. Llevamos dos siglos llamando genio militar a un señor cuyo balance final fue Santa Elena.

Convendría revisar ese mito con la misma lupa con la que hay que mirar el de la democracia americana perfecta, la de los checks and balances, cuando un presidente pone aranceles por andanadas y amenaza con cortar grifos sin pasar por la Cámara ni por el Senado. Y por si alguien lo cree cosa de franceses: la propia América ya jugó a estrangular con el comercio —el Embargo Act de Jefferson, en 1807— y solo hundió sus puertos hasta que lo apodaron Ograbme, «Embargo» leído al revés. ¿Les suena?

La jaula tiene nombre. Se construyó en 1944 y se llamó orden internacional: el régimen de Bretton Woods, con el dólar en el centro y el Fondo Monetario y el Banco Mundial de guardianes, prolongado después en el SWIFT y en el Banco de Pagos. Durante ochenta años fue infraestructura, un bien común que todos usaban. Hoy se usa como arma.

El secretario del Tesoro, Scott Bessent, lo dice sin rubor: el acceso al dólar «ya no es incondicional». Traducido: si el presidente se levanta cruzado, te corta y te deja el dinero colgado. Y eso, para quien lo sufre, es robar. Así lo sienten los rusos por el fortunón inmovilizado en Bélgica, y los iraníes por los fondos congelados que mantienen cerrado el estrecho de Ormuz. Ya lo escribí aquí, en «El arma es el dinero»: la verdadera materia prima de la guerra y del poder no es el tanque, es el dinero.

Y cuando un arma se dispara, todos buscan otro camino. Brasil resiste con Pix, su sistema de pagos instantáneos, y Estados Unidos pretende doblarlo a golpe de aranceles; Lula responde que Pix es un logro brasileño y que no piensan renunciar a él. China levantó hace tiempo UnionPay, WeChat Pay y Alipay. Rusia, fuera del SWIFT, tira de Mir y de SPFS. La India tiene su UPI. Todos huyendo de Visa, de Mastercard, del SWIFT y del Banco de Pagos. Todos cavando fronteras y división, volviendo a los bloques, desmontando el orden global que los acogota por justificada desconfianza.

Europa tiene una comisaría de Competencia que persigue con lupa a sus propias empresas y deja intactos los monopolios y duopolios de facto ajenos. Llevamos décadas cautivos del duopolio Visa–Mastercard sin que las normas europeas les rocen un pelo. Una DGComp que garantiza que haya competencia… pero, al parecer, solo entre los nuestros. Los chinos no lo consintieron: pararon el juego y criaron a sus campeones. La pregunta se cae de madura: ¿de quién es quinta columna una autoridad que solo desarma a los suyos?

Porque hay otra quinta columna, y esa juega a nuestro favor si sabemos verla. El Sur Global ya no está «allí». Está aquí. Conduce un número creciente de nuestros taxis, atiende nuestras barberías, nuestras cocinas de comida rápida y cada tienda de proximidad abierta veinticuatro horas. Hay hispanoamericanos en todas las posiciones laborales y sociales —aún me falta verlos en las altas judicaturas, en las notarías, en los registros, en la abogacía del Estado, pero llegarán, porque su cultura del esfuerzo y de la superación juega a su favor frente a unos hijos nuestros que lo tienen casi todo antes de abrir la boca—. Esos naturales del Sur están atentos a la tecnología que les ayuda, usan la más barata y no cargan con prejuicios contra China. El cuento eurocéntrico de los noventa —«ellos harán la ropa, los juguetes y las baratijas; nosotros venderemos lo de valor y, sobre todo, los servicios»— se ve mucho mejor desde la calle que desde un despacho. Era un cuento. Pregunten a Deep Seek.

Lo viví en primera persona. Cuando en nuestra patronal, ANIEL, mandaron los de los servicios y me miraban, a mí, industrial, como quien mira a un enfermo terminal, yo sostenía dos cosas: que no hay servicios sin industria, y que llevarse la fábrica a China era ponerle los cimientos a una futura potencia de servicios que un día les daría a probar dos tazas de su propia medicina a quienes despreciaban el hardware. Dicho y hecho. China ya no solo fabrica: exporta servicios —la inteligencia artificial incluida— a un ritmo que desmiente el cuento. Su exportación de servicios rozaba los 417.000 millones de dólares en los diez primeros meses de 2025, un 14,3 % más que el año anterior. Y este mismo julio, en la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial de Shanghái, Xi Jinping se erigió en abanderado de los sistemas abiertos y proclamó que «la IA no debe estar dominada por una sola nación», con apoyo explícito a los países en desarrollo. Justo lo que pide el Sur Global: acceso al progreso a un coste accesible. Ya lo conté en «Modelos abiertos»: mientras Occidente apuesta por una IA carísima que un puñado de gigantes se endeuda hasta el cuello para pagar, China apuesta por que cientos de miles de empresas la adopten barata. Más por menos.

Estados Unidos confunde coacción con poder —el error de Napoleón: quien pretende doblegar por la fuerza cría la coalición que lo entierra—. Y Europa confunde vasallaje con prudencia: desarma a sus propias empresas mientras blinda las ajenas y, lo más grave, sus élites gobernantes viven desconectadas del sentir, de los intereses y de las necesidades de su pueblo. Porque el pueblo llano ya habita el mundo multipolar: lo conduce en un taxi, lo cobra por un sistema que no es Visa, lo usa en un móvil, o un taxi eléctrico chino sin complejos. Cada activo congelado, cada grifo cortado, cada arancel por andanada es una clase magistral de cómo vivir sin nosotros.

No es difícil hacer los deberes. Que la Competencia europea aplique a los duopolios ajenos el mismo rasero que a los nuestros, o que dejemos de perseguir a los nuestros y criemos campeones europeos de pago: un euro digital de verdad, un rival real a Visa y Mastercard. Pix demuestra que un país mediano lo levanta en cinco años. Y que los controles, los pagos y la energía se decidan en Bruselas y en La Haya por convicción, no por sumisión a Washington. Soberanía no es autarquía: es no depender de un interruptor que maneja otro.

Con casi 3 millones de españoles que no han nacido en España en 2024 y la regularización de este año, calculo que estaremos más cerca de 4 millones. Pero hay más de 12 millones de españoles con raíces en el Sur Global. Al menos el 35% de los nuevos nacimientos son hijos de, al menos, un progenitor inmigrante. La gente en España está más cerca del Sur Global que de las imposiciones de un Occidente que ya no puede imponer. Y esta misma semana nos ha regalado la mejor estampa posible: la alianza de Ford con el chino Geely para fabricar coches eléctricos en Almussafes —un equipo, dos marcas, cinco modelos, Ford con el 66 % y Geely con el 34 %— que salva la planta valenciana y sus empleos. No hay mejor prueba de la tesis: cuando Occidente ya no puede imponer, la industria se salva pactando con el Sur, no vetándolo. Y como no hay servicios sin industria, el que fabrica manda. Felicidades a todos los que han facilitado el acuerdo, incluido el ministro Hereu y su equipo. Más fábricas y más copas del mundo al trabajo en equipo, por favor.

El domingo lo entendió cualquiera que viese la final. Ganó una España mestiza —Merino, Pedri, Lamine, Williams—, la de siempre, la que suma sangres en vez de levantar vallas. El rey americano entregaba el trofeo con su mejor sonrisa y, al día siguiente, volvía a poner vallas al campo. Nosotros sabemos, desde hace siglos, que las vallas no ganan mundiales: los ganan los equipos. Ojalá lo aprendan nuestros gobernantes antes de que el árbitro pite el final.