En apenas un mes se celebrarán elecciones al Parlamento de Andalucía que darán lugar, previsiblemente, a un nuevo gobierno regional. Como ha ocurrido desde las primeras elecciones celebradas en mayo de 1982, al nuevo gobierno se le volverá a exigir, desde múltiples ámbitos, abordar la "asignatura pendiente" de la convergencia económica.

En los últimos años, Andalucía ha mostrado avances relevantes en este ámbito. La economía regional ha crecido por encima de la media nacional, impulsada por la industria, la exportación y la inversión extranjera, lo que ha permitido una mejora gradual del PIB per cápita.

Para valorar correctamente esta evolución, conviene situar a Andalucía en contexto. Es la primera región española en población, la segunda en superficie —solo por detrás de Castilla y León— y la tercera en términos de PIB, tras Madrid y Cataluña, aportando aproximadamente el 14% del total nacional.

En el ámbito europeo, Andalucía tendría un tamaño equiparable al de economías medias de la UE, aunque con una menor renta por habitante.

Por población, se situaría en torno al decimoquinto puesto, por delante de países como Dinamarca, Finlandia o Irlanda; por volumen de PIB, ocuparía una posición similar, próxima a economías como la griega y por delante de la húngara; sin embargo, en términos de PIB per cápita descendería hasta el vigésimo lugar, cerca de Portugal y por delante de economías como Polonia o Eslovaquia, evidenciando una brecha de renta significativa.

El proceso de convergencia se apoya en cuatro grandes vectores: un crecimiento superior a la media nacional; el impulso del sector industrial —que en 2025 crece a un ritmo cuatro veces mayor que el conjunto de España— junto a la inversión extranjera productiva; una progresiva transformación del modelo productivo hacia sectores de mayor valor añadido; y la reducción, aunque aún insuficiente, del diferencial de renta.

Pero este avance convive con un problema de fondo que Andalucía no ha conseguido resolver en décadas. Entre ellos destacan la baja productividad, las desigualdades territoriales entre provincias y la persistencia de una brecha de renta respecto a las regiones más prósperas del país.

El tejido productivo está fuertemente concentrado en agricultura, servicios, turismo e inmobiliario, sectores caracterizados por una baja productividad relativa.

Por su parte, el patrón de demanda interna muestra que los andaluces destinan el 88,6% de su renta al consumo, lo que deja un margen limitado para el ahorro y, por extensión, para la inversión productiva.

A ello se suman debilidades en los factores de producción: envejecimiento demográfico, elevado abandono educativo temprano y resultados formativos inferiores, pese a un gasto universitario superior al promedio nacional; un capital humano menguante y un sistema productivo donde el 90,5% del capital es inmobiliario, con un impacto limitado en la productividad agregada.

Otros frenos son la baja densidad empresarial, el predominio de empresas pequeñas, la insuficiencia en innovación y un marco institucional complejo y, en ocasiones, poco eficiente.

Las políticas de desarrollo económico en Andalucía no han sido prioritarias, carecen de un debate suficientemente exigente y, con frecuencia, han replicado modelos de eficacia limitada que, junto con episodios de corrupción o una limitada ambición colectiva, han incidido negativamente en la productividad.

Pese a ello, los datos recientes muestran una evolución positiva. Entre 2018 y 2025, el PIB per cápita andaluz ha aumentado en 4,1 puntos, alcanzando el 78,4% de la media nacional. En ese mismo periodo, la población ha perdido peso relativo, situándose en el 17,6% del total nacional, en parte derivado de una menor capacidad de atracción migratoria.

Este dato es relevante: si el crecimiento del PIB no se explica por el aumento de población —como sí ocurre en el conjunto de España—, debe atribuirse a un incremento real del valor de la producción. De hecho, en ese periodo el PIB andaluz ha crecido un 49%, frente al 44,4% del conjunto nacional.

Perspectiva histórica

La perspectiva histórica refuerza esta idea. Entre 1990 y 2017, la convergencia avanzó apenas 0,8 puntos (del 73,5% al 74,3%). Sin embargo, en los últimos ocho años el avance ha superado los 4 puntos, lo que indica un cambio de tendencia significativo.

Actualmente, el PIB per cápita andaluz se sitúa en torno al 65% de la media europea, y de mantenerse esta evolución, es previsible que Andalucía deje de ser en el futuro próximo una región prioritaria en términos de cofinanciación de fondos europeos.

No obstante, persiste una divergencia entre capacidad de consumo y generación de riqueza. La diferencia de PIB per cápita con España es de 21 puntos, pero la de renta disponible es de menos de 15 (datos de 2023), lo que evidencia que Andalucía ha construido en gran medida una economía capaz de sostener el consumo, pero no de generar suficiente riqueza productiva.

Por sus más de 8,7 millones de habitantes y sus 234.218 millones de PIB —el tercero más alto de España—, Andalucía es un escenario clave para la economía española.

No se puede entender el crecimiento nacional reciente sin el avance estable y continuado de Andalucía: una carrera de fondo sin sobresaltos que ha permitido situar el desempleo en su nivel más bajo desde la crisis mundial, superar las 540.000 empresas (siendo destacable el crecimiento de más del 28% de las de más de 5.000 asalariados) y alcanzar los 592.000 autónomos, superando por primera vez el número de parados.

La economía andaluza mantiene sus ejes tradicionales. Sigue siendo la "despensa de Europa", con un peso destacado del sector agroalimentario, y un gran motor turístico que genera 30.000 millones de euros al año.

Al mismo tiempo, se ha consolidado como una potencia en energías renovables, biocombustibles o desarrollos eólicos offshore. El reto ahora es profundizar en sectores de mayor valor añadido, como la industria aeronáutica, la defensa o el sector espacial, en torno a la iniciativa europea NGWS/FCAS.

El desafío de Andalucía ya no es demostrar que puede crecer, sino que puede hacerlo mejor. Porque sin un salto en productividad, la convergencia seguirá siendo una promesa recurrente, pero nunca plenamente cumplida.